Claudio Cerdán y Juan Ramón Biedma protagonizaron la segunda jornada de “Mayo Negro". Juventud y veteranía se juntaron para mostrar una literatura que se suele mover en la periferia de la sociedad. Cerdán presentó su primera incursión en el género negro; Biedma hizo un repaso de una trayectoria marcada por personajes e historias de trazo oscuro.
La segunda jornada del certamen “Mayo Negro” combinó juventud y veteranía. Por un lado, Claudio Cerdán, natural de Yecla, presentó su primera incursión en la novela negra. “El país de los ciegos” es un relato policíaco duro y sin remilgos ambientado en una ciudad de Alicante atestada de delincuencia y corrupción. Tal y como avanzó Mariano Sánchez Soler, padrino literario de Cerdán, es “como si trasladásemos Poisonville, el decorado urbano ponzoñoso de Dashiell Hammett, al Mediterráneo”. “El país de los ciegos” es una historia de redenciones, de personajes de baja estofa que buscan una segunda oportunidad tras un pasado oscuro y delictivo.
En su estreno dentro de la serie negra, Claudio Cerdán tiene un arma a su favor: su gran capacidad para fabular tramas de realismo sucio con un andamiaje de thriller para que el lector quede enganchado hasta el final. El cinismo, la crítica social y los diálogos afilados se presentan como auténticas señas de identidad de Claudio Cerdán, un autor con cara de Billy El Niño que no duda en inyectar dosis de violencia a la narración si el cuerpo se lo pide.
Juan Ramón Biedma, por su parte, es ya un escritor curtido en mil batallas. Posee un mundo realmente sombrío, gótico, tenebroso, con cierta debilidad hacia los seres más débiles de esta sociedad pluscuamperfecta. Su obra es difícil de clasificar, aunque el poso de la novela policíaca es evidente. Su última novela es un ejemplo del espíritu fronterizo y heterodoxo que maneja. “Antirresurrección”es una ficción que fusiona género negro y zombis.
En Juan Ramón Biedma hay mucha influencia intertextual. Desde los cómics de Márvel hasta el folletín, pasando por el cine menos convencional o los clásicos de la serie negra. Solo a un escritor de estas características se le ocurriría dibujar una Sevilla, su ciudad natal, en las antípodas de la postal turística, en constante régimen nocturno y con una atmósfera cargada de lluvia y luces de neón. En “El manuscrito de Dios”, Sevilla no tiene precisamente un color especial, más bien todo lo contrario, resulta un sumidero apocalíptico, una cloaca urbana en donde se mezclan crímenes antieclesiásticos y sectas esotéricas.
Otra constante en la bibliografía de Biedma es su querencia hacia la otredad, hacia los personajes que han transitado tradicionalmente por los márgenes de la literatura. Los protagonistas de “El espejo del mosntruo” están marcados tanto física como emocionalmente. Se trata de una historia de corte detectivesco en la que Biedma critica sin tapujos el excesivo culto a la imagen de la sociedad, donde apenas hay cabida para el diferente, para la diversidad.
Biedma pasa por ser un autor innovador, un escritor provocador pero con ganas de narrar cosas nuevas, o al menos poco sobadas en la actualidad. Le gusta el riesgo, no instalarse en temas trillados, de ahí que se aventurase con una novela que intenta arrojar luz sobre esa opaca enfermedad que es la esquizofrenia. “El efecto Transilvania” refleja lo realmente chungo que puede llegar a ser tener un desorden mental. A pesar del bajón de ventas, Biedma se atrevió de nuevo con la demencia y la locura en “El humo en la botella”.