Tras muchos intentos fallidos, finalmente fue el ex Monty Python Terry Gilliam en el año 1998 quién logró llevar a la pantalla la adaptación de la legendaria Miedo y asco en Las Vegas, novela de Hunter S. Thompson, una de las máxima representantes de la contracultura literaria y creadora del género conocido como “periodismo gonzo”, que consiste plantera un abordaje directo a la noticia, llegando hasta el punto de influir en ella, y convirtiendo al periodista en parte importante de la historia, como un actor más, dando preponderancia al ambiente en que ocurre tal hecho, por encima del hecho mismo.
La película, al igual que la novela, cuenta la odisea del periodista Raoul Duke (trasunto del propio Thompson), quien viaja a Las Vegas acompañado de su abogado el Dr. Gonzo, con el objetivo de cubrir una carrera de motos. Pero su auténtica misión es tratar de encontrar la esencia del sueño americano en Las Vegas, ciudad que a medida que vaya transcurriendo la historia se reconocerá el peor lugar posible para realizar una búsqueda de estas características. Con el maletero del coche repleto de drogas de todo tipo, los dos protagonistas se verán envueltos en una serie de alucinógenas y salvajes peripecias que pondrán patas arriba el orden establecido de Las Vegas.
Al igual que otras novelas americanas que en su día marcaron un antes y un después tanto en forma como en contenido, como sería el caso de El almuerzo desnudo o Factótum, una adaptación cinematográfica de Miedo y asco en Las Vegas a primera vista se nos revela tarea muy compleja y casi imposible. No obstante, Terry Gilliam, quizá en la que fue su mejor época como director, consigue realizar un buen trabajo gracias a un estilo visual muy original y fresco que consigue sin problemas poner en imágenes las alucinadas aventuras de Duke, como la escena en la cual contempla, bajo el efecto de las drogas, el bar de un hotel repleto de lagartos gigantes, o la danza diabólica realizada por Benicio Del Toro, quien tiene a su cargo el papel de Dr. Gonzo, compañero de aventuras del protagonista y que compone un personaje a veces risible, a veces terrorífico.
Pero de la misma manera que en la novela en que se basa, Miedo y asco en Las Vegas es un canto a la muerte a los hippies y a la generación de los sesenta, aquella generación que pensaba cambiar la sociedad a través de la supuesta expansión de la mente propiciada por las drogas. Gonzo y Duke, dos residuos psicóticos provocados por esa ideología, y que son retratados de una manera caricaturesca, tratan de encontrar el último sentido a sus vidas en Las Vegas, ciudad que representa a la perfección la grandeza del sueño americano, debido a las supuestas posibilidades que tiene cada persona, independientemente de su nivel social, de enriquecerse. Pero esta ciudad, tan bonita en apariencia, se revela como un infierno que desquiciará todavía más a los dos protagonistas.
Este mensaje apocalíptico, de una lucha perdida contra el orden establecido, y junto a su sorprendente humor negrísimo y su efectivo estilo visual, convierte a Miedo y asco en Las Vegas una película de culto y una buena adaptación que hace justicia a la novela en la que se basa, además de una película irrepetible y recomendable para el espectador que busque emociones fuertes.