Predicadores de telerrealidad

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoA mi modo de ver, en la escala Richter del chiripitiflautismo nacional que convive a duras penas con esa visceralidad que reclama poco menos que la evisceración del contrario, en la semana de inicio formal del curso político solo ha habido un sucedido capaz de superar la carta que leyó a los creyentes independentistas el evangelista san Joaquím Torra en un teatro catalán, habitual escenario de comedias, tragedias, bufonadas, esperpentos, astracanadas y demás géneros dramatúrgicos y, por lo tanto, coliseo adecuado donde los haya para la epístola. Si en aquel marco el oficiante apeló en repetidas ocasiones a la paz y a la libertad, y citó a cuantos clásicos domésticos e internacionales se le pusieron a tiro, y se le llenó la boca de poesía y de amor para hacer más llevadero el delirio hacia la Arcadia feliz ante la arrobada mirada de su entregado auditorio, en otro contexto Pablo Iglesias echaba mano también de un medido y, en consecuencia, impostado buenismo.

Fue el plató de Tele 5 el púlpito elegido por el líder de Podemos para emocionar a la concurrencia hasta aflojarle el lagrimal. Cuando daba cuenta del principio de acuerdo alcanzado con el Gobierno para subir el IRPF a las rentas altas y concretamente a quienes cobran más de diez mil euros al mes, al novum pater familias, le debió de llegar a la pituitaria el aroma de Heno de Pravia que, a lo mejor, llena su hogar serrano mezclado con los inevitables efluvios de Nenuco inherentes a su nueva y gozosa condición. Y claro, pleno de ternura, se echó al monte de la condescendencia que tiene ahí al lado y, bajando el tono hasta la caricia como si estuviera frente a la chimenea tomando una copa de vino mientras escucha el crepitar de los troncos, desbarró. Hizo un autoguiño, ya que él se encuentra en la cúspide de la pirámide salarial, y deslizó su intuición de que a los afectados no les iba «a doler» la medida fiscal que acaba de anunciar. Que iban a ser solidarios y que, en fin, el pagano se iba a «esforzar una poquito más para que en nuestro país haya una educación y una sanidad mejor».

Faltó de fondo música de violín como acompañamiento de la canción de nuestra infancia cuya letra decía aquello de «qué buenas son las madres ursulinas, qué buenas son que nos llevan de excursión» para que la cosa llegara al colmo de la cursilería y de la desconsideración hacia la inteligencia de un público harto de telepredicadores. Porque no se trata de poner en cuestión que en un sistema fiscal progresivo, como afirman que es el actual, apoquine más el que más cobra y el que más posee. En ese sentido poco o nada hay que objetar a las palabras de Iglesias. Lo que enerva es la milonga, el buenismo y la grosera intención de convencernos de que el pagano no solo sacrificará su peculio sin hacerle ascos al incremento, sino que, encima, mostrará una seráfica sonrisa de oreja a oreja. Con flores a María, vamos.

Antes de largar chorradas por esa boquita de piñón en la que apenas le queda sitio para más demagogia y cinismo, al líder de la autodenominada izquierda alternativa que se ha emboscado en la casta que denostaba hasta hace poco habría que sugerirle que revisase los indicadores que demuestran que en los peores momentos de la crisis económica aumentó el número de millonarios en España. Mayormente para que entienda que los términos «solidaridad» y «poderoso» conforman un oxímoron sin van en la misma frase. Ingenuo no es el chico, y memo no parece. ¿A qué viene entonces su apelación indirecta a los Reyes Magos? ¿Qué pretende? ¿Tocar la fibra sensible, no la textil, de Amancio Ortega, pongamos por caso, o de Ana Botín y de tantos otros potentados y no tan ricachones que hacen insolidarias filigranas ingenieriles y siniestros desembarcos allende los mares y los océanos para sortear sus deberes con Hacienda? En la siguiente entrevista a lo mejor les pide públicamente que renuncien a sus bienes terrenales y le sigan. Puede que vaya de eso: de Mesías ateo.

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