por RICARDO HERNANDO
Todos tenemos una historia. Una historia compuesta por pequeñas historias, algunas de gran calado y otras en apariencia banales, pero todas forman parte de nosotros. Alice Munro (1931), considerada la Chéjov canadiense, ofrece en Demasiada felicidad diez relatos en los que hasta el episodio más insignificante se convierte en arte gracias a la pluma de la célebre cuentista. El dominio de la autora de El amor de una mujer generosa de la técnica del relato le permite condensar toda una vida en unas pocas páginas mediante detalles aparentemente insignificantes, como demuestra en el espléndido relato que da título al volumen, en el que se aleja de sus escenarios habituales para recrear la vida de la escritora y matemática rusa del siglo XIX Sofía Kovalevski.
El pasado es también la materia prima del extraordinario “Juego de niños”, en el que su protagonista, Marlene, ve cómo el paso del tiempo no ha conseguido borrar las huellas de un inconfesable secreto del que creía haber conseguido escapar. Este secreto regresa como un fantasma cuando la única persona que lo comparte, su amiga de la infancia Charlene, está a punto de morir y le pide un último favor. Y es que, como afirma la protagonista: «Las escenas del pasado, más que desvanecerse, dejan de tener importancia. Y entonces se produce una brusca vuelta atrás, lo que está acabado y bien acabado resurge de repente, requiere tu atención, incluso que hagas algo al respecto, aunque salte a la vista que no se puede hacer nada».
Munro demuestra su talento para convertir la vida en literatura para que ésta a su vez cobre vida, y nos ofrece en Demasiada felicidad la prueba de que no hay historias pequeñas si hay grandes escritores tras ellas, porque, como concluye la protagonista de “Ficción” tras un reencuentro inesperado: «Todo aquello incluso podía acabar como una historia que algún día contaría. No le sorprendería nada».
Aún así, los años transcurridos permiten a los personajes de Munro encontrar la paz, como le ocurre a la madre de “Dimensiones”, cuyos hijos fueron asesinados por su marido, y, sobre todo, reconciliarse consigo mismos, algo que la protagonista de “Pozos profundos”, sólo consigue tras una última y amarga conversación con su hijo perdido: «Y era posible, también, que los años fueran sus aliados, al convertirla en alguien a quien ella todavía no conocía. Ha visto la mirada en el rostro de ciertas personas..., abandonadas en islas elegidas por ellos mismos, penetrante, satisfecha».