AGUSTÍN HIDALGO 

La pasada legislatura ha transcurrido en no pocas Comunidades Autónomas aflorando irregularidades de todo tipo por los gobiernos precedentes. Así en Baleares, tanto el Partido Popular como sus aliados han llegado incluso al procesamiento y condena del ex-Presidente Matas. Pero en tantos Ayuntamientos de signos iguales, distintos o antagónicos ha ocurrido un enriquecimiento personal a costa de lo público y un tráfico de influencias que ha mantenido las cuentas y los intereses de determinados partidos políticos. Eso sí, siempre en contra de los intereses y los servicios públicos.

En la Murcia del Partido Popular han desaparecido los servicios públicos más allá de la educación y la sanidad. Así, ya no hay residencias de ancianos de titularidad pública: sólo privadas. La vecina Comunidad de Castilla La Mancha, que sí ofrecía los servicios que suponían la envidia de los murcianos, ha empezado a desmontar los servicios públicos. De hecho, los medios se hacen eco no sólo de una apuesta por el deterioro de la enseñanza pública, sino también de la supresión de los convenios con las clínicas que practican abortos terapéuticos, dato inequívoco de que se presionará y boicoteará la aplicación de las leyes progresistas en conquistas sociales.

¿Se atreverán a modificar e incluso a suprimir la Ley de Investigación Biomédica? Para colofón dejo Extremadura donde el recién inaugurado gobierno del PP  el pasado verano reeditó iniciativas que recuerdan el más rancio conservadurismo con la retirada de imágenes, tal vez de mal gusto pero no irreverentes en su contexto artístico. Parece que estamos abocados a desmontar en una legislatura lo que se ha montado en la precedente, a esforzarnos en un ejercicio de antagonismo en vez de una asociación sinérgica para que este país pueda progresar adecuadamente y siga la estela de los países que son su horizonte y su medio de relación, porque el mundo no nos va a esperar, no va a detener su avance mientras terminamos de entender que es preferible sumar en vez de restar. España, Europa y el mundo nos necesitan.

¿Es posible el sinergismo en política? Aquí no lo ha sido nada más que en la transición, aquel momento histórico en el que se conjugaron muchas voluntades para impedir que el pasado devorara el futuro. Pero pasada aquella etapa, hemos vuelto al cainismo habitual en nuestra sociedad, al eterno antagonismo de las dos Españas, al imperio de la sinrazón y del inmovilismo ante cualquier atisbo de esperanza.

En este momento en el que el sentido común clama por la coordinación de la acción política nos encontramos un panorama desolador: dos presidentes de gobiernos autonómicos están procesados y sentados en el banquillo de los acusados, dos presidentes de Diputaciones están encausados y en unos días se sentarán ante el juez, un juez –histriónico,  sí pero parece que honesto a carta cabal según el decir de muchos juristas- está siendo juzgado por tres causas, lo que no deja de parecer un juicio a la libertar de acción de un magistrado o, si se pretende, al no sometimiento de poderes ocultos asentados en la factibilidad de la justicia paralela que con tanta alegría se ejerce en este país. Es decir, la virtud del antagonismo, de la oposición a todo aquello que no sea inmovilismo.

Porque antagonismo no es otra cosa que la capacidad de oponerse a algo mientras que sinergismo es complemantariedad, la capacidad de completar algo. A simple vista el antagonismo sugiere acción, movimiento, pero encaminado a oponerse o a contrarrestar algo; la complementariedad es lo mismo pero encaminado a completar o suplementar una acción paralela o precedente. Las acciones complementarios son aditivas; las antagónicas sustractivas o, en el mejor de los casos, neutralizantes. Pero no nos engañemos, los antagonismos quedan bien en química, en el medio ambiente, en la terapéutica, pero en política y en sociedad, aportan bastante poco que sea útil para el bienestar social.

¿Recuperarán nuestros políticos la sensatez, el espíritu de colaboración y el sentido de estado? Me da miedo escuchar la respuesta.

 

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