La Universidad de Padua es la segunda universidad más antigua de Italia, se inauguró en 1222 tras la universidad de Bolonia. Las primeras enseñanzas fueron leyes y medicina. La Universidad de Bolonia, por la influencia eclesiástica, era muy estricta en cuestiones morales y no permitía realizar autopsias a los cadáveres, por ello, un grupo de estudiantes marcharon a Padua y junto a unos profesores, se organizaron en lo que posteriormente sería la Universidad de Padua.
Las posibilidades de visitar una universidad invitado por un profesor “ricercatore”, similar al titular nuestro, son diversas, pero fundamentalmente la rapidez. Tras la comida del viernes, el profesor Caravello, nos llevó al rectorado que usted, querido lector, ya conoce pues en anteriores contribuciones, le informábamos de la primera mujer que en 1678 consiguió la “Lauarea”.
El rectorado se encuentra en el centro de la ciudad y es visitable con guía, pero qué mejor guía que Gianumberto. Otro valor añadido de nuestros amigos es disfrutar de muchas cosas en el menor tiempo posible. No son prebendas, son facilidades. Y el profesor Gianumberto Caravello es un excelente anfitrión que vive la universidad como algo propio y está orgulloso de su magisterio en la misma. Él es el responsable de la pirámide que el gobierno italiano instaló en el entorno del techo del mundo: El Everest. Querido lector, la pirámide es una estación de medida. Mide valores meteorológicos, concentración de gases y otras sustancias en el aire e incluso determina la cantidad de basura que los alpinistas que marchan al Everest, dejan en el camino.
Al propio tiempo dirige su división de higiene ambiental. Cada año parte al Everest y, confundido con los sherpas, compañeros y alumnos, obtiene datos de humedad, temperaturas, concentración de gases, sólidos y demás materia. Caravello es una persona fascinante que nunca tiene fin, siempre descubres, cada día, algo nuevo.
Pues bien, Gianumberto nos llevó, en primer lugar, a conocer la cátedra de Galileo Galilei. La entrada, tras traspasar las columnas, es impresionante. Observamos un entramado de maderas con un púlpito en el centro dónde el maestro Galilei se dirigía a sus alumnos. El púlpito estaba elevado unos dos metros sobre el suelo y disponía de una pequeña promontorio, en la parte interior, para que el maestro se subiese pues su estatura era más bien pequeña. Galileo explicó desde 1698 a 1610, es decir cuando en España moría Felipe II y reinaba Felipe III, matemáticas, física y astronomía.
Posteriormente, en un espacio anexo, se encontraba el aula magna. Era tal la afluencia de alumnos a las clases del maestro que se tuvo que habilitar un aula más grande, el aula magna, para albergarlos, algo similar a lo que ocurría con Alberto de Böllstadt cuando impartía docencia en la universidad más antigua de Europa, la Sorbona. En la actualidad, las aperturas de curso se celebran en el aula magna de la cátedra Galileo.
Posteriormente pasamos a la facultad de medicina. Un entramado maderero similar a una plaza de toros pero mucho más pequeña y empinada, nos mostraba dónde se realizaban las autopsias. En el fondo una mesa y diversos utensilios para diseccionar; una silla para el profesor que dirigía la operación y una vara larga para mostrar a los alumnos los diferentes órganos diseccionados. Pequeños ventanucos servían para evacuar a aquellos que se mareaban ante la presencia de la autopsia. De ahí pasamos al salón de grados de la facultad de medicina.
Muchos fueron los alumnos de la Padovana, y ente ellos cabe destacar a Francisco de Sales.
No quiero cansarle, querido lector, sencillamente le recomiendo que si viene a Padua no deje de visitar la universidad de Padua y envíe nuestros recuerdos al profesor Caravello del departamento de higiene ambiental.
“Agli Ermitani” era la trattoría que visitamos, gracias a los oficios de Renzo Colombo, optometrista de la universidad, dónde, recordará lector, disfrutamos de la pizza a “sfilaccio di cavallo” o fidelos de carne de caballo con pimentón y tratada como la cecina nuestra. Pues bien, “agli ermitani” toma su nombre de la “Chiesa di ermitani”, cercana y justo a su lado está la capilla di scravegni. Enrico Scravegni, hijo de un usurero, tenía tanto remordimiento por la actitud de su padre, que dedicó parte de la fortuna conseguida por el padre para remediarlo. Construyó la capilla y encargó a Giotto que decorase con frescos dedicados a la vida de Jesús. Es tanta la afluencia de público que tuvimos que sacar las entradas con anterioridad. La entrada era a las ocho y veinte de la tarde y escrupulosamente se cumplió el horario, al igual que el de los trenes italianos que han mejorado en ése aspecto. El beso de Judas, la huída a Egipto, la adoración de los reyes magos, la crucifixión, la resurrección y la ascensión a los cielos, así como la asunción de la Virgen, están primorosamente pintados en frescos en la pared de la capilla. Quince minutos solamente para disfrutar de setecientos años de historia. Giotto, artista del renacimiento. El quattocento italiano.
La noche en Padua es mágica, “mille colori del arcoballeno”, por ello, deja que su paso, querido lector, le lleve a aquellos rincones que el azar decida.
Buenas noches desde el Véneto, a sesenta kilómetros de los Dolomitas.