Mundo aparte en el panorama musical español, Radio Futura esquivó modas y corrientes, para instaurarse como rara avis, y haciendo amalgama de influencias musicales, filosóficas y líricas, crear, en el más preciado sentido de la palabra, una amplia e impecable obra, para deleite de escucha y lectura.
Dentro de ella, el tercer álbum, De un país en llamas nos hace pasear por dos mundos, uno predominantemente industrial, tanto en los sonidos, como en los paisajes y el lenguaje por los que discurre, y otro más agreste y humano.
El cuarteto, formado por los hermanos Auserón, Enrique Sierra, y Solrac Velázquez, que ya habían manufacturado dos grandes grabaciones, y que incluían himnos de todos los gustos y colores melódicos, reciben para esta ocasión, la visita del, a la postre, Midas de los arreglos y la producción, Jo Dworniak, figura clave en las posteriores maravillas firmadas por Kiko Veneno, y que van a suponer el nacimiento de un género hoy día explotado y, en ocasiones, reventado hasta la saciedad.
El disco se abre con No tocarte, introducida por la fuerza de ese preciso riff de guitarra y la primera declaración de principios del señor Santiago Auserón, acompañados por un bajo que recuerda no muy lejanamente esa línea de Escuela de calor. Ya en esta primera canción, va a mostrarse la dualidad mencionada, combinando de forma ejemplar, el frío sonido asociado a la fábrica con una percusión latina, tradicional en el patrón, pero más vanguardista en la forma.
Vuelve la acústica de cadena de producción en La ciudad interior, y su abstracta letra, para acto seguido, cambiar radicalmente y arrimarse a orillas más templadas, y cercanas a los ya entonces, incipientes intereses de Juan Perro en la investigación por el son. Es El tonto Simón, con unos versos de bienvenida que figuran en el olimpo de la literatura fónica: “Ya se retira el Sol y los hombres acechan, sentados a la puerta del bar...” y con el que se desarrolla la narración más accesible del álbum.
Con ese devenir entre la factoría y la calidez, a veces incluso tropical, van a ir sucediéndose preciosidades como En alas de la mentira, El viento de África, el r’n’r En el chino y su apropiado coro “wua chu chu wei...”. Las líneas de la mano con su exuberante ornamentación da paso a otra joya, Han caído los dos, con su letra elegante y de nuevo, oscura, que encaja de manera contundente con los acordes que la envuelven.
Un vaso de agua (al enemigo) consigue progresar de forma extraordinaria a través de una escueta letra, gracias a la cantidad de arreglos que van sucediéndose y que una vez más, nos transporta al inhospitalario mundo industrial por el que transita alternativamente la obra.
Cierra el disco La vida en la frontera, con su viento amable, y en un par de años vendría 37 grados, tema para el que es difícil encontrar calificativos, que deja lejos lo conocido en territorio nacional, y que antecede al álbum La canción de Juan Perro. Pero eso es ya otra historia.