Pendientes de la independencia

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoCon el 1-O me pasa como con el mayor de los Mossos. El acrónimo, o lo que sea, referido al primer día de octubre como fecha de la parodia de referéndum lo asocio al resultado liguero de un Barça-Madrid, pongamos por caso. Algo tiene de ello, desde luego. En el fondo lo que pretende es pronosticar una victoria para los de casa con el partido todavía en juego. Es decir, nosaltres u, ells zero habida cuenta que el enemigo a batir en la eliminatoria es el Estat Espanyol y que en el imaginario de Puigdemont y su abigarrada corte soberanista el Govern es Cataluña en su totalidad de igual manera que Pujol y su extraña familia fueron la encarnación de aquella comunidad autónoma hasta que se supo que sus aspiraciones nacionalistas pasaban por la anexión de Andorra. Y con el máximo responsable de la Policía aborigen, Josep Lluís Trapero, me ocurre tres cuartos de lo mismo: cada vez que oigo nombrar su cargo no sé si me están hablando del hermano de más edad de, verbigracia, la saga mencionada líneas atrás, o del integrante más veterano de una colla de castellers.

Vaya usted a saber si el despiste del arriba firmante tiene su origen en la contaminación ambiental derivada de las declaraciones sumarias de unos, que juegan al escondite con las urnas y las papeletas como los trileros de Benidorm con el cubilete y la bolita, y otros, que acusan a los primeros de haber establecido en un par de horas un onírico nuevo ordenamiento dando carpetazo de manera ilegal al existente, como reprochó Rajoy al senador del Grupo Parlamentario Nacionalista (GPN), Josep Lluís Cleries, mientras han permanecido años y años instalados en el bloqueo de la búsqueda de soluciones y en el dontancredismo. O, en fin, vaya usted a saber si la confusión obedece a circunstancias ligadas a la incredulidad sobre lo que está acaeciendo y lo que resta por acaecer, que estaría imbricada en el apartado de los fenómenos paranormales, o al humor más disparatado de Faemino y Cansado, de Tip y Coll, de Gila o de Muchachada Nui.

Lo que sí está quedando claro en este ecosistema de filigranas, chulerías, actitudes grotescas, amagos y contradicciones a juzgar por la evolución de los acontecimientos y por sus fases previas es que somos –o mejor, nuestros gobernantes de acá y acullá son– cuña de la misma madera. Quedó demostrado cuando ambos Ejecutivos se equipararon en materia de corrupción y ha vuelto a demostrarse con toda su crudeza en pequeños detalles como el gusto por el esperpento y el histrionismo y la pasión por lo carpetovetónico. Aunque solo fuera por eso, sí, definitivamente, Catalunya is Spain. No hay confusión posible. Españoles todos, que diría el finado. Sólo queda esperar que no acabemos haciendo algo tan consustancial a nuestra peculiar idiosincrasia como llorar. Pero no de risa.

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