por CÉSAR FRANCÉS 

Houses of the HolyRompiendo con sus cuatro anteriores trabajos, este último disco bajo el sello de Atlantic Records, abandona la ordenada serie numérica de los primeros a cambio de un nombre que lo titula, y arriesga la firme estructura sonora basada en el blues, folk y hard rock para tratar otros géneros menos familiarizados con ellos. 

El segundo y definitivo diseño de la cubierta (el primero y enérgicamente rechazado por el guitarrista del grupo fue una pista de tenis y una raqueta) a cargo del reconocido, y solicitado entonces, estudio Hipgnosis, se inspira en la novela “Childhood’s End” de Arthur C. Clarke y fue acogido con no poca incomodidad por parte de los propietarios de algunas tiendas de discos, sufriendo en su primera tirada en formato de disco compacto de una censura basta donde las haya. En lo musical, “Houses of the Holy” se abre con “The Song Remains the Same”, originalmente concebida como una pieza instrumental y bautizada en sus albores como “The Overture”, tiene un inicio de guitarra arrollador, que se torna en abrumador con la copiosa adición de pistas de diferentes modelos de este instrumento que Jimmy Page nos ofrece; el pulso del bajo, por su parte, no es menos frenético.

Con “The Rain Song” responden al consejo del “beatle” George Harrison de componer baladas (como si las anteriores no contaran) e introducen el uso del mellotron, equiparándose al resto de bandas en boga. Si hay canciones que ganan con el directo, desde luego, ésta es ejemplo absoluto.

“Over the Hills and Far Away”, es simple y llanamente, grandiosa. Una gozada de principio a fin.

Llegan los ¿homenajes?, ¿tributos?, ¿parodias?, ¿experimentos? con el funk ejecutado en “The Crunge” y su famoso puente perdido. James Brown, Otis Redding,... una buena base vacilona y una lluvia de críticas y de preguntas.

“Dancing Days” es la vuelta al hogar de riffs y el rock antes de llegar a la propuesta reggae de “D’yer Mak’er”, fonéticamente Jamaica, y que pasado el estupor inicial, fue ganando en aceptación y popularidad, sufriendo a lo largo de los años de variopintas versiones perpetradas por artistas dispares, que no repararon en que todo en ella se sustenta en el inigualable y tremendo (en todo el sentido de la palabra) sonido de la batería, aderezado eso sí con el delicado encanto de un evocador solo de aires surferos.

La épica de “No Quarter”, que en vivo podía llegar a los treinta minutos de duración, transporta al oyente a través de diferentes y variados paisajes melódicos, gracias especialmente al trabajo en los teclados por parte de John Paul Jones.

“The Ocean” y su conocida intro "We've done four already, but now we're steady, and then they went one-two-three-four", a cargo del inconmensurable John Bonham, está dedicada a ese “océano” humano que llenaba sus conciertos, y que Robert Plant podía divisar desde su púlpito, y para los que pensó ese interludio a capella. El riff sampleado acabaría construyendo otra gran canción, el “She’s Crafty” de los siempre queridos Beasti Boys.


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