La izquierda alicantina le hace el favor al PP

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoUn año y pico tiene Luis Barcala para hacer olvidar a los alicantinos que, al igual que el dinosaurio de Monterroso, ya estaba allí cuando Sonia Castedo, que se sentará en el banquillo de los acusados junto a su antecesor, el igualmente «popular» Luis Díaz Alperi, por las tropelías detectadas en la tramitación del PGOU capitalino, era la alcaldesa de la ciudad de los prodigios. De momento, su investidura como primera autoridad municipal en lo que él mismo calificaba despectivamente de minigobierno en las circunstancias previas a su advenimiento, ha coincidido con la revelación a través de La Sexta de una conversación –otra más– entre el empresario corrupto/corruptor también procesado en la misma causa, Enrique Ortiz, y el gerente de su empresa de recogida de basuras, al que ordena que coloque con cargo a los fondos municipales a una chica de la que se ha enamoriscado.

Poco más de un año es, también, el tiempo del que disponen las formaciones de izquierda que formaban el grotesco tripartito para lograr la absolución de sus pecados y poder comparecer con la cara lavada ante un electorado decepcionado por un experimento fallido en el que el indudable éxito de Barcala, artífice de una severa oposición y tributario de una notable falta de escrúpulos consustancial por lo demás al ejercicio de la actividad política, no hubiera sido posible sin la generosa aportación de PSOE, Guanyar y Compromís. Con menos cintura que un caracol y tantos resabios como los que se presuponen en quienes se consideran en posesión de la verdad absoluta, sus representantes se han aplicado a la inmolación con una dedicación digna de mejor causa.

La ausencia de química entre sus dirigentes, que les llevaba a ser gobierno y oposición simultáneamente; su insolvencia para resolver e incluso abordar los problemas más acuciantes que tiene planteados Alicante; los escándalos protagonizados ya desde los inicios por ediles que iban en sus listas, como Nerea Belmonte, Julia Angulo, Marisol Moreno o Gloria Vara y, sobre todo, los dos procesamientos del exalcalde del PSOE Gabriel Echávarri y sus principales asesores por irregularidades administrativas, amén del pintoresco episodio de presunto espionaje en la concejalía de Urbanismo o las increpaciones del secretario de Inmigración del PSOE al expresidente de Ecuador Rafael Correa en una visita protocolaria al Ayuntamiento ya en las postrimerías de la debacle, han sido solo algunos de los favores que han propiciado la reconquista del Consistorio por el PP.

Después del frustrado abordaje a la Alcaldía de la socialista Eva Montesinos por déficit de apoyos, los coautores del desaguisado perpetrado en tres años calificaban la victoria de Barcala de «fraude a la voluntad popular» sin pararse a considerar que la dinámica errónea en la que se sumieron desde el día siguiente de los últimos comicios locales constituía una solemne estafa a las expectativas e ilusiones de un electorado, el suyo, que creyó en los Reyes Magos y confió en que su ciudad, primera en los títulos de crédito de los telediarios nacionales durante una larga temporada, era capaz de recuperar la reputación que le correspondía por su rango.

Y un año largo, en el que la urbe vagará entre la nada y el acabose, tienen los vecinos para que alguien les convenza de que la regeneración democrática no es un producto de charcutería, sino algo mucho más refinado. Va ser difícil, eso sí, después de asistir a un espectáculo no apto para menores en el que una tránsfuga de obediencia podemista adscrita en sus inicios a ese Frente de Liberación de Judea o Frente Judaico de liberación, no sé, que es Guanyar, y expulsada en su día por adjudicar contratos a amiguetes del alma, ha sido al final, con su voto en blanco, la causante de que las aguas municipales vuelvan al cauce popular. Nerea Belmonte, exponente de la nueva y refrescante izquierda que iba a poner coto al pillaje y la desvergüenza, pidió el oro y el moro a cambio de su voto y se ha quedado sin barcos y sin honra. Pasará al panteón de la infamia, donde se pudren la madre de todas las tránsfugas, Maruja Sánchez, que hizo mundialmente famoso a Eduardo Zaplana, o el dúo Tamayo y Sáez, que dio la nota en la Asamblea de Madrid mucho antes de que Cristina Cifuentes alcanzara la sublimación. Ha servido su venganza en plato frío pero no ha conseguido que se le calienten los pies. Algo es algo. Aunque parece muy poco para tan largo viaje. Dos tránsfugas, dos, sin contamos al garante de la tranquilidad del PP en la Diputación, Fernando Sepulcre, condicionan la vida política alicantina. ¿Hay quien dé más?

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