por RICARDO HERNANDO
En 1967 Jack Clayton dirigió la hermosa e inquietante A las nueve, cada noche (absurda traducción al español del original Our Mother's House), en la que unos niños huérfanos deciden mantener en secreto el fallecimiento de su madre para que los servicios sociales no les separen. Ian McEwan parte de una base similar en la claustrofóbica Jardín de cemento, novela escrita en 1978 en la que el escritor inglés narra la historia de cuatro hermanos, Julie, Jack, Sue y Tom, que ocultan la muerte de su madre para poder permanecer juntos.
Con un planteamiento que recuerda al de los cuentos infantiles, el escritor londinense nos presenta a unos huérfanos que se las arreglan como pueden en una casa aislada, sin parientes ni visitas de ningún tipo. Durante un tiempo, viven su libertad como lo que son, apenas unos niños, pero sus juegos poco a poco van superando los límites de la inocencia hasta que, como en el film de Clayton, la aparente estabilidad doméstica se ve truncada por la aparición de un extraño. Si en el citado film era el regreso del padre ausente lo que ponía en peligro el secreto de los pequeños, en el libro de McEwan es la presencia de Derek, el novio de Julie, la amenaza que se cierne sobre los cuatro hermanos.
McEwan reta al lector con una historia en la que la inocencia de sus protagonistas desemboca en unos actos tan imprevistos como turbadores. El escritor londinense camina sobre el alambre al tratar temas tan espinosos como la muerte y el incesto y sale victorioso al evitar caer en lo truculento o lo escandaloso. El autor de Expiación desafía al lector a entrar en la mente de Jack, el narrador de la historia, y aquí radica uno de los grandes méritos de Jardín de cemento, la acertada recreación del pensamiento y el discurso de un adolescente de quince años que mira hacia atrás, pero no hacia adentro. Jack no busca respuestas en su relato, porque en ningún momento lleva a plantearse ninguna pregunta, se limita a relatar los hechos sin profundizar en ellos, y esto es lo que hace aún más estremecedor su relato, la aparente frialdad y el distanciamiento con el que se aproxima a sus vivencias, más cercanas a la ensoñación que al recuerdo (una impresión reforzada por las últimas palabras de su hermana mayor, Julie; «¿No ha sido un sueño precioso?»).
El otro gran logro del escritor londinense es el pausado ritmo en la descripción de la progresiva degeneración de la atmósfera; el lector llega a sentir el tórrido calor veraniego que adormece a Jack, puede respirar el olor a putrefacción procedente del sótano que va invadiendo la casa. A medida que avanza el relato, la atmósfera se vuelve cada vez más irrespirable, convirtiendo su pequeña casa de juegos en una celda, un cadáver en avanzado estado de descomposición.
Al poner el relato en manos de Jack, el autor de Ámsterdam evita la tentación de juzgar a sus personajes, dándole libertad al lector para que saque sus propias conclusiones. Es esa sutileza, esa deliberada ambigüedad, lo que permite al escritor londinense esquivar tanto la moralina como la morbosidad. De este modo, Jardín de cemento se presenta como una novela valiente, no apta para timoratos, con la que McEwan agita la mente de aquellos lectores que se atrevan a acercarse a la sobrecogedora historia de Jack y sus hermanos.