Alicante tiene tres cosas

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLa sangre que goteaba del colmillo del concejal de Guanyar-Alacant Miguel Ángel Pavón no tenía su origen en una traumática visita al odontólogo sino en el cuello del alcalde socialista de Alicante y socio de gobierno junto a Compromís, Gabriel Echávarri. Unas horas antes de que el primero, al alimón con el tercero, pidiera la dimisión del segundo tras ser citado a declarar como investigado junto a dos de sus asesores por el presunto fraccionamiento de contratos en la concejalía de Comercio para eludir la convocatoria del concurso público en la adjudicación de servicios publicitarios, se había filtrado que el segundo estaba barajando la posibilidad de retirar las competencias de Urbanismo al primero por la parálisis que soporta dicho departamento municipal. El galimatías ordinal merecería la petición de disculpas por parte del arriba firmante si no fuera porque toda la ejecutoria del tripartito que desalojó al PP del Ayuntamiento después de más de veinte años de hegemonía absoluta ha estado marcada por el desorden y el caos.

Mientras el vicealcalde y el portavoz de la terna gubernamental por Compromís, Natxo Bellido, reclamaban al alcalde que recogiera su mesa en coherencia con la administración del rasero que aplicó a otros compañeros de corporación en similares circunstancias, el atolondrado Echávarri se atrincheraba en los lugares comunes que suelen frecuentar los sospechosos de la comisión de irregularidades y aludía, amarradito al bastón de mando, a una mera cuestión administrativa sin otro recorrido que el del archivo. La saña empleada por Pavón para descalificar a su compañero de gobierno, desconocida incluso en boca del portavoz del grupo popular y promotor de la denuncia, Luis Barcala, venía a demostrar, sin embargo, que la citación judicial era la suculenta gota que colmaba el vaso de un enfrentamiento que se remonta a los inicios de un experimento consistente en meter muchos grillos en la misma jaula y esperar a ver qué pasa.

Transcurridos poco más de dos años desde que el invento entró en el laboratorio consistorial para convertirse en fuente de discrepancias, empecinamientos abiertos o soterrados, descalificaciones a mansalva y ausencia del mínimo de química imprescindible para que el roce hubiera hecho cariño en vez de ampollas y permitido sacar adelante un proyecto global para una ciudad abonada a la corrupción y abandonada a su suerte por sus anteriores gestores del PP, nos encontramos en el más difícil todavía. A dos años vista del triple salto mortal y sin una red que amortigüe el topetazo, la ciudad, en parte por la propia chinchorrería de sus mandatarios de conveniencia, continúa sin dar con la fórmula magistral ni el consenso necesario para acabar con problemas tan acuciantes como el de la insoportable suciedad de las calles, la onerosa inconcreción urbanística o la manicomiable indefinición comercial.

Eso sí, tenemos ya a sus tres últimos alcaldes electos y consecutivos, Alperi, Castedo y Echávarri, con las posaderas en el banquillo a cuenta de las chapuzas perpetradas en el ejercicio del cargo. Tres de tres. ¿Hay quien dé más? El que no se consuela es porque no quiere. Aunque el tercero saliera incólume del lance, seguiríamos estando donde estamos: en la inviabilidad.  

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