Mientras el tripartito está ausente, el PP se divierte

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLos problemas de agenda del portavoz del equipo de gobierno de Alicante, Natxo Bellido, y la ineludible presencia del vicealcalde Miguel Ángel Pavón en la presentación de un libro sobre la pelea de los grupos ecologistas en defensa del río Segura impidieron la semana pasada que ambos asistieran a la presentación por parte del alcalde del proyecto ConectAlicante. Esas fueron las razones formales que dejaron a Gabriel Echávarri más solo que la una en el salón del hotel Meliá habilitado para que la cabeza más visible de la gobernanza local expusiera a la concurrencia sus ideas para resolver los graves problemas de movilidad que tiene planteados la ciudad.

Esas fueron, digo, las excusas oficiales que propiciaron la orfandad del socio y sin embargo enemigo. Las reales, sin embargo, tienen su origen, más que en una concepción diferente y subsanable mediante el consenso de lo que debe ser la urbe del presente y del futuro, o en la chinchorrería derivada de que ninguno de los ediles del PSOE acudieran a la presentación del Plan Ciudad que corrió a cargo de Bellido y Pavón veinticuatro horas antes, en la falta absoluta de química entre un tercio del tripartito y los dos tercios restantes desde que las urnas decidieron desbancar a los herederos de Díaz Alperi y Sonia Castedo para colocar en su lugar una jaula de grillos.

Puestos a repartir culpas en el desbarajuste actualmente en curso parece obligatorio señalar en primera instancia al que blande la vara de mando municipal como un garrote en vez de acariciarla como un humilde signo distintivo de representación. Las salidas de tono, las meteduras de pata y las rectificaciones de iniciativas residenciadas en las vísceras más que en el cerebro están siendo en el ecuador de la legislatura la nota dominante en la trayectoria de un alcalde empeñado en devolver sus atributos al PP cuando acabe su mandato o incluso antes de que toquen de nuevo a rebato las campanas electores.

El atropellamiento verbal de Echávarri es equiparable a su atolondramiento gestor. Vender en plena penuria económica megaproyectos como el túnel de la Explanada o el puente sobre el puerto es, en una urbe acostumbrada a ver cómo los grandes inventos anunciados con todo lujo de detalles y onerosos gastos devenían en la nada, o se dilataban en el tiempo, o se redimensionaban o reformulaban dada su inviabilidad, es una temeridad que sólo se entiende desde la necesidad de su promotor de marcar territorio, intentar exhibir músculo y desviar la atención de sus problemas cotidianos hacia ámbitos etéreos. Pero convertirlos en papel mojado casi a vuelta de página es entrar en el pantanoso terreno del esperpento, algo que un alcalde, aunque sea mini, no se puede permitir por más que le apriete el vientre.

La vuelta a la política espectáculo que cultivaron sus predecesores con denuedo parece una provocación ante las propuestas más mesuradas y pegadas a la realidad que formulan sus socios de Guanyar Alacant y Compromís, copartícipes por intransigencia, abuso de ideología o escasa cintura de un «show» que está colmando la paciencia de los ciudadanos, según recoge la formación nacionalista en una resolución en la que hace autocrítica, lamenta «la situación de inestabilidad permanente en el que se ha instalado el gobierno plural de la ciudad» y reclama cambios que pongan fin al desbarajuste, que pasan necesariamente por la lealtad, la buena gestión de las discrepancias y demás parafernalia declarativa al uso que queda en agua de borrajas en un santiamén. Porque están condenados a ser oposición de sí mismos para solaz y disfrute de la oposición nominal, que solo aguarda a ver pasar el flamante cadáver cubierto de coronas en forma de votos depositadas por los ingenuos que creían que cualquier tiempo pasado fue peor.

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