Rajoy o la voz de la experiencia

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoEl Plan Renove del PP, chapa y pintura, ha deparado episodios hilarantes muy en la línea de los registrados en la formación conservadora a lo largo de los últimos lustros. Sin embargo, no ha sido el capítulo de los ridículos vídeos cuya autoría negaron los supervivientes aspirantes a la presidencia, Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado, en medio de graves aspavientos, impostadas muestras de desaprobación, mohínes de disgusto, apelaciones al compañerismo y llamamientos a la unidad de destino en lo universal lo más significativo del sainete.

Tampoco que ambos reivindicaran el legado de Rajoy al mismo tiempo que lo rechazaban en un complicado ejercicio de contorsionismo más propio del Circo del Sol que del teatrillo que habían montado. Ni siquiera las fotos de los almuerzos –pizza en la sede genovesa para unos, pitanza en asador tradicional para los otros– o el hecho de que Casado presentara como avalistas-comensales a los exministros José Manuel Soria, que chapoteó en paraísos fiscales, y Rafael Catalá, que fue reprobado por el Congreso, han sido las piezas más destacadas del culebrón.

Y mucho menos la suma de los apoyos que la exvicepresidenta y el exvicesecretario general de Comunicación decían tener hasta las vísperas del sangriento cónclave: el ciento cuarenta por ciento de los compromisarios agrupaban los contendientes, cifra que recuerda a aquellos entrañables referéndums organizados por la Dictadura para corroborar la inquebrantable adhesión de los españoles a Franco, en cuya exhumación el segundo de los mencionados no invertiría ni un mísero maravedí, según dijo después de que mintiera al afirmar, poco más o menos, que si alguien no sacaba de la cuneta a su abuelo represaliado durante la guerra era porque no quería. ¿Decíamos renovación? Pues toma taza y media.

No. Lo más carcajeante del proceso que ha llevado al partido a descuartizarse con una saña inédita y que ha tenido como una de sus primeras consecuencias la guerra abierta en Alicante al reclamar el que fuera subdelegado del Gobierno, Miguel Saval, la cabeza del alcalde Luis Barcala por «castedista» de cara a los comicios de 2019, ha venido del presidente saliente. Quien tuvo, retuvo. Se le ocurrió al registrador de la propiedad de Santa Pola apostar por su exmano derecha en base a la desconfianza que le inspiraba el oponente porque, a su juicio, no estaba suficientemente preparado para regir la vida orgánica del PP y para hacerlo resurgir de las cenizas en las que el propio exlíder lo ha sumido.

Si semejante reconvención la hubiera hecho un político de contrastada eficacia la cosa tendría un pase. ¿Pero él, que ha perdido votos a la misma velocidad que pelo en la coronilla? ¿El mismo al que la corrupción se le ha comido por los pies? ¿El que tenía a todos los tesoreros en los juzgados y ahora tiene a uno en la cárcel con condena firme tras recomendarle por correo que fuera «fuerte»? ¿El que fue reconvenido por los jueces por soltar trolas en su declaración en relación a la financiación ilegal ya suficientemente probada cuando él mismo era el Pancho Villa de la tropa? ¿El dontancredo que no vio venir el disparate independentista, o si lo vio consideró que le favorecía electoralmente y como maniobra de distracción frente a la madre de todas las batallas que era su propia corrupción? ¿El que designó a Soraya para hacer el paripé al otro lado del Ebro con los resultados pacificadores conocidos?

Este pedazo de timonel escapista y amante del plasma y del Marca a partes iguales es el que se considera habilitado para poner nota y para reprochar bisoñeces o alabar capacidades. En su autocomplaciente discurso postrero como telonero del congreso del ajuste de cuentas, el preclaro exdirigente popular confirmó que, transcurridas varias semanas desde su defenestración, no ha entendido nada de lo que ha ocurrido ni de lo le ha ocurrido. Con expertos así sobran aficionados.

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