por RICARDO HERNANDO
«Ella ha sido siempre una imagen». De esta manera define Simone de Beauvoir la alienación de la protagonista de Las bellas imágenes, novela escrita en 1966 en la que la escritora francesa afila su pluma contra una sociedad de consumo feroz y asfixiante superficialidad que impide al individuo discernir apariencia y realidad. La escritora francesa describe la evolución de Laurence, una mujer que ha aprendido desde pequeña a no ser y cuya vida parece perfecta; es una profesional de éxito en el campo de la publicidad (se dedica a vender imágenes, a vender felicidad), tiene un marido afectuoso, Jean-Charles, y dos hijas encantadoras, Catherine y Louise, así como un amante devoto, Lucien.
Parece que Laurence lo tiene todo, pero en realidad no tiene nada («¿Una vida demasiado llena? ¿Demasiado vacía? Llena de cosas vacías, ¡qué confusión!»). La novela de Beauvoir relata el auto-descubrimiento y la toma de conciencia de su protagonista, un arduo proceso en el que no sólo deberá desenmascarar a los que la rodean, sino, sobre todo, a sí misma.
La autora de El segundo sexo y La mujer rota recrea con ironía los eventos sociales en los que se mueve la protagonista; unas reuniones en las que los diálogos banales denotan la superficialidad de una clase social que pone fronteras a toda realidad ajena a la suya; unos personajes cuya felicidad se basa en poseer y aparentar. Poco a poco, Laurence comienza a ser consciente de que esa frivolidad la envuelve incluso cuando está con sus seres más cercanos, de que las palabras no son más que ruidos que encubren el miedo al silencio, al vacío, incluso con Jean-Charles: «¿Es que él no advierte entre nosotros el peso de las cosas no dichas? No del silencio, sino de las frases vanas; ¿no advierte la distancia, la ausencia, bajo la cortesía de los ritos?».
Encerrada en un laberinto de espejos deformados que sólo reflejan ilusiones y mentiras, la protagonista de Las bellas imágenes ansía escapar de ese sofocante ambiente. A medida que avanza el relato, la sensación de ahogo de Laurence se hace cada vez más angustiosa; su necesidad de contactar consigo misma choca con una insensibilidad aprendida desde la infancia y asumida como propia que le impide escucharse y comunicarse («Aquí llega lo que más teme en el mundo: uno de esos momentos en que todo se hunde; su cuerpo es de piedra, quisiera gritar; pero la piedra no tiene voz, ni lágrimas»).
Beauvoir recurre al monólogo interior para hacer al lector partícipe del desengaño y la decepción de Laurence al descubrir que sus seres más queridos también llevan una máscara y de la amarga frustración que la embarga al comprender que ella misma también se ha convertido en una imagen. Es su preocupación por su hija Catherine y su necesidad de protegerla de la educación que ella misma recibió lo que hace que, por fin, Laurence alce su voz y se rebele contra los convencionalismos impuestos: «Educar a una hija no es hacer de ella una bella imagen».
Casi medio siglo después de ser escrita, Las bellas imágenes mantiene su frescura al describir una sociedad de consumo no muy diferente de la contemporánea y a una protagonista que se convierte en un enigma no sólo para el lector, sino también para sí misma: «Detrás de las imágenes que giran en los espejos, ¿quién se esconde? Quizá nadie».