Rajoy se despide como siempre: huyendo

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoCuando siendo niños aprovechábamos el preceptivo descanso de mitad de película para dirigirnos a lo que llamábamos con cursilería «el ambigú» del cine con el fin de tomar un «jariguay», palabro no incluido en el diccionario con el que nos referíamos a un pequeño vaso de naranjada, limonada o cola, dejábamos el jersey en la butaca, señal inequívoca de que estaba ocupada. Soraya Sáenz de Santamaría hizo lo mismo para preservar de ávidos aspirantes el escaño de Mariano Rajoy situado a su izquierda en la bancada del Gobierno, pero utilizando el bolso. Allí estuvo el complemento de la vicepresidenta a la espera de que su propietario pusiera fin al amargo almuerzo con prolongada sobremesa que mantuvo en un restaurante próximo al Congreso en el que languidecía el testigo dejado por su segunda de a bordo. Y como Rajoy se borró del calvario vespertino de la moción de censura para demostrar nuevamente el respeto que tiene a las instituciones y lo que representan, el proponente socialista Pedro Sánchez se lo arrebató. Pero no por incomparecencia, sino por exceso de presencia de la corrupción y por un palmario déficit de comprensión oral y escrita del cuestionado respecto a lo que estaba sucediendo en su entorno.

Rajoy se despedía huyendo, que es como ha afrontado las situaciones peliagudas desde que arribó a ese palacio de la Moncloa que ha de desalojar en el mismo tiempo récord que marcó, al alimón con la presidenta de la Cámara Baja Ana Pastor, para entorpecer la iniciativa del secretario general socialista que todo analista adscrito a tertulia daba por muerta desde antes de su nacimiento. Para entender que eludiera su responsabilidad de dar la cara, siquiera en el plano estético, atrincherándose en el reservado del establecimiento hostelero hasta que las primeras sombras de la noche se cernieron sobre la calle, hay que remontarse al pasado. Pero no demasiado. Basta con el recuerdo de su atrabiliaria estampa escapando al trote por los pasillos del edificio de la Carrera de San Jerónimo o protegiéndola tras una pantalla de plasma para no verse obligado a dar incómodas explicaciones a la prensa sobre las graves decisiones que estaba tomando o en torno a las docenas de asuntos turbios que finalmente le han dejado sin asiento. Basta, en resumidas cuentas, con tener presente su proverbial dontancredismo en la búsqueda de soluciones al problema secesionista en Cataluña, que ha alimentado endosándole el envite a la Justicia y siempre en la confianza de que le iba a servir para blanquear la corrupción que ha sentenciada la Audiencia Nacional con el saludable efecto de acabar, al menos provisionalmente, con la indecencia nacional.

En sus horas más bajas, el líder «popular» derramó lágrimas sobre el mantel tras escuchar, seguramente perplejo, que el siempre ganador PNV inclinaba la balanza y le mostraba la salida de emergencias al anunciar su apoyo a Sánchez casi al mismo tiempo que le llegaba la noticia de que Zinedine Zidane renunciaba a seguir entrenando a su Real Madrid: el mismo equipo al que no pudo ver ganar su decimotercera copa de Europa en Kiev por culpa de la perfidia del candidato del PSOE. Demasiada zozobra para tan pocas horas. Depresión total. Y mientras tanto, el bolso de Soraya seguía allí, impertérrito lo mismo ante los besos que se daban a distancia los partidarios del sí en el debate que frente al duelo a garrotazos que sostuvieron Sánchez y el jefe de Ciudadanos Albert Rivera, que, ahora sí, ha dejado las arrugas de la juventud al descubierto al despojarse de la máscara y convertirse en la única fuerza estatal que apoya a la organización criminal. Difícil contorsión para alguien que intentaba pasar por ser el adalid de la lucha contra la corrupción, si bien de una manera sui géneris.

El debate que ha consumado la debacle del PP deja abiertas muchas incertidumbres y la certeza de que Rajoy es ya materia oscura. Se va Rajoy a la fuerza y lo hace sin entender nada, o sí. Pero si alguien piensa que muerto el perro se acabo la rabia, va dado. Cumplida la misión de expulsar a patadas a un político manifiestamente tramposo y embustero e incapaz de deletrear conceptos tan simples como interés público y beneficio privado, lo que queda ahora es un hemiciclo convertido en campo de batalla desde el minuto uno en el que no se harán prisioneros. De un lado, los conservadores van a estar en permanente estado de vigilia a la espera de lo que aún han de depararles los tribunales y con el argumentario refrescado para repetirnos en qué hemisferio están los males de la patria y en cuál residen los resistentes a los vendepatrias. Del otro, los pupilos de un Rivera desarmado de credibilidad y cautivo de sus propias ambiciones y, por ende, con el colmillo reclamando sangre, pueden ver reducidas sus expectativas si se mantienen intransigentes en el monotema catalán y se convierten en el tapón de hipotéticas salidas sumamente complicadas que no pasen necesariamente por la ocupación militar del territorio. En el de más allá, y a la espera de que llegue el adelanto electoral que los dos anteriores aguardan para reivindicarse sin reinventarse, los abajo firmantes de la moción, afines algunos a un declarado supremacista y chiripitifláuticos o integrantes de una diversa gama de sensibilidades y mareas otros, van a tener que emplearse a fondo para demostrar que cualquier tiempo pasado fue peor. Que el verbo dialogar se puede conjugar sin que la primera sílaba se atasque en la glotis del negociador y que la expresión jaula de grillos pierde su significado despectivo si sus inquilinos se aplican a cantar coordinadamente y sin más estridencias que las justas para fijar posiciones.

El primer paso, el importante, el de echar al infractor por higiene democrática, salud mental e imperativo moral ya se ha dado. Cospedal lo siente por España. Pero, como casi siempre, se equivoca de sujeto. Lo que debería preguntarse es si los españoles lo sienten por ella y los suyos.

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