por CÉSAR FRANCÉS 

THE FINAL FRONTIEREl decimoquinto álbum de los británicos Iron Maiden se caracteriza por ser positivamente adictivo, ganas de volver a pincharlo y disfrutar de forma continuada su escucha, no es cosa que sucediera de forma tan evidente desde que, ya dos décadas atrás, publicaran Seventh Son of a Seventh Son

Y no empiezan nada bien las cosas merced a la presentación, por una parte de la dirección artística, y por otra con la introducción del tema inicial. Broma es el calificativo más discreto que se puede utilizar para la ilustración del álbum de un grupo, cuyas primeras ocho portadas son historia de arte contemporáneo. Tampoco es mucho más digno el inicio musical, la pregunta es ¿para qué esos primeros minutos de.. nadería? Pudiendo haber empezado directamente con ese mordente que inaugura de verdad The Final Frontier, y la remontada de este disco.

Ya podemos disfrutar, entonces, de la última grabación de la “doncella” donde van a abundar los cortes extensos, con constantes variaciones estructurales durante los mismos, y en la que no va a faltar el inherente ritmo a galope del bajo de Steve Harris, presente en el primer single El Dorado.

Mother of Mercy y Coming Home con sus discretas duraciones siguen ubicándose en las primeras etapas de la banda, especialmente la segunda, agradablemente atractiva por cierto, con un sonido bastante al estilo de los ochenta.

Despojada de preliminares arranca The Alchemist que es la canción más directa de principio a fin, sin los cambios que aparecen en el resto de los títulos. A la manera de los clásicos tradicionales de la banda, sin descanso ni en la voz ni en el tempo, contagia empuje durante sus “breves” 4:29 de duración.

A partir de ésta, el minutaje se dispara, así como las experimentaciones o progresiones, o como gusten llamarse, siendo más de lo primero en The Man who would be King que sorprende y extraña, ahora más de lo segundo al alcanzar justo la mitad de su desarrollo.

Starblind va pasando de la paz de una introducción delicada con una relajada voz a engancharte con riff de guitarra de lo más rockero, y un trabajo vocal que no descansa hasta encontrarse, de nuevo, con ese puro sonido rock’n’roll y la apoteosis de solos de seis cuerdas.

En The Talisman Bruce Dickinson después de interpretar su rol como narrador, empieza a levantar esa voz única, con la misma facilidad que él mismo sube ese brazo a modo de solitaria coreografía durante los conciertos.

Con Isle of Avalon y When the Wild Wind Blows se completa esta obra, donde lo épico está presente de forma permanente y de la que se puede disfrutar muy, muy satisfactoriamente desde el minuto 4 hasta el final. 

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