por CÉSAR FRANCÉS
Escueta, salvaje y fugaz fue la vida de los apropiada y premonitoriamente rebautizados “Dead Boys”, y acorde con ella es el primero de los dos únicos trabajos que quedaron oficialmente registrados en estudio por la banda. Demasiado éxito, demasiada ingenuidad, demasiadas puñaladas, físicas por un lado, y por otra, de una compañía “comprometida” con los tiempos artísticos y por parte, incluso, de alguno de los integrantes, finiquitaron en tiempo récord la historia de la formación.
Originariamente conocidos como “Frankenstein” en su Cleveland natal, por cuyas calles, el vocalista Stiv Bators, admirador al borde de la emulación del primer Iggy Pop, gustaba de pasear sus posaderas desnudas, acrobáticamente mientras circulaba al volante de su propio coche, trasladaron su residencia a Nueva York, donde, en palabras del propio cantante, “no seríamos considerados unos colgados, seríamos normales”.
Así que, con anfitriones de la talla de Johnny Thunders y Joey Ramone, aterrizaron en un CBGB’s que convirtió al propietario del mismo en representante del grupo de forma fulminante después de su segundo show en dicho local, consolidando así la velocidad a la que se sucederían los acontecimientos alrededor del conjunto.
La producción del disco correría a cargo de una Genya Ravan, que inicialmente manifestó su rechazo a la aparición de su nombre en el proyecto; nacida polaca, y de familia desaparecida por el nazismo, espetó una reprimenda a estos jóvenes, que en su primer día de grabación aparecieron con esvásticas decorando sus indumentarias por doquier, y les explicó el mínimo significado de una simbología, entonces increíblemente, desconocida para ellos.
Y en 1977, en apenas treinta minutos, estamparon para la posteridad, uno de los discos elementales del movimiento “punk”, en el que para abrir boca, comenzaron con uno de sus himnos por antonomasia Sonic Reducer, su carta de presentación o diáfana declaración de principios.
La suciedad del sonido es llevada al terreno lírico en las ofensivas y explícitas Caught With The Meat In Your Mouth o I Need Lunch; mientras que la agresividad y furia que giraba dentro y en torno a los chicos queda reflejada en canciones como All This And More, la salvaje Down In Flames, de cuyas estrofas saldría el nombre del grupo o What Love Is. Cita a cuchillos, como la preciada 007 que Dee Dee Ramone regalaría a Stiv en señal de reconocimiento o los que a punto estuvieron de costarle la vida a su batería, Johnny Blitz.
Y entre tanta violencia, degradación y desprecio, maravilla la sentida y preciosa Not Anymore, de alto contraste con la imagen exhibicionista, degradante y autolesiva de un Bators; que acabaría saltando de escenario para seguir creando grandes temas, ahora dentro de la corriente pop, a la que el resto de la banda no cayeron tentados.