por CÉSAR FRANCÉS
Presentado y promocionado en su momento, como máxima expresión de la reivindicación política y social argentina, lo que el álbum Libertinaje de la banda Bersuit Vergarabat escondía realmente en sus doce cortes, no era más que un tesoro de musicalidad, basada, en muy buena parte, en el folclore propio del país. Y es que el sonido roquero al que se aferra como puede Óscar Righi con ese riff inicial de Yo tomo, va a mudar en escasos segundos y ante la rápida e irremediable rendición del guitarrista, en una cumbia descriptiva de la delirante situación personal del mismo.
La sorpresa que se instala en el oyente, va a acabar siendo compartida por el propio grupo, al que el riesgo de adoptar una serie de ritmos populares en cuanto a tradición, pero impopulares para el público que ya los seguía desde sus tres trabajos anteriores, les llevó a alcanzar el nunca despreciable estatus de fenómeno nacional.
Culpa de este éxito es la producción del reconocido Gustavo Santaolalla, que convencido de la valía de la banda, se embarcó en la espinosa tarea de resucitarlos y mostrarles un paraíso de ritmos mundanos al que abrazarse sin temor, incluido algún que otro episodio de auto expulsión del proyecto.
Porque si hay una característica definitoria de la actitud de estos argentinos, que acabarían de completarse en número durante esta grabación, ésa es desvergüenza. La que les lleva a titular la otra cumbia del álbum con las iniciales de un reciente ex-presidente argentino, C.S.M y al que la letra de la misma, no le provocó esa sonrisa a la que tan asociado está éste y su cargo.
Pero fue Sr. Cobranza, el único corte que no les es propio, y donde el político citado aparece con todas las letras, el que acabaría por convertirlos en algo más que enemigos, y donde la censura conseguiría el efecto justo y preciso que siempre consigue la misma, es decir, el contrario para el que está pensada. Lo curioso es que muchos de los exabruptos recogidos en ese micrófono de batería, que inicialmente sólo iba a servir de referencia y acabó convirtiéndose en la toma buena, los dirige el vocalista Cordera hacia sus propios compañeros, harto de las señas para corregirle que le marcaban.
Otra canción que acabaría convirtiéndose, sin pretenderlo, en himno contestatario, fue Se viene, parida en una mañana en la que el guitarra Alberto Verenzuela y el “Pelado” se dedicaron a incordiar, guitarra en mano y a la vera de la playa, a otro cargo público.
También toca la indecente historia política argentina, Vuelos, en la que el excepcional bajista Pepe Céspedes consigue hacer poesía de las aberraciones perpetradas durante la dictadura de J.R. Videla y recogidas en el libro El vuelo, de Horacio Verbitsky.
El candombé de A los tambores, el chamamé de Gente de mierdas con su acordeón, la preciosa Murguita del sur, son otros ritmos autóctonos que se asoman en este disco y que acabarían por abrir la puerta de par en par para el resto en el siguiente.
Como pasmados ante lo que acaban de consumar, concluyen preguntándose ¿Qué pasó?, y con sus gritos finales de “¡terminó!, despejan dudas y se despiden, hasta su consagración definitiva que llegaría como Hijos del culo.