Estos hijos...

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoComo a todo buen hijo que se precie de serlo, a María Zaplana le preocupa la salud de su padre, deteriorada por la leucemia que padece. Ingresado en la cárcel de Picassent desde finales de mayo por varios delitos graves cometidos presuntamente durante su etapa como presidente de la Generalitat que habrían contribuido a su enriquecimiento personal y al de su familia, de la que forma parte la compungida María, el que fuera ministro portavoz con Aznar purga la culpa de forma preventiva en la enfermería del centro penitenciario. Como el coronel de García Márquez, Zaplana no tiene quien le escriba. Tras la clamorosa reacción de la directiva central y periférica del PP, que no dio ni un duro por su inocencia desde el minuto uno de la detención y que se apresuró a soltar lastre anunciando su expulsión del partido amparándose extramuros en su alejamiento de la vida política activa e intramuros en la percepción casi científica de que el otrora poderoso político nunca en toda su fulgurante carrera había sido trigo limpio, a Zaplana le quedan, si le queda algo, los lazos de sangre.

Por eso es de todo punto lógico que tanto María, la hija de Zaplana, como Willy, el líder del grupo Taburete vástago del extesorero popular igualmente enchironado, Luis Bárcenas, sufran por la suerte de sus progenitores, luchen por su libertad o por el alivio de sus cargas penales y clamen al cielo contra las injusticias que se ven obligados a soportar. Como dijo Willy al conocer la sentencia que declaraba culpables tanto a papá como a mamá por sus tropelías, «cuando la vida se ensaña contigo y te apalea, no debes darte por vencido». Al fin y al cabo, y al margen de la cosa sentimental que tergiversa la realidad al permitir que, por ejemplo, Hitler acaricie las rubias cabezas de los hijos de Goebbels, de bien nacidos es ser agradecidos. Y algo tendrán que agradecer, digo yo, a los ingresos opacos de sus papis el hecho de que, a lo mejor, tuvieron unas infancias felices, unas adolescencias de caramelo, unos estudios impecables en reputados centros docentes con mucho inglés y mucha estancia en el extranjero, unas vacaciones fabulosas, bien en la nieve, pero no en Sierra Nevada sino en Aspen, bien en la playa, pero en Bali en lugar de El Postiguet.

Denuncia María, ya saben, la hija de Zaplana, contra el criterio de la Fiscalía y del juez de Vigilancia Penitenciaria que han garantizado un seguimiento efectivo de su enfermedad y la aplicación de las terapias prescritas por los médicos, que el preso está soportando un trato inhumano y afirma en una entrevista en un periódico que «se está jugando con su vida y su salud». Hace lo que debe, faltaría más, y, tal vez, hasta incluso dice lo que piensa. Ocurre sin embargo que este tipo de declaraciones, reiteradas desde el principio del vía crucis por los abogados defensores, deberían tener su correlato en la página de al lado. Mayormente por ese contraste ahora en desuso que en otro tiempo hizo grande al periodismo. Es decir, un recuadrito de nada con la narración en primera persona de un descendiente de desempleados o de desahuciados que las pasaron canutas mientras la protagonista de la información principal puede que viviera a cuerpo de reina y ajena a las desgracias que en alguna medida propició la voracidad económica ilegal de sus muy queridos precursores, hubiera sido un detalle de buen gusto. Por poner las cosas en su sitio. Es que si no los verdugos pasan a ser víctimas en un santiamén. Y tampoco es eso.

Si Zaplana no sale a la calle es porque el juez sospecha que oculta la suficiente cantidad de dinero producto de comisiones ilegales y de otros artificios contables como para desaparecer en plan Houdini en menos que se abre un candado. O sea que María lo que debería hacer es convencerle de que entregue el mapa del tesoro. Eso también sería de buena hija.

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