por RICARDO HERNANDO
Cuando Stephen King fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 2003, el reputado crítico Harold Bloom puso el grito en el cielo al afirmar que era un paso más en la degradación de la cultura norteamericana y que sus obras no eran más que “noveluchas”. Y es que hay dos pecados que los defensores de la “alta literatura” no le perdonan al escritor de Portland; escribir libros de fantasía y terror y, sobre todo, tener éxito.
Si bien es cierto que King no es William Faulkner (tampoco lo pretende), es innegable su capacidad para enganchar al lector con una fluidez narrativa envidiable, como demuestra una vez más en La cúpula, un auténtico tour de force de más de mil páginas que se devoran sin respiro. Una mañana de octubre, la pequeña localidad de Chester’s Mill queda aislada por una misteriosa e invisible cúpula de origen desconocido. Nadie puede entrar, nadie puede salir. Los intentos desde el exterior por parte del ejército por derribar la enigmática estructura son infructuosos, mientras la tensión en el interior crece hasta convertir este pequeño pueblo de Maine en una bomba de relojería. El corrupto edil Big Jim Rennie maniobra para hacerse con el control absoluto del pueblo rodeándose de un pequeño ejército de jóvenes leales y violentos que siembran el terror impunemente, mientras los ciudadanos asisten indefensos a una pesadilla de la que no pueden despertar.
Este es el punto de partida de una novela que King empezó a escribir en 1976 y dejó aparcada hasta 2007 (más de un crítico ha insinuado maliciosamente que la retomó después de ver la película de Los Simpsons, en la que Springfield es aislada con una cúpula). Lo cierto es que la versión definitiva de La cúpula es hija del 11-S y sus consecuencias, y muchos de los ingredientes utilizados por King en la trama serían aún más increíbles que los elementos fantásticos sino fuese porque reflejan una realidad no muy distante. De este modo, la cúpula se convierte en un pretexto para mostrar al verdadero monstruo de la novela, el concejal corrupto sin escrúpulos Big Jim.
Los recortes en las libertades son aceptados por los asustados habitantes de Chester’s Mill como un mal necesario en pro de la comunidad («Todos apoyamos al equipo» es el lema del pueblo, a partir de una canción de James McMurtry, que Rennie no deja de utilizar como excusa para sus constantes abusos). El autor de Cementerio de animales detalla cómo Big Jim aprovecha el miedo y la paranoia de sus conciudadanos para convertirse en una suerte de monarca absolutista, un dictador iluminado directamente por Dios. En situaciones de crisis, la obediencia se convierte en sumisión, la fe en integrismo, el miedo en odio, y el individuo se siente seguro en la masa. Rennie se aprovecha de esto para erigirse en un líder protector utilizando un lenguaje no muy distinto del empleado por más de un dirigente reciente de infausto recuerdo («Si no eres parte de la solución eres parte del problema», así como las constantes invocaciones a la voluntad de Dios para justificar sus actos).
Sin ser su mejor obra, La cúpula supone un nuevo ejercicio de destreza narrativa de Stephen King (el ritmo de las cien primeras páginas, en las que describe la aparición de la cúpula, es admirable) y una buena dosis de placer culpable para el desprejuiciado lector que acceda a perderse unos días en la pequeña localidad de Chester's Mill.