por MIGUEL ROJAS IBÁÑEZ 

El ritoMichael Kovak es un joven seminarista que comienza a plantearse serias dudas no sólo sobre su vocación religiosa, sino también de la existencia de Dios en el universo. Cuando se encuentra apunto de abandonar el seminario, una serie de circunstancias le llevan a viajar a El Vaticano para asistir a un curso sobre exorcismos. Allí conocerá al Padre Lucas, una legendaria personalidad en este terreno y junto al cual tendrá que enfrentarse contra una fuerza maléfica que posee el cuerpo de una inocente joven italiana.

 
El rito (no confundir con el filme de Bergman) se basa en una novela Michel Petroni y está dirigida por Mikael Hafstrom, realizador de origen sueco afincado en Hollywood. La película en ningún momento trata de ser la típica película de terror sobre exorcismos, a pesar del uso de varios sustos o efectismos innecesarios en instantes muy puntuales, sino que intenta ir más allá y quiere convertirse en una profunda reflexión sobre la pérdida de la fe, la dualidad entre el bien y el mal y la existencia de estos conceptos morales en la sociedad actual.

El problema de la película es que trata de abordar todos estos temas pero en ningún momento llega a una conclusión que no se haya visto o dicho antes. Es precisamente esta excesiva pretenciosidad a la hora de retratar en la pantalla los interesantes temas el punto débil de la película, lo que hace que el conjunto del filme se resienta, resultando mucho más tedioso de lo que podría creerse en un principio contando con un argumento de estas características.

A pesar de ello, El rito cuenta con grandes puntos a favor, como es la soberbia labor de todos los actores, con un excelente reparto que cuenta con grandes figuras de la interpretación como Anthony Hopkins, Toby Jones o Rutger Hauer, ante los cuales el más inexperto Colin O'Donoghue trata de defenderse como puede, y la conseguida  atmósfera sobrenatural que reina durante todo el metraje, pero especialmente lograda en los instantes que trascurren en la capital italiana. También merecen destacarse las escenas de los exorcismos, que afortunadamente tratan de distanciarse lo máximo posible de la gran obra maestra de este subgénero (El exorcista, claro), y que huye (en su mayoría) de los efectos y elementos que la legendaria película de Friedkin estableció como clichés.

Pero a pesar de todos estos puntos a favor, la película se queda a medio gas entre los dos mundos en los que se mueve, el cine de terror y el cine trascendente de autor, mostrando en algunos momentos lo que podía haber dado de sí la película con un tratamiento más adecuado o más profundo y no tan superficial como finalmente se revela El rito. 


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