PEPE LÓPEZ
Siempre me ha llamado la atención la facilidad con la que algunos políticos y responsables se desenvuelven para lograr salirse de la quema pese a haber sido ellos los que provocaron el incendio que arrasó todo. El olvidado y hoy felizmente jubilado en Telefónica Eduardo Zaplana es, sin duda, un personaje central de esta forma de proceder, un ejemplar preeminente y digno de estudio. Muchos han querido ir a por él, pero siempre (hasta ahora) ha logrado aparecer ante la opinión pública y ante cualquier escándalo sacudiéndose el polvo del traje y que otros paguen por lo que él ideó. Pero, para ser justos con su memoria, no deberíamos olvidar que el fuego que hoy nos consume en la Comunidad Valenciana (deuda, sanidad, educación, cajas de ahorros, tejido industrial…) es producto de sus recetas. Eso deberíamos tenerlo muy en cuenta para reconocérselo algún día.
Para completar ese círculo diabólico hay que recordar que quien fuera presidente de la Comunidad Valenciana cimentó su poder en el asalto (y no es exageración) a la Alcaldía de Benidorm vía compra de voluntades de la edil socialista Maruja Sánchez, una mujer más preocupada de su hacienda que de sus ideas. Y también que de aquel tiempo son las grabaciones del caso Naseiro donde nuestro prócer dejaba ya claras sus verdaderas intenciones (“Estoy en política para enriquecerme”, vino a decir). Y, puestos a recuperar viejas páginas de la historia reciente, habría que reconocer que nada de esto fue para él obstáculo para ascender al Olimpo y gobernar esta tierra como un auténtico virrey.
Frente al oprobio y persecución que hoy sufren muchos de sus compañeros de entonces (Francisco Camps, Carlos Fabra, José Joaquín Ripoll, Rita Barberá…) él extrañamente sigue paseando palmito y sonrisa profidén por la terreta como el hombre que obró el milagro, como vendedor de ungüentos curalotodo que prometían la felicidad en la tierra y también en el cielo. Y tan es así que a día de hoy sigue curiosamente gozando de favores de tirios y troyanos, de directores de periódicos que buscan su compañía, de empresarios que procuran su favor. Ni un mal gesto. Vendió que fue el chamán que obró el milagro y así, pese a las evidencias empíricas, sigue pareciendo a muchos de los que hoy mueven los hilos del poder por estas tierras.
La verdadera herencia. Pero ante tanto silencio, verdades a medias y complicidades interesadas, cabría hacerse esta pregunta: ¿Milagro? ¿Qué milagro? Es curioso constatar que pese a que su hoja de servicios está repleta de la persecución y aniquilación del contrario, pese a que lo que el paisaje de tierra quemada que hoy nos tiene en vilo es, en gran parte, herencia suya, todo esto no parezca contar a la hora de hacer el recuento y contabilizar las víctimas. El suyo, el de Zaplana, es el guión diseñado por un hombre que siempre ha sabido irse antes de que lo echaran sin siquiera un rasguño en el rostro, es la hagiografía perfecta escrita por amanuenses a los que nadie parece querer cuestionar.
Pero la realidad es terca a poco que rasques en ella. Fruto de aquellas políticas precocinadas por los gobiernos de Zaplana son hoy algunos de los dolores de cabeza que nos impiden el sueño. Somos hoy la comunidad más endeudada de España y la que peor paga a sus proveedores. Puestos a tener, tenemos un sistema educativo con los peores resultados del país. No podemos olvidarnos de un sistema productivo en el que la vieja industria otrora sostén de la economía es sombra de lo que fue. Entre nuestros grandes logros tenemos musealizados los rescoldos del modelo productivo del ladrillazo que tan bien expusiera Rafael Chirbes en su novela Crematorio. Qué hablar de la sanidad, parcialmente privatizada y cuyos resultados empiezan a conocerse, y preocupar, ahora sí, en toda España (el informe presentado ayer por UGT no solo es demoledor, es sinceramente indignante), hasta el punto de que lo que otros ciudadanos en el resto del país temen empezar a padecer aquí hace décadas que sufren los ciudadanos de esta comunidad. De las cajas de ahorros, verdadero armazón de la vieja economía, mejor ni hablar: no queda ni el nombre.
Sacudiéndose el polvo. Y por si todo esto no fuera suficiente y aún hubiera alguna duda de la obra del gran hacedor, ahí tenemos el hecho cierto de que no hay caso de corrupción, programa de TV que hable de esto mismo, que no tenga tentáculos, derivadas, versiones valencianas y cuyas raíces más profundas llegan en muchos casos hasta aquellos gobiernos del mismísimo Zaplana aunque él siga sacudiéndose el polvo como si nada. Brugal y Nóos son los últimos, pero la lista es interminable, indecente, insufrible. Casi se diría que ha sido esta, la corrupción, nuestra principal aportación al producto nacional bruto.
Y ya para terminar, si hemos de ser justos con la historia, con el mito, si queremos reconocerle el trabajo, hemos de saber que el responsable político, primero y original, casi único, fue ese hombre que hoy nos quiere convencer que Telefónica es lo mejor que nos ha pasado. Por eso debe ser que estamos donde estamos. Porque hay gente que tiene especial habilidad para crear las condiciones del desastre e inventarse luego la historia, para ser en definitiva pirómano y bombero a la vez. Y, también, claro, gente dispuesta a creérselo todo. Es, como decía al principio, lo que siempre me ha maravillado: la facilidad que algunos tienen para hacer una cosa y parecer la contraria. Y en esto nuestro hombre, Eduardo Zaplana, ha sido y es, ahora sí, un virtuoso. El gran hacedor de los milagros de los que hoy tan felizmente disfrutamos.
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