JUAN NAVARRO
Carlos Mateo Martínez fue director del aula de cultura Francisco Oliver Narbona durante muchos años. A pesar de no tener ninguna titulación académica universitaria, no llegó ni siquiera a bachiller, su actuación podemos calificarla de brillante. Su mandato en el aula coincidió con lo que hemos denominado la transición democrática, que comprende desde el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del gobierno el 3 de julio de 1976, hasta el primer gobierno del partido socialista tras la guerra civil, en 1982, golpe de estado de Antonio Tejero mediante. Independientemente de los activos que posee Carlos Mateo, su tarea no hubiera sido posible sin el decidido apoyo de Francisco Oliver Narbona, el gran director de la Caja.
Don Curro no sólo apoyó a Carlos Mateo en su tarea sino que, en repetidas ocasiones, tuvo que templar las actuaciones de Mateo frente a la administración. Un ejemplo de ello ocurrió el día 10 de enero de 1976. Ese día, cerca de las tres de la tarde, don Curro recibió una llamada en su despacho de San Fernando 40. Su interlocutor era el gobernador civil Benito Sáez y González-Elipe, natural de Manzanares, miembro de la División Azul, con varios dedos de su pie derecho amputados a causa del frío bolchevique, el cual le comunicaba que tenía que suspender la conferencia de Enrique Tierno Galván que el Club de Amigos de la UNESCO había organizado en el Aula de cultura Oliver Narbona de Alicante. La conferencia se celebraba unas horas después y el ambiente político estaba bastante enrarecido. Don Curro le indicó al gobernador que la conferencia tenía todos los permisos administrativos; que la expectación era tan impresionante que la suspensión del acto podría generar un conflicto superior a la celebración del mismo y que, en definitiva y como era habitual, la propia caja garantizaba el acto. La conferencia se celebró. El aula se llenó de personas ávidas de libertad y el propio Carlos Mateo tuvo que acceder a la misma por la tramoya ante la imposibilidad de hacerlo por la puerta principal.
Francisco Moreno Sáez, catedrático de Instituto jubilado e historiador, afirma en su artículo publicado en Archivo de la Democracia-Universidad de Alicante y titulado Partidos, sindicatos y organizaciones ciudadanas en la ciudad de Alicante durante la transición, 1974-1982 lo siguiente: “Hubo algún intento, desde la dirección de la Caja de Ahorros del Sureste, de impedir el acto, con presiones sobre el director del Aula de Cultura Carlos Mateo, que al final no se concretaron por la firme actitud de éste”
Dos pequeños errores se deslizan en esta afirmación del Profesor Moreno Sáez; el primero: Carlos Mateo nunca fue presionado por Francisco Oliver Narbona, más bien al contrario por lo afirmado anteriormente, el segundo: la Caja de Ahorros en cuestión no era “del Sureste de España” sino “Caja de Ahorros de Alicante y Murcia”. Me sorprende que un historiador tan riguroso y certero como el profesor Moreno Sáez haya cometido este pequeño desliz. Me gustaría que se recogiese en la publicación referenciada la realidad de los hechos. Tanto Oliver como su antecesor en el cargo Ramos Carratalá, prestaron un decidido apoyo a la cultura. Cultura que tenía nombres y apellidos. Manuel Molina, amigo personal de Miguel Hernández, Ernesto Contreras, Miguel Signes, con dos penas de muerte conmutadas tras la guerra civil y miembro del Partido Socialista Obrero Español, de Rodolfo Llopis, José Jornet Navarro, republicano español con cuatro años en Matthausen, Antonio Oliver Rodrigo, exiliado a Canarias tras la guerra civil por su pertenencia al Partido Comunista de España, todos ellos empleados de la Caja y colaboradores habituales de OBS y con un amplio historial de izquierdas, cuando ser de izquierdas significaba la represalia, el destierro, el cese en el trabajo o la incapacidad para trabajar. Ninguno de ellos fue represaliado por ambos directores generales de la Caja del Sureste y posteriormente CAAM. Incluso Enrique Cerdán Tato, sin tener la categoría de empleado, era un habitual receptor de las ayudas de la OBS y todos conocemos la ideología de Cerdán Tato a partir de los años 70. De su ideología anterior, cada uno puede pensar lo que quiera. Algo similar le ocurrió a José Beviá, que tras su paso por el glorioso movimiento nacional y ser concejal del Ayuntamiento franquista de Alicante, experimentó, como Saulo o San Pablo, camino de Damasco, el influjo de una nueva luz y caído del caballo, abjuró de sus errores del pasado. Pero sobre ello, volveremos posteriormente.
Bien, volvamos a la obra social pero en 1999. Cuando llegué a la sede de la Obra Social, el día 19 de abril, lunes, tras mi entrevista con Juan Antonio Gisbert García y mi nombramiento como “Jefe en funciones” de obra social por “un periodo de seis meses”, nadie me esperaba. Nadie me indicó cual era mi mesa de trabajo. Mi antecesor en el cargo, Francisco Monllor Fuster, hipotéticamente nombrado por Gisbert, “asesor del presidente de la CECA, Juan Ramón Quintás”, nunca dejó su despacho ni su mesa, ni su secretaria ni nada, puesto que nunca asesoró a nadie y mucho menos a la presidencia de la Confederación de Cajas. Ya lo hubiese querido y de ser realidad nunca hubiese vuelto.
Subí las escaleras del amplio salón que da entrada al palacete diseñado por Juan Vidal Ramos. Volví a encontrar el despacho de Antonio Ramos Carratalá, don Antonio, a la izquierda; a la derecha el despacho del presidente, Román Bono Marín, doctor ingeniero de minas, y justo al lado de la secretaría de don Antonio, el aula de cultura. Miré, observé y cerré los ojos. Situé todos y cada uno de los objetos y retrocedí en el tiempo muchos años.
Pude ver a Óscar Esplá acariciando un piano de cola, situado en un extremo de la sala, interpretando unos acordes de su “Nochebuena del diablo”, acordes compartidos con el maestro Ricardo Ruiz Baquero, director del Orfeón “Stella Maris”, de la Caja de Ahorros del Sureste de España, con Lola como pianista, recientemente fallecida.
Sin abrir los ojos, recorrí el espacio y con las yemas de mis dedos, volví a deslizar un sobre en el bolsillo derecho de la guayabera de Pancho Cossío, pintor que ennobleció la pinacoteca de la CAM, el cual tras percatarse y contar los billetes con sus dedos nerviosos como varas de avellano, sin extraer el sobre de su guayabera, exclamó. “¡Gracias chaval, ponme un Chivas!, enseguida don Pancho”, respondí. La Caja inauguraba una exposición de Cossío esa tarde.
En ese mismo espacio, con apenas diecisiete años defendí una ponencia, “hormonas”, en el certamen convocado por “la Caja de Ahorros del Sureste de España para estudiantes de Preuniversitario, Magisterio y Escuela de Asistentes Sociales”, conseguí el segundo premio; el primero fue para Lino Enrique Esteve Colomina con el título “El nudo gordiano de la hominización”. El diploma, que guardo justo al lado de mi título de doctor, está firmado por Francisco Oliver Narbona, director general y Román Bono Marín, presidente del Consejo de Administración de la Caja de Ahorros del Sureste. Maruja Pastor, directora de la escuela de magisterio, me pidió dar la misma conferencia en la escuela. Me acompañó Francisco Báscones Peña, director del colegio Maristas de Alicante y los dibujos de la ponencia (obviamente no había power point), fue obra de un gran pintor y amigo, miembro de la Academia de Bellas Artes de San Fernando: José Manuel Fernández Melero (“Nava, los grandes pintores se conocen siempre por su segundo apellido: Diego de Silva Velázquez, Bartolomé Esteban Murillo, Pablo Ruiz Picasso y José Manuel Fernández Melero”). Yo le llamaba “Mele” y el me llamaba “Nava”. La ponencia la hicimos conjuntamente José Montesinos García, fallecido pocos días antes en Monflorite (Huesca), en un curso de vuelo sin motor, y yo.
En ese mismo espacio, Manuel Molina, querido compañero en la oficina de San Gabriel, declamó las poesías inéditas de Miguel Hernández, Allí expuso Enrique Lledó sus obras pictóricas, que supo recoger la técnica de Varela, Soler y demás y aplicarla a sus pinturas de los paisajes de la Marina Alta; Vicente Ramos, recién llegado de Upsala, con su flamante doctorado en la maleta. También andaba por allí Manolita, la secretaria de Francisco Figueras Pacheco, cronista oficial de Alicante que había donado su legado a la Biblioteca Gabriel Miró. Pura emoción del alma reviviendo el mecenazgo de ese príncipe florentino, con calle en Alicante, cartagenero de cuna, que se llamaba Antonio Ramos Carratalá.
Querido lector, cuando deambules por Vistahermosa, a la altura de Media Markt y leas: “calle de Antonio Ramos Carratalá, hijo adoptivo de Alicante”, recuérdalo.
Pues bien, en ese espacio, donde los recuerdos me atenazaban y conformaban mi sensibilidad, “Juan”, me decía Manuel Molina, “Si hubieses conocido a Miguel, su poesía, su delicadeza. Es lo mejor que pasó en mi vida, sus vientos, su dulzura, su sensibilidad, su… poesía”. Así me hablaba el discípulo de Miguel Hernández, Manuel Molina, poeta, agitando sus dedos amarillos por el humo de su pipa. “De llavis humids i molts llarcs els dits, per tastar millor a les dones (Cançó per a Joan Salvat Papasseit, Joan Manuel Serrat, Edigsa 1970)
En mi exilio de Benimagrell, escucho la música y avivo los recuerdos. “los recuerdos tienen/un perfume frágil/que les acompaña/por toda la vida y tatuado a fuego/llevan en la frente/un día cualquiera/un nombre corriente/con el que caminan/con paso doliente/los recuerdos suelen/siempre ser muy triste/hijos como son/del pasado incierto y de aquello que fue y ahora que ya no existe (JM Serrat)”.
Bien, hecho este homenaje al pasado, me instalé en el despacho que gentilmente, como dije antes, me cedió Carlos Mateo. Días más tarde, instalando el Revox B77 y un amplificador Grundig, la música es imprescindible en mi vida, alguien me entregó un paquete. Contenía un libro: Inventario Cómplice, que recogía las conclusiones del congreso celebrado en 1997 acerca de la poesía de Mario Benedetti y y un cartel que decía, y copio textual: “PRESENTACIÓN DEL LIBRO MARIO BENEDETTI INVENTARIO CÓMPLICE, con la lectura de Mario Benedetti. Miércoles, 19 de mayo de 1999 – 19.30 horas, Aula de cultura de la CAM, Avda. Dr. Gadea 1 – Alicante
Intervienen. Carmen Alemany Bay, Remedios Mataix, José Carlos Rovira, Mario Benedetti (quien realizará una lectura de relatos inéditos), un representante CAM y el rector de la Universidad de Alicante, Andrés Pedreño Muñoz. A continuación y en su parte izquierda, el anagrama de la UA y en su parte derecha y muy pequeño, el anagrama de la CAM.
Hubo dos detalles que me llamaron poderosamente la atención; el primero, la fecha del acto: 19 de mayo de 1999, y el segundo: “asistirá un representante de la CAM”.
Me llamó la atención el hecho de no incluir al presidente de la CAM en un acto de tal importancia. Vicente Sala Bello era muy cuidadoso con las relaciones con las universidades y siempre gustaba, con su presencia, remarcar el apoyo institucional de la Caja a los actos académicos.
Como el acto era en el aula de cultura de Alicante, responsabilidad directa del jefe territorial de OBS, le llamé. Juan Cunchillos me informó que él estaba igual de sorprendido pues no había hablado con los organizadores y me recordó que el día 19 había un acto en la “sala amarilla”, llamada así por el color de las sillas, situada en el primer piso del aula. En la sala amarilla, con capacidad para cien personas, no había puertas y siempre procurábamos que los actos programados en dicha sala de seminarios no coincidiesen con actos en el aula, sita en la planta baja, para no molestar a los asistentes a seminarios.
Le indiqué que reservase el aula, pero que informase a los organizadores que el cartel no podía distribuirse. Había que cambiar “Un representante de la CAM” y colocar “el presidente de la CAM, Vicente Sala Belló”. Asimismo le pedí que solicitase a los organizadores un presupuesto de actuación.
El lunes 26 de abril me llamó el profesor José Carlos Rovira Soler: “Mire usted, soy el profesor José Carlos Rovira, ¿qué problema hay con el aula para que el congreso de Benedetti el próximo 19 de mayo no pueda realizarse?”.
“Mire usted, profesor,” le contesté, “No hay ningún problema para utilizar nuestras instalaciones para un congreso internacional sobre Mario Benedetti, pero queremos darle la importancia que se merece y el representante de la CAM que ustedes indican en el cartel, será nuestro presidente; al mismo tiempo, le ruego me envíe un presupuesto de gastos para trasladarlo a nuestra comisión de obra social para su aprobación”. A pesar de ser las once de la mañana, temprana hora, noté a mi interlocutor, digamos, ligeramente turbado. “¡Mire!, su antecesor en el cargo no ponía tantos problemas, hable usted con él!”.
Me di cuenta que no llegaríamos a buen puerto. “No quiero discutir con usted, pero los tiempos han cambiado, como dice Bob Dylan, y yo estoy aquí para aplicar un rigor en el desarrollo de nuestras colaboraciones. Yo no tengo capacidad para autorizar la cantidad que usted indica que debemos financiar y por ello le ruego una petición formal, con presupuesto detallado y no se preocupe que, tratándose de la universidad de Alicante, le daremos la máxima prioridad”. Escuché el sonido del silencio y la turbación de mi interlocutor. No dijo nada y al cabo de unos segundos, que se me revelaron eternos, afirmó: “¡Soy el profesor José Carlos Rovira Soler, catedrático de literatura hispanoamericana, ya sabe usted con quien está hablando y se acordará de mí.!”. Mis seis años de tesis doctoral, mis cuatro años de director del Centro de Investigación Agrícola CAM-Universidad de Alicante y mis siete años de profesor de edafología, en la facultad de ciencias de la UA, me impidieron contestar como se merecía, pero no hubiese tenido la oportunidad pues colgó el teléfono, imagino con rabia contenida.
Llamé a Cunchillos y le indiqué: “Reserva el aula para el 19 aunque tengamos un acto en la sala amarilla; habla con Rovira y le pides una carta de solicitud del aula y un presupuesto de las necesidades para elevarlo a la comisión de obras sociales”. A continuación le dije: “Juan, no me gusta nada lo que estoy viendo”, Juan Cunchillos Ponte no dijo nada.
Preparando el programa de Radio.umh.es, escucho a Lee Marvin interpretando “Wandering Star”, I Was born under the wandering star”, Yo nací bajó una estrella errante. Paint Your Wagon era el título original en inglés; la leyenda de la ciudad sin nombre era el título en castellano y la canción perteneció a su banda sonora. Al mismo tiempo, Clint Eatswood, compañero de reparto de Lee Marvin, cantaba “I talk to the tres” y los coros “they call the wind Maria” (Al viento le llaman María).
Bueno, querido lector, el olvido está lleno de memoria, como dijo Mario Benedetti, y te recomiendo nuestra próxima entrega.
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