Y colorín colorado, este cuento no ha acabado

JESÚS ALONSO

Jesús AlonsoÉrase una vez un cercano país, tan parecido a este que casi se podría afirmar que es el mismo, en el que había una Universidad con un Instituto de Derecho Público gobernado por un malvado ogro que se dedicaba a fabricar grasientos churros que luego entregaba en cucuruchos con membrete oficial sobreimpreso a los alumnos más gallardos, todos ellos con el denominador común de su dedicación a la política. Aquellos prohombres y promujeres ya consolidados o en grado de tentativa, ávidos de enriquecer sus currículums aplicándose la ley del mínimo esfuerzo, gozaban de ventajas que el alcaide del castillo y sus alguaciles no otorgaban al resto de sus compañeros de aula, plebeyos en su mayoría que hurtaban tiempo al descanso y dinero a la cuenta corriente para conseguir legítimamente su propósito.

Sin calentar el pupitre, sin examinarse, sin conocer no solo a sus profesores sino siquiera el campus en el que se habían matriculado en unas ocasiones fuera de plazo, en otras con la mitad de la materia impartida, los elegidos para la gloria alcanzaban el nihil obstat con calificaciones altísimas que alguna vez fueron modificadas para que el historial académico luciera más, y les convalidaban todo lo convalidable, y terminaban en tiempo récord carreras que se les habían resistido durante años. Cuando alguien con la mosca tras la oreja les preguntaba por el prodigio, se iban a dar un paseo a caballo por los Cerros de Úbeda, situados a varias leguas de distancia de la fortaleza. A la vuelta, y dado que las preguntas seguían sin respuesta, juraban y perjuraban que todo lo habían hecho conforme a la normativa, que sí habían ido a clase aunque nadie les había visto por allí, que por supuesto que habían entregado el Trabajo Fin de Máster, pero que no lo podían mostrar porque o bien se había traspapelado en una mudanza o se había perdido en los vericuetos de la informática, que en aquellos tiempos, como en los actuales, era cosa de hechiceros y brujas.

Como quiera que su defensa era cada día que pasaba más inverosímil y que menudeaban las contradicciones, los beneficiarios de las irregularidades, entre ellos una reina que gobernaba un territorio de ensueño, un ambicioso príncipe que aspiraba a extender sus dominios y un hada que pasaba por allí empujada por el viento del cambio, optaron por derivar toda la responsabilidad del escándalo, que crecía y crecía sin parar, en la institución en la que se inscribieron para el gran torneo. Y mientras esto hacían, aparentemente no se percataban de que ellos habían sido colaboradores necesarios de la estafa al aceptar de buen grado y sin ningún tipo de cuestionamiento ético el regalo entregado en razón de su presente o futura influencia política y social. Les pareció normal que sin dar nada hubieran obtenido tanto y les pareció lógico que después de los años transcurridos no recordaran prácticamente nada de su paso por la churrería, déficit intelectual que ya de por sí tendría que haberlos inhabilitado en la fase previa al cambalache para representar a los ciudadanos y para poder decidir sobre sus vidas y haciendas

Con todo, lo más llamativo del asunto no era el engaño al prójimo y a sí mismos, ni la quiebra de las reglas del juego, ni la desconfianza en las entidades políticas y académicas que su actitud provocaba, ni siquiera eso que los miembros del Consejo de Sabios dan el llamar cohecho pasivo, que no es otra cosa que dejarse querer contra la propia voluntad, según se desprendía de sus declaraciones. No. Lo más asombroso era la afección ocular que todos ellos acabarían sufriendo: No veían motivos para dimitir de sus cargos. Eran de los pocos incapaces de comprender que aunque la mentira es consustancial a un gestor político o a un electo, como está universalmente aceptado, la gravedad de su comisión reside en que te pillen. Siempre necesitan un empujoncito, o dos, para, como Pablo, caerse del caballo y ver la luz. O viceversa. Y colorín colorado, este cuento no ha acabado.

Posdata. Pocas horas después de que el hada Carmen Montón dijera, sin afirmarlo expresamente, que no pensaba dimitir porque contaba con el apoyo de su partido y transcurrido un breve lapso desde que el mago aficionado Pedro Sánchez la apoyara por buena gestora en medio de una escalada de malestar en el PSOE, la ministra salía por piernas. ¿Le dio el empujoncito mencionado Sánchez o su respaldo era una más de las muchas contradicciones que nublan su acción de gobierno? Predicó la titular de Sanidad con el ejemplo tras descubrirse que, para más inri, su máster está plagado de plagios, y dejó a su formación el camino expedito para reclamar al príncipe encantado de conocerse, Pablo Casado, la correspondencia adecuada. Tan aforada estaba la ministra como aforado está el presidente del PP. ¿Cerrarán filas con su jefe, como está mandado, o se cerrarán las bocas conservadoras que empezaban a abrirse para reclamar lo que el propio Casado no se atrevió a exigir en un alarde de postureo solidario que movía a risa? El Ejecutivo, desde luego, de récord: al próximo que dimita habría que regalarle un scalextric. No obstante, ¿a que da gustirrinín que el que la haga la pague en un santiamén tras tantos lustros de morosidad?

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