En la ribera del Manzanares

AGUSTÍN HIDALGO

Agustín HidalgoMadrid no tiene mar pero tiene río, un río cantado por los poetas de antaño y paseado por las clases acomodadas hace alguna centuria. Las riberas del Manzanares que Goya reflejó en sus cartones para tapices no existen, sólo son imaginarias, imaginario de un tiempo pasado, añoranza pre-revolucionaria de una naturaleza y de un naturalismo hoy agobiados por la presión urbanística, la densidad demográfica, el desarrollo industrial, el tráfico y la acción de los políticos. Aunque Madrid no tiene mar, tiene río. Y parece que es suficiente para que se cumpla el aserto platónico de que la proximidad del mar (en este caso el río) puede condicionar que las ciudades tiendan al desorden.

Madrid, el Madrid político del Partido Popular (o tal vez deberíamos decir, el Madrid político que tanto ha despreciado el Partido Socialista con unos candidatos irrelevantes cuando no paletos) anda sumido en un caos que a duras penas parece poder controlar la presidenta Cristina Cifuentes por mucho que haya ganado la elección a la presidencia del partido en Madrid con casi el 90% de los votos emitidos, con esos gestos tan suyos, tan madrileños, tan chulapones de querer agarrarse al castizo sentido de la vida de los madrileños y, a la vez, cómoda en la obediencia debido a unas normas de conducta de partido que la liberan de tener que pasar de la palabra a la acción y le permiten el solaz de dejar las cosas como están con algún que otro sarpullido que se cura con un antihistamínico genérico y de bajo coste (ella, que como ellas, adora y venera y luce marca).

Anda Madrid metido en los barros de la Gürtel, de la Púnica, de los espionajes entre correligionarios y compañeros aunque no amigos, de financiaciones irregulares, de tarjetas opacas, de adquisiciones personales con dinero público o con dineros de origen desconocido, de olvidos alzheimicos, de desconocimientos solemnes y de falta de constancia en el intelecto, en la memoria, la vida y la imagen pública de una ex-presidenta, de una ex-alcaldesa, de una denigradora de la policía municipal y de una ostentadora de poder con la discrecionalidad que la cuna le ha investido.

No deja de ser curioso volver a escuchar a Esperanza Aguirre decir lo que ha dicho hasta la saciedad en los últimos no sé cuantos años: “no me consta”. No le consta que buena parte de  sus consejeros y su sucesor a la cabeza del Gobierno autonómico tengan asuntos con la justicia, que actuaran contra la ley cuando ocupaban cargos en el gobierno regional, que tuvieron actuaciones trapaceras desde los ayuntamientos de la comunidad, que aceptaron dineros inconfesables, que incurrieron en trapisondas en la concesión de licencias y obtuvieron beneficio propio y mordidas, según parece, para el partido, que espiaron a sus propios compañeros para un adecuado posicionamiento de cara a la escalada en el partido y en el gobierno. Pero ella no sabe; a ella no le consta. Esperanza Aguirre, la mujer que ha tenido todo el poder (Ministra con Aznar en el campo de la educación, presidenta de la Comunidad de Madrid y alcaldesa de la capital de España) no sabe nada de lo que ocurre a su alrededor, o si lo sabe, no lo registra, no lo archiva, ni memoriza ni, por tanto, lo pasa del nivel elemental de información al superior de conocimiento. A Esperanza Aguirre no le consta.

Pero más allá del sainete reiterativo de la actuación de esta mujer, a cuyas apariciones públicas sólo le faltan los coros de las tragedias griegas, está la imagen de ver a personas que han ocupado cargos políticos relevantes, que actualmente cumplen condena o están a la espera de resoluciones judiciales, actuar como testigos negacionistas de más y más causas, con la jovialidad de quien parece asistir a una fiesta, y la faz risueña por el jolgorio de verse participar en una función de circo.

Tal vez las resoluciones recientes que parecen diferir ad infinitum la confirmación de las sentencias y la ejecución de las mismas les haga reír, tal vez confían en que con la lentitud de la justicia las hipotéticas condenas les lleguen cuando ya no tengan edad para ir a la cárcel, cuando no dispongan de hacienda para devolver lo reclamado, cuando los delitos hayan expirado… O, tal vez, confían en que un distraído movimiento de fiscales les libre de todo culpa o, al menos, les retire la imputabilidad por una diametralmente opuesta apreciación respeto al fiscal acusador pretérito.

En fin, esperamos que la ausencia de salinidad marina del Manzanares permita claridad de juicio suficiente para la resolución de los muchos casos que han sentado sus reales en la ribera del Manzanares, sobre todo porque ahí, por ahora, no se han de enfrentar convulsiones identitarias que nublen el horizonte, por mucho que Aguirre y sus muchachos estén entregados a la narcosis de los cuentos fabulosos y a los entusiasmos rapsódicos ajenos a la sobriedad crítica que debe animar la lectura de los acontecimientos.

Comparte este contenido:

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar