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DÉCIMO SEXTO DÍA: Jornada académica en la Universidad de la Serena.

Panorámica del salar de Atacama (Foto: Eduardo Seva)

Panorámica del salar de Atacama (Foto: Eduardo Seva)

Hoy no ha habido desiertos, ni agobios, ni falta de oxígeno, ni situaciones extremas entre arenales inmensos y camiones de más de quince toneladas que, por millares, recogían mineral y renovaban viaje para volver a recoger mineral en las minas “Elenita; Fuensita, Yarita y congojas” y demás nombres muy de la región. Hoy no hemos visitado hornacinas con cerveza Austral Rubia o Budwaisser; o manzanas excesivamente maduras y petrificadas. Ya no hemos saludado al cóndor que planeaba sobre nuestras cabezas, a pocos metros y saludándonos. Hoy no hemos recorrido con La Cruz del Sur, los más de mil quinientos kilómetros que separan Lima de Cusco, hoy no ha habido aventuras, excepto la aventura del saber. Hoy hemos dedicado todo el día a la Universidad de la Serena, uno de los motivos que nos trajo a tierras hispanoamericanas.

Si Diego de Almagro no le puso el nombre a esta ciudad, sería algún lugarteniente suyo y originario de Badajoz, puesto que, proviniendo de Extremadura, el nombre de La Serena, comarca del norte de Badajoz,  tenía un doble sentido: recordar sus orígenes y expresar los sentimientos que transmite esta bella ciudad.

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UNDÉCIMO DÍA: Del cóndor a la desolación.

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Una llama negra descansando tranquilamente en la subida al Cañón de Colca (Foto: Eduardo Seva).

Reconozco que hubo un error en las fotografía, que nuestro querido amigo Joaquín Alonso detectó. Efectivamente de los cuatro camélidos de estas latitudes, llama, guanaco, alpaca y vicuña, confundimos la alpaca con la llama, pero “errare humanum est”. Era una alpaca, mucho más pequeña que la llama y cuya carne es muy apreciada en Perú, siendo base de gran cantidad de especialidades gastronómicas.

Hoy es un día de transición. Esos días que hay que trasladarse de un lado para otro y hay pocas aventuras que contar. Marchamos por la mañana al aeropuerto de Arequipa para embarcar en el vuelo Arequipa Antofagasta. Aeropuertos pequeños con falta de infraestructuras y con unas medidas de seguridad que se repiten varias veces debido al síndrome que quedó en las compañías aéreas tras los sucesos de las Torres Gemelas.

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NOVENO Y DÉCIMO DÍA: El cóndor pasa.

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El cóndor volando sobre el cañón de Colca (Foto: Eduardo Seva)

La temperatura es de 18º a las nueve de la mañana. Yura, cercano a Arequipa, como suele ser habitual en las grandes capitales, es un poblado fantasma, abandonado en su mayor parte por la caída de la industria que años atrás se instaló allí. Sólo queda la actividad oscura y gris de una gran cementera y que mantiene su actividad debido a la cercanía de las puzolanas, materia prima y rica en cobre, estaño y plata, indispensables para fabricar el cemento.

Acaba la fábrica y aparece un desierto, con una pequeña agrupación de casas; se acaba la agrupación de casas y vuelve a aparecer el altiplano, cambiando el color gris puzolánico por el verde ya que la presencia del río Yura riega el altiplano y lo llena de arbustos. Al fondo el volcán Chachany, durmiente con sus  cumbres nevadas, avisa que cualquier día puede despertar. Sigue leyendo

OCTAVO DÍA: Esperando al Cóndor.

Hoy, 28 de marzo, es un día de transición. Seguimos en el hotel “Inkanto”, cercano al Ovalito de Vallecito, disfrutando de la hospitalidad Arequipeña. La gente de Arequipa es extremadamente amable, como han sido todos los que hemos tratado aquí, en Perú.

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Una esquina colonial de la calle de la Merced

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Junto a la Plaza de Armas, la calle de San Francisco nos lleva a la Iglesia de San Francisco de Asís (Foto: Eduardo Seva)

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La antigua casa del gobernador de Arequipa. (Foto: Eduardo Seva)

Esta mañana, Eduardo se acerca a un policía solicitando una información, el agente de la autoridad le pide que le acompañe y juntos marchan a la oficina de turismo, el policía regresa. Gianumberto y yo, al observar que Eduardo se retrasaba, le pedimos al agente que nos dijese dónde había llevado a nuestro amigo, el agente contestó: “Estaré encantado de acompañar a nuestros amigos españoles a la oficina de turismo” y nos acompañó. Toda la gente muestra su amabilidad y es muy respetuosa. Siempre con una sonrisa y siempre hay excepciones, con un tremendo cariño hacia los ciudadanos españoles.

El hotel Inkanto está compuesto de planta baja y primer piso. En el primer piso dispone de una terraza muy bien decorada y al aire libre. Es en dicha terraza dónde desayunamos todos los días. El único defecto atribuible a la gastronomía peruana es la ausencia de un aceite de oliva digno de esa mención. El desayuno es muy simple: zumos naturales de papaya, mango, piña y naranja, tostadas con mantequilla

y mermelada, jamón dulce (nuestro jamón de york), pan tierno y caliente y huevos pasados por agua. Un “matesito de coca” y café con leche. El café es americano, es decir, nada de expreso o fuerte; te puedes tomar tres o cuatro sin problemas. Solemos desayunar a las siete de la mañana pues en estas latitudes y a estas alturas del otoño austral, el sol se levanta temprano, prácticamente a las cinco de la madrugada es de día.

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