por MIGUEL ROJAS IBÁÑEZ
El impacto que supuso la explosión del cine independiente durante los años noventa cambió para siempre el panorama del cine americano, tanto para mal como para bien. Buena muestra de ello es que durante los últimos años, gran cantidad de los directores que formaron parte de aquel movimiento han acabado siendo nominados a los Oscars, hecho muy notable este año, en el que encontramos figuras tan importantes del cine independiente como los hermanos Coen, David O. Russell y Darren Aronofsky, siendo este último el realizador de la película que nos ocupa hoy y que ha sido un sorprendente éxito de crítica y público.
Cisne negro cuenta la historia de una bailarina llamada Nina (interpretada de manera prodigiosa por Natalie Portman), totalmente absorbida por la danza y que hará lo que haga falta para ser la protagonista principal de una nueva adaptación de El lago de los cisnes, incluso realizar una serie de acciones no muy nobles para poder alcanzar el éxito.
Aronofsky consigue en Cisne negro un equilibrio natural entre las dos tendencias que ha practicado a lo largo de su carrera: por un lado el efectismo visual y narrativo de películas como Réquiem por un sueño y La fuente de la vida y la técnica más cercana al realismo empleada en El luchador, sirviéndose de ambas tendencias para poder ahondar en la psicología de su personaje protagonista.
Porque Cisne negro realmente es un thriller psicológico que explora la presión a la cual se somete su protagonista para poder alcanzar el éxito absoluto en su doble interpretación del cisne blanco y del cisne negro, para lo cual debe dar rienda suelta a sus instintos más oscuros para poder interpretar al sensual y aterrador cisne negro que da título a la película, llegando a una aparente locura que se verá acentuada por culpa de la relación amor/odio que mantiene con su principal rival.
A pesar de escenas excelentemente narradas, y a la buena calidad del filme en general, da la impresión de que la película se queda a medio gas en los puntos que plantea y que podía haber llegado más lejos en su planteamiento y en el juego entre las dualidades de paranoia y realidad. Pero lo que destaca principalmente de Cisne negro son sus virtudes, como el plantel actoral gracias a Vicent Cassel, Natalie Portman y el rescate de Winona Ryder y Barbara Hersey, o el ritmo narrativo que imprime Aronofsky en todo momento, y especialmente, el número de baile final. Estos puntos son los que acaban convirtiendo a Cisne negro en una película notable a pesar de sus carencias.