por RICARDO HERNANDO 

Noches de blanco papel«Tú contra el mundo / y el mundo contra ti. / Y en esta guerra sólo hay una / cosa que es segura: / aquí va a haber / un muerto». Este breve poema que da título a esta compilación es toda una declaración de principios de su autor, Roger Wolfe, escritor inglés afincado en España que, a diferencia de su ilustre predecesor Gerald Brenan, hurga en las miserias de una sociedad que le hastía y le ahoga. Noches de blanco papel recoge la poesía completa del poeta británico entre 1986 y 2001, una poesía que se aleja del lirismo tradicional para adentrarse en el realismo sucio, una poesía desnuda, desprovista de cualquier ornamento que la embellezca. 

El autor de Arde Babilonia convierte sus versos en balas («Una pluma sigue siendo preferible / a tener que desempolvar / la 'magnum 44'») que apuntan a una sociedad alienada y deshumanizada («Hay gente que cree que está viva / porque se levanta todos los días a las seis / de la mañana para arrastrarse hasta el trabajo / y fuma un cigarrillo / y comenta la marcha de la liga / o el último escándalo político / con los colegas») en la que el poeta se convierte en un superviviente («Instalado en la abulia / de mi indiferencia, / sobrevivo. // Por lo demás, / el mundo da muy pocas / señales de vida»). En la obra de Wolfe, el ideal romántico del poeta como visionario que ilumina a la sociedad está muerto y enterrado, así como el poder transformador de la poesía, como pone de manifiesto en su “Glosa a Celaya”, en la que escribe; «La  poesía / es un arma / cargada de futuro. // Y el futuro / es del Banco / de Santander». 

Los referentes que maneja el autor de El arte en la era del consumo abarcan desde escritores canónicos, entre los que se encuentran Pío Baroja, Ezra Pound o W. H. Auden, hasta rockeros y cantautores como Lou Reed, Iggy Pop o Leonard Cohen, pero si hay una sombra alargada que sobrevuela Noches de blanco papel es la de Charles Bukowski. La poesía de Wolfe, igual que la del escritor norteamericano, es una poesía individualista, de resistencia, en la que lo sórdido sustituye a lo sublime, lo cotidiano a lo extraordinario y la fealdad a la belleza. La crudeza de muchos poemas, el uso de un lenguaje coloquial, obsceno e incluso marginal (todos los poemas de “Perogrullo dixit” están escritos en argot de la calle) le sirven al poeta británico para penetrar en las grietas de una sociedad acostumbrada a mirar hacia otro lado. 

La respuesta a este aparente nihilismo la encuentra Wolfe en la poesía: «Las palabras son inútiles, tercas, retorcidas / como tornillos que no entran rectos. / Y me cansan. Pero son lo único que tengo». De este modo, el poema deja de ser un artefacto inútil para convertirse en una tabla de salvación, en un oasis comunicativo en medio del desierto que permite al poeta entrar en contacto con sus lectores: «Escribo para gente que no tiene / otro sitio en que caerse muerta / que la superficie de un poema». Así, el escritor británico encuentra un sentido en medio del sinsentido que le rodea gracias a la poesía, un medio que le permite romper su aislamiento y encontrar algo de humanidad, aunque para ello tenga que afinar su puntería, ya que, como el propio Wolfe escribe: «La poesía: / una ballesta. / Y en el punto de mira, / un corazón».

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