Cuando la solución es aplazar el problema

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLo hizo la ahora ministra de Defensa, Dolores de Cospedal, y lo ha vuelto a hacer el todavía presidente de la Generalitat de Cataluña Carles Puigdemont. Si la primera recurrió a un portentoso galimatías para intentar explicar las relaciones contractuales que el PP mantenía con su extesorero Luis Bárcenas, el segundo se sumergió en un no menos enervante guirigay para no declarar abiertamente la independencia de la república soñada, pero proclamándola siguiendo unos plazos, vericuetos y circunloquios que contribuyeron a convertir lo que iba a ser una jornada histórica para los promotores del demencial intento en unas horas histéricas.

O sea que la fórmula magistral que hallaron los chicos del coro en precipitadas reuniones y constantes ires y venires sazonados con los rostros de enfado de los más radicales de la clase y con los gestos de circunstancias de sus rehenes que obligaron a aplazar el decisivo cónclave para seguir ahondando en la jerigonza, fue convertir la solemne proclamación –de obligado cumplimiento para dar respuesta al mandato que, dicen, obtuvieron en la parodia de referéndum que legitimaba el nuevo Estado– en un procedimiento en diferido de características similares a las de la indemnización percibida por el excontable popular en la que se enredó la que era por aquél entonces número dos de la formación conservadora.

Simuló el partido del Gobierno el prorrateo del finiquito cobrado por Bárcenas y disimuló Puigdemont la declaración en medio del descontento rupturista de los soberanistas más acérrimos y de la sangría empresarial sobrevenida. La conjunción astral entre la «pela» o, mejor, su pérdida, los grilletes, la movilización unionista y la presión internacional, propició un nuevo embrollo argumental, según el cual los sediciosos diferían la decisión hasta un elástico e imposible medio plazo con la presunta idea de abrir paso a un diálogo para besugos poniendo a prueba la voluntad de recoger el guante –o el guantazo, según se mire– de un Ejecutivo recrecido que se regodeaba en la suerte y que se aprestaba a someter a los insurrectos manu militari si fuera preciso. En consecuencia, Mariano Rajoy ha activado el miércoles, víspera del día de la Hispanidad, el tan traído y llevado artículo 155 de la Constitución en un consejo de ministros que, como paso previo al desembarco, requería a Puigdemont aclaraciones, semánticas, conceptuales y de las otras, sobre si había elevado a los altares oficialmente la independencia o no. Vamos, que el rey del oscurantismo y el barullo pedía prístina claridad al virrey periférico de la confusión antes de arrojarlo a los leones con el calçot entre las piernas.

Aplazaba el Molt Honorable el desenlace de un problema que él y sus socios y allegados consideraban la solución en un palmario ejemplo de grave miopía y con ello volvía a demostrar que los extremos se tocan en una país unido por un ADN que, entre otras muchas cosas, condena a sus habitantes, de acá y de allá, a ver cómo los múltiples asuntos pendientes que afectan a sus vidas y haciendas son diferidos, suspendidos, simulados, derivados o reemplazados en función de la coyuntura. Aquí nunca se dan las condiciones adecuadas para hincarle el diente, pero con el ánimo de llegar hasta el hueso, a nada sustancial. Vivimos en un aplazamiento que va desde la búsqueda de soluciones a aberraciones tan pertinaces como el déficit educativo, la anorexia investigadora, la escasez de recursos hídricos y la financiación autonómica, por poner unos pocos ejemplos de desencuentros, hasta la implementación de una organización territorial que satisfaga a la mayoría o que, al menos, no dé pábulo a ilusorias aventuras separatistas como la que venimos soportando desde hace años.     

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