En todos los sexos cuecen habas

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoLas redes sociales son invernaderos en los que florecen capullos a mansalva incluso fuera de temporada.

En la semana de los fastos organizados o espontáneos con motivo del advenimiento de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno; con los medios de comunicación europeos rendidos al palmito del handsome que ha pasado de ser un paria sin escaño en el que caerse muerto a disfrutar del confort de una cama palaciega en la que desplomarse vivito y coleando; con el mundo sumido en un admirativo ¡oooooh! por la composición claramente feminista de un Consejo de Ministros impactante y aparentemente solvente que es en sí mismo toda una declaración de intenciones; con un PP que recoge los bártulos mientras inicia la búsqueda de caudillo y que se ha visto obligado a salir a la palestra para, emulando al rey emérito, espetarle a Aznar un sonoro «¿por qué no te callas?» después de que el expresidente imperial se ofreciera a salvar España unificando esa derecha que él apellida centrista; con Ciudadanos en busca del arca perdida que ahora reclama de forma sorprendente la parte alícuota que dice que le corresponde en la victoria del líder socialista; con Podemos apretando sin ahogar, pero imprimiendo desde ya fecha de caducidad y código de barras al apoyo que dio al nuevo Ejecutivo; con un país aguardando la rotura de las hostilidades, que hace porras sobre la duración del mandato socialista inmerso en esa conocida fase nacional que media entre el entusiasmo y la depresión, entre la esperanza y la frustración; con la sospecha de que este país ha vuelto a hacer Historia, puede que breve, pero historia, y con el temor de que algún hooligan invoque conjunciones astrales como hizo Leire Pajín a propósito de la coincidencia de José Luis Rodriguez Zapatero y Barack Obama sobre la faz de la Tierra poco antes de la catástrofe que propició la aparición de los alucinógenos «brotes verdes» que creyó atisbar en la campiña la ministra económica Elena Salgado; con todo eso, digo, las redes sociales han venido a demostrar en el momento más inoportuno la evidencia de que en todos los sexos cuecen habas.

Presa de patas en ellas cayó en la semana trágica para unos y exultante para otros la vicepresidenta del grupo socialista en el Parlamento Europeo Elena Valenciano. Reincidente cual mosca cojonera ante un panal de rica miel, la veterana política que llamó feo al futbolista francés Ribéry ignorante de que tal ausencia de belleza física tenía causa y razón en una monstruosa cicatriz provocada por un accidente de tráfico, se tragó con patatas un falso tuit que atribuía al portavoz del PP Rafael Hernando un mensaje vejatorio para Sánchez y las ministras que había elegido. También el delegado de Fomento de la Junta de Andalucía en Sevilla, Jesús María Sánchez, y la diputada de Podemos en la Asamblea de Madrid Clara Serra Sánchez dieron pábulo a la intoxicación, lo que vendría a demostrar a) que Hernando tiene un serio problema de credibilidad en el sentido de que cualquier párrafo o frase que se le asigne, por bestia que sea, es susceptible de ser cierta; y b) que los políticos que entran compulsivamente en el estúpido juego de las redes sin verificar contenidos y creyendo que borrar sus mensajes o pedir disculpas a posteriori les exime de responsabilidades no merecen representar a los ciudadanos ni, en consecuencia, percibir los emolumentos que ingresan en función de dicha representación.

De aquí al final de la legislatura, dure esta lo que dure, solo hay tiempo para parchear algunos de las múltiples disparates perpetrados en materia social y económica por un Ejecutivo, el de Rajoy, y un partido que lo sustentaba, el PP, deslegitimados, no se olvide, por la Justicia. Por más que los populares se mantengan en la ficción de que los resultados electorales les han redimido convocatoria tras convocatoria, lo cierto es que sobre sus triunfos campan las sombras de la estafa y el juego sucio. Por eso, una vez hechas las fotos para el álbum familiar y disipadas en la cruda realidad las sonrisas profidén, es menester que el fragor de la batalla no impida escuchar otros estruendos que nunca serán del pasado por las consecuencias que tienen sobre el presente del personal. Conviene, en fin, que no se produzcan interferencias sonoras que desvíen la atención y den respiración asistida a quienes no lo merecen. Lo que nos faltaba es ver a Hernando convertido en mártir por culpa de tres, o más, capullos con nómina pública.

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