JUAN NAVARRO

Ewan McGregor, el año 2000, interpretó a Nicholas Leeson en una excelente película denominada Rogue Trader, traducida al castellano como El gran farol, pero literalmente: algo así como «Comerciante granuja». Bueno, este pájaro llamado Nicholas Leeson, fue enviado a Singapur como representante del Banco Barings, el más antiguo de Inglaterra, con más de dos siglos de antigüedad; el banco que financió la compra del estado de Luisiana a Napoleón por parte de Estados Unidos, de ahí que la mayoría de los apellidos son de origen francés y el carnaval, «Mardi Gras» o martes graso, Nueva Orleans, Baton Rouge y demás palabras francesas en los estados del sur. El descubrimiento de esa zona del sur de Estados Unidos fue debido a los españoles; hoy día los idiomas más hablados son el inglés y el español. El francés queda únicamente para las fiestas.

Bueno, no nos distraigamos. El Banco Barings tenía un problema de crecimiento y envió a Nicholas Leeson a Singapur. Allí organizó un «chiringuito financiero» de tal forma que «compró a dos y medio lo que valía medio» y llevó al banco a la ruina. El Banco Barings quebró y en su caída casi arrastra a las entidades financieras del Reino Unido, de tal manera que el Banco de Inglaterra tuvo que salir en ayuda de la situación enviando cientos de miles o millones de libras en auxilio del Barings. Al final de la película, el Banco Barings fue comprado por ING Direct por «una libra». ¿Me siguen? ¿Les recuerda algo esta película? Si tienen ustedes un videoclub de confianza, soliciten «El gran farol». Hay una escena que impresiona. Nick Leeson llega a Fráncfort con su mujer. La policía le espera en el aeropuerto. La prensa aparece y agobia a Leeson; todos chillan, «everybody's talking at me» debió pensar. En ese momento recuerda el «parquet» de operaciones de Singapur y grita: «¡Compro a dos y medio, rápido!».

La Caja de Ahorros del Mediterráneo, heredera de la antigua Caja de Ahorros y Socorros y Monte de Piedad de Alicante, Novelda, Monserrate, Crevillente, Provincial, Alcoy, Torrent, Sureste y tantas otras, ha sido vendida al Banco de Sabadell por ¡1 euro! Como el Banco Barings.

La Caja de Ahorros del Mediterráneo, Caja Mediterráneo, heredera de grandes próceres, desde Eleuterio Maisonnave Cutayar hasta Antonio Ramos Carratalá, Francisco Oliver Ramos, Francisco Bernabeu Alberola, Norberto Canet, Enrique Cantó, Ángel García Rogel; ¿sigo o me callo? Que decía Araceli reinando en «Casa Corro» de Orihuela, se ha vendido por un euro. Ha quedado a la altura, ¡querido Roberto! de los pagarés de Rumasa, ahora que nos enteramos que Rumasa emitía pagarés para captar dinero «negro».

Roberto López Abad, de acuerdo a las opiniones de muchos compañeros, es un hombre honrado, pero su gestión como director general de la Caja de Ahorros del Mediterráneo, la llevó a la quiebra. Sin embargo creemos que Roberto López es un hombre honrado. Deberíamos remontarnos a la época de Miguel Romá, sucesor de Don Curro, auténtico creador de la Caja del Mediterráneo, para encontrar el «sendero luminoso» que llevó a la Caja a su situación actual: 1 franco, 14 pesetas.

Miguel Romá Riera era hijo de Miguel Romá Pascual, subdirector general de la Caja del Sureste, anteriormente meritorio con Juan Vidal Ramos, arquitecto alicantino autor de varios edificios singulares como la Casa Carbonell, el Mercado Central y el edifico de San Fernando 40 de la Caja. Cuando don Juan Vidal Ramos terminó el edificio, le aconsejó al director de la entonces Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Alicante, que contratase a Miguel Romá Pascual. Cuando don Antonio Ramos llegó en 1940 a la Caja de Alicante como «comisario director general», lo primero que observó, él que venía de la subdirección general de la Caja de Cartagena, era la necesidad de adecuar los despojos de la caja de Alicante a la nueva situación. Ignoro cómo don Antonio logró embaucar a los dirigentes del régimen, siendo masón, pero alguien del servicio militar de información, debió informar a Madrid que «estuvo en el golpe de Casado y fue determinante para la rápida terminación de nuestra cruzada», es decir, ayudó a terminar la guerra.

Don Antonio diseñó los andamios de la nueva caja y envió a Miguel Romá Pascual a Murcia. «Romá, marche a Murcia a representar a la Caja y no se preocupe, su hijo queda en Alicante y le protegeré». Aunque la familia Romá, oriunda de Sella, residía en el ático de San Fernando 40, muchos pensábamos que era murciana debido a la larga estancia del páter familias en aquella provincia. El pacto con don Antonio fue muy sencillo: «Ramos, tú no tienes hijos, pero tu yerno Oliver será tu sucesor. Cuando él deje la Caja, será mi hijo el que sea director general». Don Antonio, príncipe florentino, dijo: «de acuerdo». Así se selló un pacto de sangre y dicho pacto generó la estructura con la cual se crearon las cajas.

Pedro Zaragoza, Francisco Quílez, Francisco Tortosa, Palazón, Juan Calero, Oliver Narbona y otros fueron las personas que hicieron la caja grande. «Queridos compañeros, hemos llegado a los cincuenta mil millones de pesetas en depósitos, y por ello, en este momento, con la aquiescencia del doctor ingeniero de minas don Román Bono Marín, presidente del consejo de administración, concedo una paga extraordinaria». Eran las comidas en el restaurante Batiste donde asistía toda la plantilla. Aquello era la locura, se manteó al abuelo, como familiarmente le conocíamos. Así fue creciendo la Caja de Ahorros del Sureste y algo similar ocurría en Crevillente, los Dolores de Novelda, el Monte de Piedad de Alcoy, Monserrate de Orihuela (joder, le pusieron Caja de Ahorros de Monserrat y los catalanes le hicieron cambiar el nombre puesto que Mi señor Abad de Monserrat dijo que «La moreneta es única»).

Roberto López, un día de enero de 1972 entró en la caja como auxiliar administrativo. Le acompañó Juan Antonio Gisbert García. Él fue a Boston y el otro a California. Mientras Roberto fue a Benidorm, ventanilla de caja: «¿Señora, cuánto sacamos?; doscientas pesetas hijo», el otro fue a controlar los vales de abonos del servicio agrícola de la Caja. «Tres toneladas de nitrofoska a Santomera y doscientos kilos de sulfato de cobre a Novelda». ¡Ché pito, qué comienzos! Con el transcurrir de los años, Roberto marchó a la central, bajo la protección de Antonio Ballester y Gisbert al Departamento de Ahorro bajo el manto amable de Juan Sanchís Sales.

Una vez más a Boston y California. Roberto era paciente, sabía que su departamento, Control de Gestión, estaba llamado a controlar el crecimiento de la Caja. Elaboró los primeros presupuestos y estableció un sistema de control de cumplimiento bajo la atenta mirada de Ballester. El hombre que fumaba Habanos y le arrancaba la boquilla, sonreía satisfecho con su pupilo. «Estudia querido; en unos años, el que no tenga una carrera de económicas no es nada». Gisbert, bajo el manto de Juan Sanchís Sales, se dedicó a enredar. «Juan, ¿cuándo nos tocará mandar a nosotros? Pronto, ten paciencia». Vidas paralelas separadas por el tiralíneas de la ambición y la audacia.

Don Curro era un señor, y no entendía los nuevos derroteros de la vida política. Se asustó, en definitiva. Cuando, en la transición, los sindicatos empezaron a reivindicar, recuerdo una situación que definía bien la situación: En una reunión con los sindicatos y en un momento dado de gran tensión, Don Curro acababa de encender un Camel; cuando fue a dejarlo en el cenicero observó que el anterior seguía consumiéndose. Cambió al jefe de personal, administrativo entonces, por un asesor jurídico. Ni uno ni otro eran capaces de incorporar la caja a los nuevos tiempos donde los sindicatos tomaban un papel muy importante. Antes de publicarse la ley de cajas, Don Curro abdicó. Y ahí entró el pacto de Antonio Ramos Carratalá y Miguel Romá Pascual: «Cuando tu yerno deje la dirección general, mi hijo será el nuevo director»; «De acuerdo» dijo don Antonio. Y Miguel Romá Riera, bueno en el sentido de la palabra bueno, accedió a la dirección general. ¿Su bagaje?: su secretaria Alicia Boluda y el secretario general de la entidad: Juan Antonio Gisbert García. ¿Me siguen?

Juan Antonio Gisbert, un año antes, partió hacia Valencia como director general de Economía en el gobierno de Juan Lerma. Roberto López Abad se hizo cargo de la Secretaría General de la CAM en tanto Gisbert volviera. Fiel a su máxima de «enreda cuanto puedas», Juan Antonio Gisbert, y no quiero contar cómo fue nombrado para el cargo, algo que le debe al actual rector Jiménez Raneda, se dedicó a enredar todo lo posible y Miguel Romá, embobado y embolicado por el demonio, no veía al maligno. La nueva ley de cajas la desarrolló el genio tenebroso de Gisbert; a su medida y semejanza. Su ambición era muy sencilla y muy complicada: esperaba que Juan Lerma le nombrase conseller de Administración Pública.

Como no pudo ser puesto que Juan Lerma apostaba por catedráticos y Gisbert nunca pasó de asociado y sin doctorado, el nivel de la balanza se decantó cuando nombraron a Emèrit Bono conseller de Administración Pública (Emèrit era catedrático de la Universidad de Valencia) y a Antonio Escarré conseller de Educación (Escarré era catedrático de la Universidad de Alicante). Gisbert, desde su puesto de director general de Economía intenta una fusión Caja de Alicante y Murcia con Caja de Ahorros de Valencia. ¿Recuerdan aquello de «Gracias Felipe, gracias Antonia, gracias Pepito», etcétera, en vallas alicantinas? Una llamada a Alicante: «Que de parte de Juan Lerma, olvídate Román de la fusión». Román Bono Guardiola, ingeniero naval, hijo de Román Bono Marín, doctor ingeniero de minas, dijo: «Señores, sigamos con el consejo. Segundo punto del orden del día: aceptamos el nombre de Caja de Ahorros del Mediterráneo como nuevo nombre de nuestra entidad». Don Jorge sonreía complacido.

Gisbert dimite como director general y permíteme querido lector que yo fuese el que le dio la noticia a un director general de la Generalitat Valenciana. En un momento del acto de inauguración de la nueva central de la CAM en Orihuela, dicho director general le dice a Antonio Birlanga Casanova: «Nano, ¿sabes que tu director general de Economía se marcha y vuelve a la Caja?». Birlanga palideció, le tembló el morrillo y miró a Gisbert: «Y Curro se muerde los labios y calla». Roberto López Abad, manso y jabonero, cuidador de la Secretaría General, abandona y le cede el sitio a Gisbert. Romá nombra director general adjunto a Roberto.

¡Ché pito, qué momento! No estaba Alicia para el consuelo. ¡Ay mi amor, sin ti no entiendo el despertar. Ay mi amor, sin ti mi cama es ancha. Ay mi amor, que me desvela la verdad, entre tú y yo la soledad y... un manojillo de escarcha! (Serrat, Romance de Curro el Palmo). ¡Qué cosa más bella!

23 de marzo de 1992, cafetería Asia de la explanada de España, sentados don Ramón Berenguer Prieto (RBP) y don Antonio Fernández Valenzuela (AFV). Acaba de terminar la comida de fusión CAM-CAPA, aquella de «Gracias Antonio», en palabras de Román Bono.

RBP. «Joder Moscú, una vez más asistimos a una fusión y nos quedamos con gusto a mierda en la boca».

AFV. «Ramón, esta noche hay una cena en El Maestral ¿verdad?, acude y te divertirás».

Querido lector, por hoy sólo te cuento una más: al día siguiente, diez de la mañana, una llamada desde el Hotel Meliá de Alicante. «¿Está don Román, soy Ramón Berenguer?». «Don Román está durmiendo». «Bien, le despierta y dígale que le llama el secretario del Consejo de Administración de la Caja de Ahorros del Mediterráneo». «Dime Ramón». «Oye Román, que hoy hay lentejas y si quieres las tomas y si no las dejas, te lo digo en nombre de Gisbert y del Partido Socialista». Román se cortó afeitándose y declaró en el consejo de administración del 24 de marzo de 1992: «Esto no me gusta». Gisbert miró al cielo y acarició el poder absoluto.

Querido lector, eso será motivo de la próxima pastoral, con esto creo que estamos «on the right direction».

Como soy un sentimental, estas gotas de ternura que afluyen en mi pluma, me obligan a acompañarlas con música, algo que les encanta a mis amigos y lectores. Estábamos enredando mi hermano, Eduardo Seva y yo en casa y sonaba una delicia de Carmen McRae: «New York state of mind», algo de lo que hemos hablado en estas pastorales. No puedo olvidar un recuerdo. Le dije al director de la Obra Social de la CAM entonces: «Oye, Manolo; Carmen McRae está de gira por España: ¿por qué no la traemos al aula?». Dos meses después, tuve la oportunidad de escucharla en Doctor Gadea. Desgraciadamente hoy no podríamos asumir esa realidad puesto que la obra social ha pasado de la nada a la más absoluta miseria. El enterrador será convenientemente comentado en estas páginas. 

Pero eso lo dejamos para la próxima semana que espero sea apasionante. Te dejo con lo mejor que tenemos, nuestra música: «Stranded» de Van Morrison. Podemos traducirla como: «Estoy varado» o bien «en dique seco».

I'm stranded at the edge of the world / it's a world I don't know. Got no where to go / feel like I'm stranded.
And I'm stranded between that old devil and the deep blue sea and nobody's gonna tell me / tell me what, what time is it.

«Estoy varado en el filo del mundo / en un mundo que apenas conozco / no tengo adónde ir y me encuentro varado.
Y estoy varado entre aquel viejo diablo y el profundo mar azul y nadie me va a decir nadie me va a decir qué hora es.»

Bueno, nos leemos con el segundo capítulo de esta serie apasionante la próxima semana, querido lector, mientras tanto disfrute con Van Morrison, el León de Belfast.

Los blogs de LCV

La dolce vita                                              por Juan Navarro
La dolce vita por Juan Navarro 
Desde la cuina d'Alacant                            por Paz Atienza
Desde la cuina dalacant