por RICARDO HERNANDO 

Las siete edades«Te hablo a través de un río monstruoso o un abismo / para advertirte, para prepararte (...) Te advierto lo que nadie me advirtió: // nunca bastará, nunca estarás saciado. / Serás herido, quedarás marcado, y querrás más». Estos versos del poema “El mundo sensual” resumen las intenciones de Louise Glück (1943) en Las siete edades, un libro que nace de la memoria y la experiencia de la escritora norteamericana. En este poemario, escrito en 2001 cuando la autora tenía 58 años y traducido ahora en la editorial Pre-Textos, Glück mira hacia atrás sin ira y poetiza sus recuerdos estructurando su obra en torno a tres ejes; la infancia, los amores perdidos y la serenidad que aporta la madurez tras el paso de los años. 

 
La evocación se convierte así en el hilo conductor de una obra en la que la escritora norteamericana combina la nostalgia con la amargura en unos versos cargados de sabiduría. La infancia y la juventud de la poeta se presentan como fuente de gratos recuerdos, sobre todo en aquellos poemas en los que recrea los veranos pasados junto a su hermana, pero también de soledad, como en “Cumpleaños”, en el que Glück escribe: «Recuerdo esa edad. Plagada de inseguridades, de disgusto por mí misma, / y al mismo tiempo inundada / de desprecio hacia lo común y corriente; eternamente / relegada a la soledad, al oscuro solaz de la percepción, a un futuro / completamente dominado por lo trágico, en el que la / inmensa voluntad de vivir / sólo es algo a rechazar». La poeta rememora la niñez como un período de conflicto («Recuerdo mi infancia como un largo deseo de estar en otra parte») en el que los límites impuestos ahogaban sus inquietudes («Porque era verdad: cuando no me movía era perfecta»). 

Los amores lejanos son rememorados en textos como el hermoso “De un diario”, en el que la autora estadounidense escribe: «Tuve un amante una vez, / dos veces tuve un amante, / fácilmente tres veces amé. / Y entre medio / mi corazón se reconstruyó perfectamente / como una lombriz. / Y también mis sueños se reconstruyeron».

Poemas como “Rayo de luna” o “El balcón” le sirven a Glück para evocar relaciones pasadas, lo que fueron y lo que pudieron ser, lo que aprendió de ellas. Pero es el paso del tiempo y la madurez lo que permite a Glück rememorar sus vivencias sin ánimo de revancha. La escritora norteamericana concibe sus textos como un ajuste de cuentas no con los demás, sino consigo misma, lo que se traduce en una poesía que desprende serenidad y confianza («Estoy despierta, estoy en el mundo: / no espero / más garantía. / Ni protección, ni promesa»). Aunque a veces parece que se va a imponer la melancolía («Pedí mucho; recibí mucho. / Pedí mucho; recibí poco, recibí / casi nada»), la sabiduría adquirida con los años emerge en versos como los del poema “Década”, en el que la poeta escribe: «Y la vida / vuelve a llenarse. Y finalmente / cada cosa / encuentra su lugar». 

Las siete edades es un libro escrito desde la experiencia ya que, como escribe la propia autora: «sólo ahora, a las puertas de la vejez, / nos atrevemos a hablar de esas cosas, o a confesar, con entusiasmo, / incluso nuestras más pequeñas alegrías». El componente autobiográfico es una constante en la obra de esta autora («¿Por qué mis poemas no / deberían imitar mi vida?»), y aunque Glück está en sus poemas como mujer, está sobre todo como poeta. Su vida, sus recuerdos, son la materia con la que construye sus versos, una construcción artística que se funde con la realidad como en este verso de “Madre e hijo”: «Soñamos; no recordamos».

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