Ay, qué dolor, Mariano

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLo malo no es que Rajoy mintiera groseramente en su declaración como testigo en el caso Gürtel a sabiendas de que lo hacía, sino que lo hiciera siendo plenamente consciente de que la inmensa mayoría de los ciudadanos estaban convencidos de que entre sus palabras y la verdad había una distancia sideral. El Rajoy de la sensatez inverosímil, las perogrulladas y los galimatías, el político que a fuerza de cultivarlo ha perdido el miedo al ridículo y que sigue exhibiendo un insultante desprecio por la inteligencia ajena y por ese sentido común que ha convertido de manera unilateral en el santo y seña de su gestión, alcanzó la sublimación en el búnker de la Audiencia Nacional cuando al ser preguntado por uno de los abogados de la acusación sobre el significado del mensaje que se cruzó con el extesorero Bárcenas en el que le decía «Luis, nada es fácil, pero hacemos lo que podemos», el presidente respondió: «Hacemos lo que podemos significa exactamente hacemos lo que podemos, significa que no hicimos nada que pueda perjudicar a ningún proceso». Semejante alarde de cripticismo estrambótico requeriría no ya un seminario de politólogos intérpretes del «marianismo» actualmente en vigor, sino un congreso internacional de traductores de jeroglíficos.

Será por la carga de los embustes formulados frente a sus señorías togadas y ante el pueblo soberano sin el menor atisbo de rubor, o por el peso de la púrpura que ostenta sin que casi nadie acierte a explicarse el prodigio a estas alturas de la escandalera, o por las toneladas de asignaturas que le aguardan a vuelta de hoja de calendario. Pero el caso es que al presidente se le resintieron las lumbares en uno de esos atléticos paseos campestres en los que no se sabe si camina o nada, si va o viene, si sube o baja, y hubo de medicarse para no tener que arrastrar el pellejo hasta la tradicional reunión veraniega con el monarca en Marivent Palace. Una lumbalgia, oiga, de características similares a la que puede sufrir una «Kelly» de hotel a 2,15 euros la habitación en el ejercicio de su profesión dentro de un sector como el turístico, en el que la gallina pone huevos de oro aprovechando que en otros destinos, antaño competidores, las deposiciones son de plomo, y donde las dudas en torno a la idoneidad del modelo y las críticas por la falta de controles administrativos antidesmadre pueden conllevar severas admoniciones, e incluso graves acusaciones de terrorismo, gracias a las golpes de efecto de quienes proclaman la redención mediante el espray y la bengala.

Una lumbalgia, digo, de intensidad parecida a la que puede lacerar la espalda de un asalariado tras sentirse en el deber moral de doblar la cerviz en señal de agradecimiento a San Luis De Guindos, al beato Cristóbal o a la virgen de Fátima porque después de años de paro ha logrado un contrato tan miserable como su propia existencia, obligó al jefe del Ejecutivo a tirar de Voltarén o cualesquiera otro fármaco de uso tópico o intramuscular para acudir a la cita mallorquina hecho un brazo de mar. Cojeando, eso sí, que los ligamentos y demás casquerío que abarrotan el organismo son democráticos y no hacen distingos, pero más contento que unas castañuelas, se presentó ante Felipe VI para charlar un rato como viejos amigos. Feliz a los pocos días de que el Centro de Investigaciones Sociológicas enviara el aviso a navegantes de que el avance del PSOE redivivo tras la segunda venida de Pedro Sánchez podía suponer a posteriori el advenimiento del coco y exultante como un chiquillo con zapatos nuevos por unos datos que reflejan que pese a que los socialistas acortan distancias, el PP, un partido corrupto hasta las trancas, con un líder que no le va a la zaga y que es el peor valorado, sigue siendo el más votado. Ahí nos duele. Y no es lumbago.    

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