De botones y botines

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoSon cosas de los bajos fondos de las ciudades y de la política. Si un patibulario acodado en la barra del bar y pasadito de Chinchón llama «gordo y bajo» a otro parroquiano que también lleva lo suyo y éste, arrastrando mucho las sílabas, le tilda de «viejo lunático» como respuesta, lo normal es que lleguen a las manos. O al menos a los dedos. Es lo que ha ocurrido entre el Líder Supremo de Corea del Norte Kim Jong-un y el As Supremacista de EEUU Donald Trump.

Atendiendo al principio de la Física que establece que a toda acción se opone una reacción igual pero en sentido contrario, el presidente norteamericano contestó a su homólogo asiático que el botón nuclear que acariciaba como si se tratara de un gato era mucho más grande y poderoso, dónde va a usted a parar, que el que dijo que tenía sobre su escritorio, tal que la calavera de un disidente en recuerdo de la penúltima hambruna, el heredero y discípulo de Kim Jong-il.

Faltaba Vladimir Putin, reconocido maestro del «hackerismo» informático y del dopaje olímpico a la par que zar de todas las Rusias, para completar la escena en un aguafuerte digno de Goya con el lema Altius, citius, fortius que acuñó el barón de Coubertin ajeno a que los pendencieros acabarían convirtiendo sus buenas intenciones programáticas en una ensimismada medición de sus partes pudendas para averiguar quién la tiene más larga.

Pero tampoco es que haga falta ser ninguno de los tres mendas antes citados para disfrutar de la prerrogativa de liberar átomos a mansalva. Los hay, salvando las distancias y ciñéndolos al plano doméstico, que tienen la potestad de presionar el interruptor a su antojo y de utilizar esta posibilidad para amedrentar al contrario en función de sus necesidades. Mariano Rajoy, sin ir más lejos, pulsó mirando al tendido el artículo 155 de la Constitución, igual que los antiguos basureros llamaban al tercero ce para pedir el aguinaldo, con el fin de activar el arma de destrucción masiva del independentismo catalán. No le salió la jugada porque de momento todo ha quedado en fuegos fatuos. Pero volverá a hacerlo si fuera menester, a demanda y de acuerdo con sus intereses más acuciantes. Que no son otros que los de conseguir que los escándalos del partido que dirige se diluyan entre las volutas del hongo radiactivo.

Tener la teclita de marras al alcance del pulgar o del índice es lo más parecido a tener la sartén por el mango. El jefe del Ejecutivo español muestra más botones que la levita de «El loco de Matarraña», aquel hombre que durante muchos años fue fiel a su cita con el sorteo de Navidad. Percute el botón de la Fiscalía con la misma habilidad que el de los tribunales superiores, aunque lo hace sin querer porque, como es sabido, la Justicia española es tan independiente del poder político como le gustaría serlo a Puigdemont, pongamos por caso, del Estado.

Con todo, el más efectivo de los botones nucleares que tiene a su disposición el líder popular es el ministro de Hacienda y, por extensión, los Presupuestos Generales. ¿Que no se pueden aprobar las cuentas públicas del ejercicio venidero por culpa de los caprichos de la aritmética parlamentaria? Pues se mete la tijera a la financiación autonómica prevista, o se retrasa sine die su reforma, o ambas maniobras a la vez como acaba de ocurrir, y aquí paz y después gloria. ¿Qué si la cuestión catalana sigue tan emponzoñada puede suponer un fiasco en las expectativas de crecimiento del país entero? Pues se incluye en la firma del acuerdo sobre el salario mínimo interprofesional un apéndice verbal que pone condiciones donde apenas unos minutos antes solo había satisfacción y jactancia y santas pascuas.

O sea que el que tiene el botón tiene un botín. O un tesoro, que dirían al alimón Cristóbal Montoro y su gemelo, el Gollum de El señor de los anillos. Sirve lo mismo para un roto que para un descosido. Se puede colocar en standby y echarse a dormir tranquilamente mientras el personal vive sumido en la pesadilla. Hasta que él solito, claro, se desconecte haciendo añicos el chisme como si fuera el disco duro de un ordenador.

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