por NACHO ALTED

Santi CampilloSanti Campillo & Electric Band ofrecen un recital de auténtico rock en la sala El Hall de Alicante. El ex de M-Clan demostró por qué es uno de los mejores guitarristas de la escena musical. Una cosa es aprender la técnica de un instrumento, otra muy distinta, tocarlo desde el corazón. Para eso no hay manual de instrucciones. Santi Campillo dio una lección de improvisación y sentimiento homenajeando a los grandes del blues y el rock.

Santi Campillo despliega una sencillez y una naturalidad en la cercanía propia de las personas que aman su oficio por encima de todo. El éxito, la fama, los homenajes de pompa y circunstancia y los intereses fenicios se la traen al pairo. Sus gestos, palabras y su forma campechana de contar las cosas proyectan una extraña pureza; una singular autenticidad que motiva que al interlocutor enseguida le caiga bien. Cuando le recuerdan que la crítica especializada le consideró el mejor guitarrista de la escena musical, su respuesta es contundente e irónica: “Sí, es verdad, el mejor de mi barrio”. Está en la música por su amor incondicional hacia los maestros del rock y el blues. Y así lo demuestra en cada uno de los proyectos que llevan su firma. Ya sea en compañía o en solitario, sus canciones son  una combinación de rhytnm & blues y country y letras de personajes errantes que caminan hacia la nada. 

Para quien no conozca la historia, Santi Campillo fue el fundador de M-Clan junto a Carlos Tarque. La guitarra de Campillo y la voz rota de Tarque formaban para los amantes del rock hispano un matrimonio sublime. Eran como Keith Richards y Mick Jagger pero sonando en castellano. Facturaban un tipo de música que nunca había triunfado en este país, un rock con poso sureño que poco tenía que ver  con formaciones como Leño, Bloque, Asfalto o Barón Rojo. Habían puesto una pica en Flandes, y el éxito les llegó con su tercer disco, aunque Coliseum, su segundo trabajo, fuese el mejor disco de rock grabado hasta la fecha en España. Pero los problemas y los desencuentros pronto llegaron, y Campillo fue expulsado del paraíso, volviendo de nuevo a las carreteras secundarias y los aforos íntimos y reducidos.

En cualquier caso, se le ve feliz. No se le caen los anillos por tocar ante cuatro gatos. Como dijo aquél, mientras haya música seguiremos bailando. Y si es a base de clásicos del rock, mucho mejor. Junto a Electric Band en la sala El Hall, desplegó un recital de improvisación y sentimiento tocando temas de Free -All Righ Now-, Led Zeppelin -Black Dog y Whole Lotta love-, Neil Young -Rockin´ in a free world-, Stevie Wonder -Superstition-, o ZZ Top -La Grange-, entre otros. 

Disfruta haciendo versiones en directo, como los primeros M-Clan. Se nota que ha mamado esas melodías desde pequeño. Imita, improvisa, juega, se recrea con los que fueron sus ídolos cuando empuñó por primera vez una guitarra. En cada nota hay pasión. Hay guitarristas con una excelente técnica y habilidad. Al fin y al cabo, la destreza instrumental es consecuencia del ensayo y el trabajo. Otra cosa bien diferente es la emoción. No existe un manual de instrucciones para tener duende. O lo tienes o no lo tienes. Y la música de Santi Campillo nace desde las entrañas. Cada vez que desliza sus dedos por el mástil de la guitarra parece que se detenga el tiempo. Pero no porque no pase nada. Al revés, el cúmulo de sensaciones para el espectador es tal que muchas veces uno no sabe ni dónde está ni qué hora es.  Como si cada acorde fuese el último en la tierra. 

Campillo es consciente de eso, y a la mínima oportunidad echa mano de las distintas posibilidades que le ofrece su chistera musical. Con el bottleneck, la magia funciona. El sonido adquiere la esencia de una vieja canción. Todo resulta melancólico y vibrante a la vez. Todo comienza a cobrar sentido. Sabe que acaba de encender el interruptor de la música celestial. Y todo lo demás, le comienza a resbalar.

 

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