Amnesia selectiva

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLo preocupante en España no es la omnipresente corrupción ni las tibias e incluso complacientes reacciones de los políticos ante una lacra que avergüenza a todos menos a los que la perpetran o la amparan por acción u omisión. Tampoco el paro que no cesa y que si cesa lo hace al albur de la coyuntura temporal, en precario y con sueldos miserables para jornadas inmensas que no se corresponden con lo estipulado en el contrato. Si es que lo hay.

Lo alarmante no es la fuga de capitales ni el estremecedor fraude fiscal con la complicidad de un Gobierno que conoce al dedillo en qué lado de la brecha salarial está su clientela más fiel y por ello se cuida de no ofenderla dotando a la Inspección de la Agencia Tributaria de los recursos materiales y humanos que requeriría para poner freno a una sangría que resolvería infinidad de penurias sociales.

Y mucho menos la otra huida, la de cerebros –movilidad exterior, para la ministra Fátima Báñez– que buscan en los más recónditos lugares del planeta el desarrollo profesional y el sustento que se les niega intramuros después de invertir en su formación ingentes cantidades de dinero y de expectativas e ilusiones con cargo al fondo común. No. El problema no es la cicatería en materia de investigación, heroica actividad que desde los Presupuesto Generales y desde la Moncloa se sigue considerando un oneroso gasto en vez de una lucrativa inversión.

Ni siquiera el estrambótico proceso independentista catalán o la equiparable por estrafalaria vía que está siguiendo para afrontarlo un Estado dirigido por un Ejecutivo sustentado en un partido que observa el panorama desde la estratosfera aferrado a lo que considera no ya un balón de oxígeno, sino de cloroformo, es lo más grave que ocurre en un país cuyos habitantes asisten sobresaltados a los acontecimiento que se registran a diario y asombrados de la capacidad de asombro que conservan pese al meritoriaje acumulado a lo largo de los lustros.

Pónganse todos estos episodios del escándalo patrio en fila india y por orden alfabético, añádanse otros muchos a gusto del consumidor, que en la carta nacional hay para elegir no solo entre la carne y el pescado, y se verá que no son nada, ni individualmente ni en su conjunto, si los comparamos con la ausencia de memoria que padecen muchos de nuestros legisladores y administradores.

Menudencias, en fin, fruslerías al cabo, si tomamos en consideración el hecho de que nos están gobernando, bien desde el escaño, bien desde el palacio, personajes a los que se les supone letrados, aventajados alumnos en su mocedad y mejores profesionales en la plenitud, que teniendo la capacidad delegada mediante el voto de modificar nuestras vidas y haciendas no recuerdan algo tan elemental como si acudieron o no hace unos pocos años a las clases del máster al que, presuntamente en algún sonoro caso, se habían presentado para enriquecer su currículum y ligar más en la barra del club de la política.

Entra en el guion que los palmeros de Cristina Cifuentes se rompieran las manos y las cuerdas vocales jaleando a la lideresa, al menos gestual y provisionalmente, en vez de mandarla a hacer gárgaras o a freír espárragos, que tanto monta, a las primeras de cambio por no tener almacenado en el cerebro dónde coño puso el trabajito que no aparece. Pero se antoja epidémico que su conmilitón, el también dirigente popular Pablo Casado, tampoco se acordara de si acudía o no al aula antes de verse obligado a demostrar con pruebas fehacientes y sorprendentes por escandalosas que había obtenido el suyo por el procedimiento, digamos, ordinario para los cargos del PP.

El caso es que resulta peculiar el fenómeno de la amnesia selectiva. Los mismos que no guardan memoria de la ingente cantidad de Fulanitos y Menganitos que dilapidaron el erario per se o mediante pillos interpuestos son capaces de cantar a pleno pulmón y de corrido el himno de la Legión. El presidente de Todo Esto, Mariano Rajoy, es el mejor ejemplo de lo antedicho. Cuando se le pregunta por algo que le incomoda suele responden con un gañido, un bufido, un titubeo, una alusión al anticiclón de las Azores o una apresurada despedida que nadie le ha reclamado. Y no es que no sepa la respuesta. Qué va. Lo que ocurre es que se le olvida la pregunta. Que cómo se llamaba el remedio para esta carencia. Pues Fosglutén. O mejor, decencia.

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