por RICARDO HERNANDO 

La historia sin nosotras«He aprendido cayéndome, subiendo cuestas / que parecían no tener fin ni principio. / He aprendido a sablazos en el costado. // No quiero apuestas ni cuentas, / que luego salen caras, / y ya no quiero seguir huyendo». Estos versos de Alicia García Núñez (1981) condensan las intenciones de su primer poemario en solitario, La historia sin nosotras, en el que la joven poeta ilicitana presenta un proceso de maduración, una exploración de la identidad y la búsqueda de una voz propia en un entorno hostil, así como una aceptación de la pérdida y el desamor. 

La poeta describe la sensación de extrañamiento de seres mágicos (hadas, sirenas) en un mundo materialista que aniquila los ideales («Me puse metas tal vez etéreas para volar. / Y lo malo, a lo peor, de todo esto / es que NO me puse tetas / en vez de metas / que alcanzar»). Un extrañamiento que se traduce en noches de búsuqeda, de confusión y de caos, como en el poema “Tubos de neón”, en el que la iluminación artificial intenta paliar la ausencia de una luz interior, una alienación electrónica en la que la voz poética se pierde en noches de exceso y hedonismo. 

La pérdida que describe García Núñez en los primeros poemas del libro no es tanto la del ser amado como la de la voz poética misma («Quiero cerrar la boca hasta que reviente de silencio, / de frases congruentes, carentes de mistero. / Silente, callada, muerta, / un poco más cada mañana. / Medio despierta, medio dormida, / medio muerta, medio viva»). Esa búsqueda de una voz propia está sembrada de dudas en versos que recuerdan la poética del silencio de la escritora argentina Alejandra Pizarnik, como en “Ars Poética-Amatoria”, en el que escribe: «El verso que siempre quema entre los dedos, / el miedo asalta al proyecto de escritor. // Teme que el sentimiento / no pueda ser agarrado y llevado / hasta la superficie consciente». La escritura, como el amor, se convierte en un campo de batalla, un juego de vencedores y vencidos en el que la poeta sale triunfante al recuperar su voz por encima de los silencios amenazantes («Vas a ser el único blanco de mis palabras. / Tú, que me miras y me sientas en esta butaca. / Yo, que debería ser la activa en toda la trama»). El silencio de las amantes («Pesáis, conversaciones / que nunca mantuvimos») se convierte no sólo en el enemigo del amor, sino de la poeta, un enemigo que sólo es derrotado con la aceptación del final de la batalla: «Me niego a seguir varada / en la misma playa. / Como mi sirena de mil escamas / que rompe fácilmente todos mis cuentos». Finalmente, la poeta acepta que para recuperar su voz tiene que asumir la necesidad de adaptación como parte del doloroso proceso de maduración: «Es justo y de cumplimiento obligado que me haga mayor / como todos adultos de mis años // y me intoxique de una vez de esto que es la vida mísera y diaria». 

De este modo, La historia sin nosotras se convierte en un agridulce recorrido por los diferentes estratos del desamor, desde la soledad («Si supieras lo sola que me dejas / frente al mundo de colores / que había pintado para nuestras noches tristes») hasta el resentimiento («Te odio por el mismo poso / que dejas en mí de ti»), así como en una espléndida carta de presentación de una joven poeta a la que conviene no perder la pista. 


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