Rajoy sigue presumiendo de lo que carece

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLos vínculos del expresidente de la Generalitat Valenciana Eduardo Zaplana con el teléfono son casi tan evidentes como los que mantuvo Gila. Aparte las relaciones laborales que estableció con la multinacional española de telecomunicaciones, el que fuera ministro y portavoz con Aznar asoció su figura al aparato desde los inicios de una fulgurante carrera que le llevaría a la Alcaldía de Benidorm, gracias a la tránsfuga Maruja Sánchez, y a la jefatura del Consell para, desde allí, dar el salto a la capital del Reino. Si en aquella adolescencia política acaparó titulares de prensa a cuenta de unas grabaciones en el curso de una investigación policial por narcotráfico que después derivaría en el primer caso de financiación irregular del PP al que dio nombre su tesorero Rosendo Naseiro y que acabaría en nada al invalidarse las pruebas, ahora, en el ostracismo, ha vuelto a la centralita a propósito de otra conversación mantenida con el expresidente de la comunidad de Madrid y principal implicado en la operación Lezo, Ignacio González. La conversación figura ya en los archivos sonoros de los investigadores y en el nutrido acervo auditivo común.  

En ella, el sumo pontífice del milagro económico valenciano que ha devenido en un suma y sigue de escándalos pone como hoja de perejil a la exalcaldesa de la ciudad del Turia que se llevó hace un año a la tumba un cargamento de secretos. Consideraba a Rita Barberá un «bluf absoluto» que se rodeaba de fieles para que le hicieran el trabajo mientras la mujer de rojo «iba, se reía y tomaba whisky con alguno, que eso lo hacía como Dios». O sea, nada del otro mundo: una de esas charletas inocentes entre camaradas en ambientes relajados que a falta de elementos incriminatorios si sirven para algo es para trazar el perfil psicológico de los conversadores y para averiguar lo que de verdad piensan cuando no hay testigos delante. Vamos, como el célebre «sé fuerte» de Mariano Rajoy a Luis Bárcenas o el no menos enternecedor «te quiero un huevo» del expresidente aborigen Francisco Camps a su «amiguito del alma» Alvaro Pérez «El bigotes», acreditado pochador de cebollas en los cursos de cocina de la prisión de Soto del Real.

Zaplana se incorporaba de esta manera al espectáculo nacional coincidiendo con varios hitos, no por sabidos o sospechados menos interesantes, que en apenas una semana y con el permiso de la crema catalana, han situado al PP de nuevo en el lugar que le corresponde en el gran atlas de la corrupción. Si el comisario de la UDEF Manuel Morocho iniciaba el vía crucis señalando al presidente del Gobierno como perceptor de fondos de la caja B, la Audiencia Nacional decidía sentar en el banquillo al partido por la destrucción de los ordenadores del depredador de fondos Bárcenas, que se retiró de esta causa como acusador hace muchos meses vaya usted a saber por qué apaños con los «ordenadoricidas». Pero es que, además, tras un año de pintorescas declaraciones, el tribunal juzgador de la primera época de la trama Gürtel dejaba visto para sentencia un caso en el que entre los ciento veinticinco investigados se encuentra el PP y la que fuera ministra de Sanidad Ana Mato. Y como no hay dos sin tres, otra sala declaraba la apertura de juicio oral por la salida presuntamente fraudulenta de Bankia a Bolsa en la que aparecen involucrados, entre otros, el gran mago de la economía patria y condenado por el reparto discrecional de las tarjetas Black, Rodrigo Rato (al que hace escasas fechas defendía por lo bajini el más bajito de Las Azores, valga la redundancia) y, curiosamente, el sucesor interino de Zaplana en la administración autonómica, José Luis Olivas.

Al ser preguntado en Suecia por tan luctuosos acontecimientos, Rajoy daba todo por amortizado. Se han depurado las responsabilidades políticas, dijo, y aquí paz y después gloria. Cómo habrá que decirle a este hombre que tiene un problema para que lo comprenda. Cómo convencerle de que el pasado en el que él ya estaba es el presente en el que está. Y cómo hacerle entender que con semejante bagaje parece una humorada o, peor, un insulto a la inteligencia, su empeño en hacerse pasar por el campeón de la legalidad, el máximo goleador en el difícil arte del juego limpio y el cancerbero imbatible en el respeto a las normas. Que el sublimador del embuste afee a los demás sus mentiras, por más que le asista la razón para hacerlo, no deja de tener  su intríngulis. Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces, afirma el Refranero.

La tropa, como denominó a los suyos cuando andaban a la gresca en busca del líder perdido, tenía el mismo jefe que tiene ahora. Él lo sabe, pero ¿sabrá que lo sabemos? Pues claro que lo sabe, pero nos ha cogido el puntito con la ayuda de una patética oposición y le importa un bledo. Habita una realidad paralela en la que se ha creído su propia narrativa. Este tipo rinde al enemigo por agotamiento.

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