Bochorno vendo y para mí no tengo

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoPolíticos de toda factura ideológica, fiscales y jueces a través de sus correspondientes órganos de gobierno y de representación, empresarios, tertulianos, etcétera, se están mostrando pródigos en la utilización de adjetivos para calificar el manicomiable –otro más– ejercicio de autoritarismo y desprecio a las leyes y a las normas que establecen el marco de convivencia que está llevando a cabo, casi manu militari, el Govern catalán y sus instituciones hasta aquí democráticas.

Ilegal y chapucero, entre otros, fueron los epítetos que eligió el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, para arremeter contra la convocatoria del referéndum de independencia en una comparecencia pública después de que su homólogo en rebeldía Carles Puigdemont rubricara el disparate al que nunca se debió llegar en este país. Y la víspera de que se consumara la constatación de que por estos pagos el diálogo y la negociación siguen siendo algo estrafalario, la vicepresidenta del Ejecutivo, Soraya Sáenz de Santamaría, en una nueva escenificación de la santa indignación en el Palacio de la Moncloa, calificaba de «bochornoso» el espectáculo que habían dado las fuerzas soberanistas en el Parlament y aseguraba que, nunca, en toda su vida, había pasado más «vergüenza política». Leñe, pues no será porque no ha tenido oferta suficiente a su disposición.

Quiso la casualidad, esa oportunista capaz de dejar en ridículo al más pintado, que al hilo del desbarajuste, con el Gobierno central impugnando, el Constitucional resolviendo, la Fiscalía ordenando y los independentistas desafiando, se colara en el esperpento la confirmación de que jamás se recuperarán los 54.000 millones que costó rescatar a las entidades bancarias en la etapa más peliaguda de la crisis. El Banco de España ha hecho cálculos para concluir que, a lo sumo, el Estado, es decir, usted y yo seamos catalanes o de Logroño, recuperará solo 14.000 millones de los que habilitó el Ejecutivo popular con la condición tajantemente expresada y reiterada hasta el hartazgo tanto por Rajoy como por el ministro De Guindos y por la propia Sáenz de Santamaría de que la operación («préstamo de la UE en condiciones ventajosas» según afirmó en aquel entonces el todavía ministro de Economía) no les iba a costar a los contribuyentes, catalanes incluidos, un solo euro.

Hablar de bochorno como reacción epidérmica ante determinados hechos políticamente rentables mientras corren por las redes y permanecen impasibles en las hemerotecas y fonotecas flagrantes mentiras formuladas al socaire del rescate financiero dice muy poco en favor de la sensibilidad de la vicepresidenta. Claro que poco más se podía esperar de una dirigente capaz de convivir con un líder marcado por la corrupción en un partido manifiestamente mejorable en esta y otras materias. No hay registros fiables de que se haya sentido abochornada ni políticamente avergonzada durante o tras las intervenciones parlamentarias, judiciales o de otra índole de Rajoy o cualquiera de sus adláteres. Por lo tanto, hay que poner seriamente en duda su honestidad intelectual y reprocharle severamente su desconocimiento del sistema de pesas y medidas.

¿Es o no bochornoso saber que con el dinero volatilizado se podrían haber pagado las prestaciones y ayudas al desempleo durante dos años? ¿Causa o no bochornosa desazón que el regalo le vaya a costar a cada españolito que al mundo viene, le guarde Dios, alrededor de 800 euros acumulables a los derivados de otros rescates como el del frustrado depósito de gas del proyecto Castor o las autovías radiales de Madrid? Se pronuncie, coño.    

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