Quim Torra o por el racismo hacia Dios

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoDe igual manera que una palabra Suya bastará para sanarte según prometen los curas en las misas y en otros foros de afirmación cristiana, una palabra de Quim Torra debería haber contenido la suficiente dosis de veneno para enfermar a todo bicho viviente. Sin embargo, y pese a que no ha sido una sola, ni diez, ni cien, ni mil, las veces que el nuevo president del Govern catalán ha utilizado términos para desacreditar, ofender, vilipendiar, insultar, etcétera, a los españoles, incluidos aquellos nacidos o no en la misma comunidad autónoma que no comulgan con la hostia soberanista, el candidato por la gracia de Puigdemont que subió al púlpito parlamentario siendo un racista de libro para su investidura, regreso al escaño consagrado como mandatario supremacista.

Fueron los votos de la derecha republicana abducida que sonríe beatíficamente como tocada por el Soplo Supremo (véase a Elsa Artadi) y que defiende valores propios de la más rancia tradición catequista los que le auparon al cielo de la política. Pero a ellos se sumaron los de la izquierda del mismo apellido, también meapilas si nos atenemos a las prédicas del encarcelado mosén Oriol Junqueras, a la que por ingenua definición algunos presuponían antixenófoba y antirracista a la par que defensora de la fraternidad entre los seres humanos sin distinción de raza, credo o color político. Y la abstención cómplice e imprescindible de esa otra izquierda, ultramontana, aguerrida y, hasta aquí, sincera y coherente con unos postulados revolucionarios que subliman el igualitarismo y la justicia social.

Aseguran que muchos de los diputados que respaldaron a Torra lo hicieron avergonzados y tapándose la nariz con la estelada, aunque da la sensación de que se cubrieron también los ojos para no ver la cara ni leer los tuits, artículos y ensayos publicados por el individuo que les había facturado desde Berlín mediante correo urgente el expresidente fugado. Pero lo votaron, que es de lo que se trataba, o seElsa Artadi y Quim Torra borraron para sacar adelante el oprobio, y lo hicieron conscientemente y contra su propia conciencia. Sacrificaron principios, olvidaron padrenuestros y jaculatorias y se pasaron por el arco separatista todo el ideario humanista que decían defender de puertas afuera con tal de que el muñeco del ventrílocuo –cuarta opción con cuya nominación se pretendía satisfacer a los más duros del procés– perpetuara la entelequia republicana en el País de las Maravillas.

Pese a la carga de la prueba que sitúa a Torra más cerca de Menguele que de Alicia, la encarnación provisional del Dios Padre se bebió el cáliz de un lingotazo para ponerse a tono y se transformó en un angelote porque así lo reclamaba el guion. Pidió disculpas por sus afrentas, vejaciones, injurias e insidias y, si bien no lo dijo expresamente, por su maldad y, añado, su estupidez. Al más puro estilo mataelefantes del mayor de los borbones, lo cual, hay que reconocerle, tiene bemoles si tomamos en consideración su genética antimonárquica, prometió, como Sandro Giacobbe en El jardín prohibido, que no volverá a hacerlo más.

En la línea de los más reputados hipócritas, que forman legión entre la clase política, entonó el mea culpa para reclamar el perdón de quienes hubieran podido sentirse heridos al ser considerados en sus escritos «carroñeros, víboras, hienas. Bestias con forma humana que destilan odio. Un odio perturbado, nauseabundo, como de dentadura postiza con moho, contra todo lo que representa la lengua». O con su apreciación de que «la progresiva degradación racial española puede contagiarse a los catalanes debido a la fuerte inmigración, cuyos frutos se pueden ver si observamos la diferencia caracterológica entre el hombre de campo, no contaminado por la estirpe española, y el de las ciudades. El carácter español y europeo del catalán es un factor anímico bien contrario al gandul y proafricano español. Por todo ello tenemos que considerar que la configuración racial catalana es más puramente blanca que la española y, por tanto, el catalán es superior al español en el aspecto racial». O sea que además de autoetiquetarse como lo que es demostró que está, literalmente, como una cabra pirenaica.

Criatura. Cómo se va a sentir alguien con dos dedos de frente ofendido por estas y otras naderías de similar calado. Pero hombre, si son cosas que se dicen, y se proclaman, y se escriben, y se sostienen, y se reiteran, sin ninguna maldad. De forma espontánea y al socaire del calentón. Desde el cariño y el respeto, vamos. Hay que tener la piel muy fina para molestarse por los sesudos análisis antropológicos de este incendiario pacifista y católico convencido que se declara, como Jordi Pujol y su camada, amante de los paraísos. En particular, del radicado en Suiza. Lo cual vendría a demostrar que, contra lo que aseguraba Pío Baroja, el nacionalismo y, por lógica reducción mental, el independentismo, no se cura viajando. Ni rezando.

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