AGUSTÍN HIDALGO
Ahora que el rebaño ha quedado sin el pastor capital se abre un período de reflexión antes de pasar a una nueva elección. La situación actual es curiosa dado que la feligresía está sin mayoral pero no hay un papa de cuerpo presente ni fallecido recientemente. Por eso la reflexión resulta incómoda. Uno no puede reflexionar adecuadamente cuando lo están observando y mucho menos cuando te observan desde Castel Gandolfo o desde cualquiera institución religiosa. Ya cuesta trabajo dedicarse a ello sabiendo que te miran desde el más allá –que como todos sabemos está muy lejos, si es que está- directamente a la nuca. Así las cosas, es difícil concentrarse en las tareas cotidianas y menos aún en las que requieren cierta atención para no engendrar esperpentos.
La jubilación del Pastor alemán a la prudente edad de 86 años ha suscitado una avalancha de elogios hacia su iniciativa de quitarse del medio al carecer de la energía y la presencia de ánimo necesaria para lidiar con los pecados de la Iglesia Católica, asediada por sus ministros desde la gula, la lujuria, la envidia… y el resto de pecados capitales. Porque si de algo no se han privado los miembros del clero ha sido del pecado: han vivido de él, han vivido para él y, a lo que parece, han vivido en él. Claro que nada mejor que conocer el género para poder hacerse una composición de lugar del papel que juegan estos “vicios” en la vida de los feligreses. Sin duda la mejor medicina para ser comprensivos magnánimos. A lo que parece, el Papa no ha “abdicado” por humildad sino porque no puede gobernar a sus obispos y cardenales a pesar, según dicen las crónicas, de que lo ha intentado.
Siempre me ha parecido que este ex Papa y Vladimir Putin tenían elementos esenciales en común. Ambos proceden de la ultraortodoxia; el uno de la política y el otro de la religiosa. Y eso confiere carácter. No en vano ser el jefe del espionaje soviético confiere tal nivel de información que puede hacer temblar al más pintado sobre todo si tienes la mano firme y clara la idea de que algún día ese reino será tuyo. De forma análoga, presidir el Tribunal para la Doctrina de la Fe (sólo el nombre da miedo) confiere un poder extraordinario a quien es el depositario de todos los chismes y tropelías de la Iglesia con mayor número de adscritos, aunque no todos sean militantes.
Un hombre de brazo inflexible a la hora de marcar los límites a cualquier miembro que se atreva con el pensamiento divergente y a excomulgar (expulsar de la fe católica) a quienes no atiendan a los avisos. No hay “Siberias” para deportar a los disidentes, sólo se les echa del reino de dios que debe ser lo peor del más allá, pero sí que hay el frío infinito del aislamiento extremo a quien se le muestra la puerta por desobediencia. Ambos han sido totalitarios. La diferencia es que el Papa Benedicto no puede ceder el poder a un presidente de gobierno que te lo guarda unos años (“Un período de aclarado”) para recuperarlo luego. Y no puede hacerlo porque el poder del Papa abarca todos los poderes (de cuerpo y de espíritu, terrenales y del más allá) y los detenta de forma unipersonal y ad vitan con el agravante y la soberbia de quien asume que no puede equivocarse por sentarse en la silla gestatoria.
Benedicto XVI se ha jubilado, como ya hizo otro Papa hace seiscientos años, y nos ha dejado sin purgatorio y sin buey y sin burra en el Portal de Belén para hacernos más aburridas las fiestas navideñas. ¿Nos los devolverá el próximo Papa? O Rita, Rita.
Pero también el Papa alemán nos ha dejado la casa como estaba, sólo ha agitado el polvo pero no ha pasado el aspirador. La Iglesia Católica es más tosca que antes de su llegada, más reaccionaria, más afirmada en el inmovilismo, más antisocial y más endiosada en sí misma sin un ápice de esperanza para los sacerdotes que quieren hacer apostolado desde el matrimonio, para los feligreses que no aceptan la insolubilidad del matrimonio, para las mujeres que siguen viendo vetado su acceso al sacerdocio.
En fin, Joseph Ratzinger vuelve a ser Joseph Ratzinger después de haber sido Papa de toda la cristiandad y todo sigue estando igual o peor. No me extraña que, a su edad, quiera jubilarse. Desde aquí le deseamos que le resulte llevadera y sin dolor. Que el manto lo proteja.