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Salida de emergencia


JESÚS ALONSO  

Jesús AlonsoExtremadura puede presumir de haber superado el rigor mortis de la herencia recibida. Al fin y al cabo fueron gobiernos auspiciados por siglas políticas diferentes los que la generaron. Por eso sus dirigentes actuales se permiten el lujo de sacar pecho tras conocerse que están a la cabeza de España en cuanto a la observancia del déficit fijado por el Ejecutivo central. A los gestores de la Comunidad Valenciana, en cambio, no les vale el recurso a las malas prácticas de sus predecesores en la Generalitat para justificar el demérito de haber convertido a la autonomía en la más incumplidora del panorama nacional porque aunque no sean ellos fisicamente hablando sí son, al menos, cuñas de la misma correosa madera ideológica que dirige nuestras vidas y haciendas desde hace más de tres lustros.

Así que con la salida principal bloqueada no les queda otra que la de emergencia: apelar al agravio y al victimismo aferrándose a la deficiente financiación por parte del Estado, como hicieron esta semana el presidente de Les Corts Juan Cotino, en primera instancia, y el conseller de Economía Juan Carlos Moragues veinticuatro horas después, casi coincidiendo con la negativa de sus conmilitones a proponer en el Congreso de los Diputados un cambio de modelo.

Aunque a ambos les asiste la razón, la pierden en parte cuando omiten o restan valor al hecho de que si estamos instalados en la cúspide de la pirámide de la deuda es porque el manirrotismo y sus efectos colaterales se han desenvuelto en el torrente sanguíneo del PP como pez en el agua. Cotino, colaborador necesario en el desbarajuste habida cuenta su amplia trayectoria política, se empeñó en sostenerla y no enmendarla durante una conferencia en Valencia. En un preocupante ejercicio de contumacia, no solo echó mano del ábaco para minimizar porcentualmente el daño que habían causado a los fondos públicos y a la credibilidad de la Comunidad los proyectos devenidos en ruina de Eduardo Zaplana o Francisco Camps, sino que los reivindicó como imprescindibles para cumplir el objetivo de situar a la autonomía en un lugar preeminente en el orden internacional. Era fundamental que el mundo supiera "dónde estamos y qué somos", dijo en su alocución de desagravio.

Pues bien, gracias a los esfuerzos realizados por nuestros diligentes administradores, el orbe ya tiene constancia de una y otra cosa: estamos sumidos en la miseria y con pocos visos de salir a flote dadas las medidas de asfixia y acogotamiento que se avecinan -aunque Moragues afirme que no habrá nuevos recortes donde más le duele al personal- y somos el hazmerreir extramuros y el hazmellorar de puertas adentro. En este desconsolador contexto resulta deprimente la firme resistencia a admitir expresamente que los lodos actuales tienen mucho que ver con polvos como el flamante aeropuerto construido en Castellón a mayor gloria del cacique provincial o con una Ciudad de la Luz perpetrada por un taumaturgo irresponsable que se vio en la necesidad de compensar al celoso alcalde de Alicante depués de decidir que otro de los muchos inventos fallidos, un parque temático, se instalara en suelo previamente calcinado en las proximidades de la capital del turismo de la Costa Blanca.

Si a estos sunturarios engendros que han contribuido al saqueo del erario y que pusieron en un brete a las ya extintas cajas de ahorros les añadimos la espesa niebla de corrupción que nos cubre de forma permanente, tendremos dibujado al detalle el mapa de situación que sorprendentemente escapa al campo visual de Juan Cotino y de otros mandatarios. Intentar reducir a la categoría de anécdota la megalomanía, el derroche y la improvisación en la gestión pública mientras al ciudadano se le aprietan las tuercas un día sí y otro también es propio de un cínico o de un inconsciente.