por GRACIA BENITO
José Luis Sampedro es una de las figuras relevantes de nuestro país, tanto por sus labores como economista, escritor y humanista. En primera instancia extraña que un hombre dedicado a los números pueda entender sin esfuerzo algunas cuestiones de índole bien dispar, pero sólo tenemos que escuchar o leer cualquier entrevista donde él haya estado invitado o haya sido el objetivo de varios asedios, descubriendo así, a un pensador coherente, implicado, y luchador.
Su persona logra envolver e hipnotizar a cualquiera, con sus opiniones firmes y sin la pretensión de seguir la corriente a nadie, ni caminar cerca de ningún criterio que él no ampare sobre los engranajes de nuestra sociedad.
Podemos adivinar que sus propios pensamientos acerca de la familia, los valores éticos y morales, la política se recogen en cada una de sus novelas, tejiendo así historias cotidianas pero tan transparentes y humanas que calan en los lectores desde la primera página.
La sonrisa etrusca (1985) narra cómo se desarrollan los días de Salvatore Roncone, un tosco anciano de “pueblo” enfermo de cáncer, al trasladarse a vivir a la casa de su hijo, junto a su nuera y su nieto Bruno.
Este cambio de rumbo en la vida de Salvatore provocará el descubrimiento de una nueva actitud, donde las antiguas manías, los férreos hábitos y las inflexibles costumbres serán desterrados poco a poco, al dejarse conocer por Bruno, y al sentir, de nuevo, que alguien depende, y sobrevive por él. Aparece un indestructible vínculo entre ambos, queriendo así el autor, solapar dos etapas distintas en el devenir humano, la infancia y la vejez, el principio y el fin. Resulta conmovedor el desarrollo de ellas, las experiencias contadas por el abuelito al niño, y la capacidad de este por querer empaparse de sabia nueva.
Sampedro juega con la dicotomía de lo rural y lo urbano, sin atribuir gratuitamente valores intrínsecos a cada ambiente, sino mostrando que la conjunción de lo que aportan las dos vertientes puede convertirse en el sendero apropiado para pasear.
Aunque el fondo enganche por su ternura, y por el derroche de una veracidad entrañable y perfectamente dibujada, no cuida con demasiado mimo la extensión de las descripciones reminiscentes del viejo o sus interpretaciones mentales, produciendo que la lectura se convierta en un acto plomizo, rozando lo cargante, y en cierto modo, desvirtuando la intensidad a la que te eleva el relato.