Desde Marte con dolor

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLa Vuelta se inició con normalidad. Teñida de luto pero sin que los atentados yihadistas registrados sólo unas horas antes en Barcelona y Cambrils cambiaran la hoja de ruta. El balón comenzó a rodar por el césped de los estadios entre minutos de silencio y muestras de repulsa, pero la consternación no impidió que la afición celebrara los goles de sus equipos como si nada hubiera ocurrido apenas un par de días atrás. La gente disfrutaba de las vacaciones en el mar o en la montaña, en las ciudades o en los pueblos, con un ojo puesto en la tele y el otro en la caña. Al fin y al cabo desde los púlpitos de la política y desde los aquelarres de las tertulias uno de los mensajes más reiterados, casi un mantra a falta de algo más consistente, era que la barbarie no podía alterar un ápice nuestras vidas y costumbres.

Porque, oiga, no tenemos miedo, nos decíamos y nos recomendaban mientras la carrera televisiva por lograr el mayor número de gruesas lágrimas en el menor plazo de tiempo posible avanzaba imparable y comenzaban a atemorizarnos las señales que apuntaban hacia la deficiente colaboración entre las fuerzas de seguridad del Estado y las de Cataluña, glosadas sin mesura desde el minuto uno por sus más conspicuos representantes. No teníamos miedo a los terroristas pero se iba acomodando bajo la sombrilla el pavor derivado de la concatenación de errores que posibilitaron la constitución de una importante célula islamista en una población que apenas supera los diez mil habitantes dirigida por un individuo condenado por tráfico de drogas y travestido en imán captador de mentes fácilmente manipulables. ¿Miedo?, quia. Pero las grietas que se abrieron en la cacareada unidad de los partidos cuando todavía muchos de los cadáveres no habían sido identificados, junto a la utilización sibilina de la masacre para arrimar el ascua a la sardina del independentismo o a su contrario, dejaban atisbar algo parecido a un pánico que ya conocíamos.  

En este contexto de perplejidad y negación del canguelo y en vísperas de la igualmente polémica manifestación de repulsa programada en la Ciudad Condal, y como para confirmar que la vida sigue, irrumpió en la escena del crimen el proceloso asunto de la financiación ilegal del PP. Y como casi siempre que pintan bastos en el partido del Gobierno, fue su coordinador general, Fernando Martínez-Maíllo, el encargado de poner la guinda al pastel después de que el PNV, formación con la que los populares habían intercambiado  barcos presupuestarios por honra, decidiera votar a favor de la comparecencia de Rajoy en el pleno del Congreso que habían impulsado el PSOE y Podemos.

El heroico dirigente conservador aprovechó la coyuntura consistente en que el Pisuerga pase siempre por Valladolid para instrumentalizar, entre indignado y ofendido, la forzada presencia de su jefe de filas en la Cámara Baja con la Gürtel por montera, preludio de un otoño inhóspito. «Extraterrestres», aseguró que íbamos a parecer ante el mundo con semejante exhibición «en medio de la que está cayendo». Como diría el autor intelectual de la estrategia judicial del PP, Federico Trillo, manda huevos que el partido más marciano del arco parlamentario –pequeñas salvedades al margen–, según ha quedado inscrito con letras de molde en los anales de la corrupción, impute a sus oponentes cualidades alienígenas. De donde se deduce que ni el interfecto ni su superior jerárquico, y tras ellos toda la corte celestial, han reparado en que la podredumbre que les ha llevado a copar las salas de los tribunales de justicia y las insultantes comisiones de investigación forma parte de la rutina. O sea, de la normalidad proclamada. Que no se preocupe Maíllo: en otros países ya nos confundían con los lagartos de «V» mucho antes de que las aritmética parlamentaria propiciara la puesta ante el espejo de un presidente que no solo sigue tragando cuanto sapo se le pone por delante sino que, encima, pretende que el paisanaje haga lo propio con las ruedas de molino que acumula en el almacén de la mentira.

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