JUAN NAVARRO
Las olletas de Reme era una tertulia periodística y gastronómica, que se componía de las siguientes personas: Vicente Hipólito Diaz-Pacheco, periodista de la Gran Cadena SER, Pedro Luis Nuño de la Rosa, comentarista política de la Cadena COPE; Blas de Peñas Gómez Cuartero, director del diario ABC en Alicante, José Andreu Pujalte, director de Radio Nacional de España en Alicante, José Marín Guerrero, y José Manuel Soto Tornero, periodistas del diario La Verdad, y un servidor, Juan Navarro Balsalobre que no representaba a nadie; únicamente actuaba de moderador.
Cada olleta tenía un invitado y Remedios Sabater Lillo, reinona del restaurante Lo de Reme, nos obsequiaba con delicias, sutilezas, exquisiteces y redondeaba la jugada con una deliciosa olleta, de ahí el nombre de la tertulia. Por esa tertulia desfilaron personajes de la vida política, empresarial, artística y bohemia de Alicante.
Un día de enero de 1992, nuestro invitado era Román, Manchi, Bono. Ingeniero naval, educado, brillante, encantador y presidente de la CAM. Recién llegado de un viaje por América Central, a los postres, Manchi pidió un “ronsito”. Compartiendo “ronsito”, Manchi musitó a mi oído: “Juan, ya está confeccionado el orden del día del consejo de fusión; el punto cinco dice: elección del director general de la nueva caja”. Me extrañó que el consejo de fusión, previsto para el día 23 de marzo, ya estuviese confeccionado a mediados de enero. Pero sobre todo, me extrañó el quinto punto. Por qué elegir al “nuevo director general” si ya lo tenemos. Román indicó que Miguel Romá era una persona seria y responsable y quería ser director de la nueva caja con la adhesión unánime de todo el consejo. Haberle dicho a todo un caballero como Román Bono Guardiola, mi opinión al respecto, hubiese sido una frivolidad. Sencillamente inquIrí: “¿Román, quién ha confeccionado el orden del día”, Román contestó: “¡Hombre, el secretario general; Juan Antonio!”. Callé y seguimos con el “ronsito
Desde la asamblea del PSPV-PSOE del 4 de enero de 1991, famosa por el puñetazo que el Presidente de la Diputación le propinó al alcalde, ambos de Alicante, yo solía tener una comida quincenal con Juan Antonio Gisbert (en la imagen de la izquierda). En ellas siempre me enredaba con sus milongas. Él pensaba que yo me las creía y yo le hacía creer que me creía lo que él quería que me creyese: “Tú juegas a engañarme y yo juego a que te creas que te creo”. Comiendo en la arrocería de El Delfín el día de mi cumpleaños de ése año 1991, Gisbert apuró muy rápido el “1866”. “Tengo una cita con Román Bono”; Gisbert nunca le llamó “Manchi”. Levantamos la mesa sobre las cuatro y media y marchó al domicilio particular del Presidente de la CAM; estaba lloviendo. Le planteó su dimisión. No soportaba Gisbert que Miguel Romá, director general de la CAM en esos momentos, confeccionase un organigrama con Roberto López Abad como director general adjunto y todos los demás escaleras abajo. El calvario de Bono fue terrible hasta el 24 de marzo de 1992. La guerra entre los miembros de la “Taula” y Juan Antonio Gisbert, había entrado en una fase terrible y Bono, elegante siempre, caballeroso y conciliador, no sabía que hacer para conseguir la paz entre los adversarios.
El 19 de marzo de 1992, un diario de Alicante, publicaba el nuevo organigrama que tendría la CAM tras la fusión con la CAPAV. “De acuerdo a la información a la que ha tenido acceso este diario, este es el organigrama de la nueva CAM: director general: Miguel Romá Riera; director general adjunto: Roberto López Abad. Dependiendo del director general adjunto se sitúan: director general de negocio: Jorge Abad Gosálbez; director general de personal: Joaquín Meseguer Torres y director general-secretario general don Juan Antonio Gisbert García ”. La noche anterior había habido una reunión en la sede del citado diario. Acudió Miguel Romá, Manchi Bono y Roberto López para filtrar el organigrama. A las ocho y media de la mañana de ese 19 de marzo, día del padre, sonó el teléfono de mi casa, era Juan Antonio Gisbert: “Juan, has leído el periódico. Es intolerable”. Le recomendé tranquilidad y sosiego. “Veré lo que puedo hacer”.
“Juan, todo el proceso lo diseñó y llevó a cabo Gisbert, yo únicamente le apoyé, pero nadie más intervino y cuando digo nadie más, digo nadie más”, me dijo Antonio Fernández Valenzuela. A las ocho y media de la tarde del día 23 de marzo de 1992, Gisbert llamó por teléfono al secretario de la federación de banca de UGT y consejero de la CAM: “Paco: ¿Puedes venir al Maestral?, tenemos una cena”. El consejero, que estaba en pijama, se vistió y antes de acudir a la cita, llamó a su compañero de ejecutiva, José Juan Bernabeu. Quería tener un testigo y cerrar filas. No se fiaba demasiado y desconociendo el pelaje de los comensales, prefirió llevar un testigo de su máxima confianza. Llegaron al restaurante cercanas las nueve y media.
Paco Ramón, maitre hotel, acompañó a los recién llegados al reservado; primera planta. Tras una cerveza y unos minutos, se abrió la puerta y apareció Gisbert en mangas de camisa y con síntomas de cansancio en su rostro. “Paco: mañana hay consejo de administración y, tanto tú como José Juan, sois miembros del consejo. Necesito saber si cuento con vuestro voto para que cesemos, en última instancia a Miguel Romá y se me nombre director general de la nueva caja. En el reservado de al lado están otros consejeros y necesito saber dónde estáis”.
Francisco Navarro, secretario general de la federación de ahorro y banca de la UGT provincial y miembro del consejo de administración de la CAM reflexionó y dijo: “Si al lado hay una reunión de consejeros, yo quiero estar presente y acompañado de José Juan Bernabeu”. Gisbert se ausentó para pedir permiso; “permiso concedido y que pasen”. Cuando abrieron la puerta no podían dar crédito a lo que vieron: todo el consejo socialista de la CAM, en pleno, reunido a esas horas. Además, Ángel Franco, diputado en Madrid. Mira- Perceval Pastor, presidente de la diputación, Joan Ballester, secretario de política institucional de la ejecutiva nacional PSPV-PSOE, Rafael Martínez – “Rafi”, miembro del consejo de la CAPAV, ya CAM, Ramón Berenguer Prieto, secretario del consejo, Ángel Luna, alcalde de Alicante, Riquelme, vicepresidente de la zona de Alicante y otros. “Únicamente nos falta un voto para la mayoría holgada” dijo alguien. “Juan Monreal está al llegar”, dijo Gisbert. Juan Monreal, catedrático de la Universidad de Murcia y posteriormente rector, estaba, a esas horas, platicando con Ramón Ortiz, secretario general del partido socialista de Murcia-PSOE y sólo cuando vieron clara la operación decidió apoyarla, de ahí su retraso. Era el voto que decantaba la balanza hacia un lado u otro.
En un momento dado, Joan Ballester preguntó: “¿Y si los directivos no aceptan la decisión del consejo de cesar a Miguel Romá, qué pasa?”. Se hizo el silencio, un silencio espeso, duro, desagradable y elocuente, “Hello darkness, my old friend (“Simon and Garfunkel – the sounds of silence”). Ramón Berenguer fulminó con la mirada a Gisbert trasladándole a través del espacio y sin palabras: “Ostras tú, esto no lo previmos”. Francisco Navarro, tranquilamente y con aplomo se levantó de su asiento, controlando los momentos complicados. Pensó un microsegundo, tomó aire y consciente del instante que se vivía, afirmó con suavidad y soltura: “Si los directivos no aceptan el cambio, UGT, que está de acuerdo con la operación de llevar a Juan Antonio a la dirección general de la CAM, tiene cuadros suficientes para sustituir a los directivos rebeldes”. Aquello fue un bálsamo para la concurrencia. Necesitaban saber qué opinaba el sindicato y si estaba o no de acuerdo. Era la afirmación que esperaban: el sindicato mayoritario y hermano, bendecía el pacto. Ramón Berenguer Prieto tomó la palabra y dijo: “Queridos compañeros, mañana hablaré a las diez con Román Bono mientras Gisbert habla con Miguel Romá. Le diré a Bono que hay lentejas y que si quiere las toma y si no las deja. Gisbert le dirá a Romá que dimita y que lo postule como su sucesor. Si no aceptan, se cesa al director general y ya veremos qué hacemos con el presidente; estoy seguro que “Manchi” aceptará. Este toro no se devuelve al corral”. En ese momento se levantó la sesión. Joan Ballester marchó a Valencia a informar a Juan Lerma.
Gisbert encendió su enésimo ducados y Ramón Berenguer su undécimo Davidoff. “Juan Antonio, soy maestro matricero y sé como encajar las piezas en una máquina. Vé a casa, descansa y no te preocupes”. Jacobino Berenguer Prieto, muñidor de operaciones especiales a cambio de nada: “Joder, no me había engañado Moscú cuando me dijo que en la cena me iba a divertir”. Presumía de su venganza terrible a la sociedad capitalista. Una tarde, yendo a la oficina de la caja en la calle San Francisco para cobrar unas dietas exiguas por asistencia a consejo, me dijo: “Juan, por mucha vida que me de Dios y por mucho que trabaje, estos hijos de puta capitalistas no podrán cobrarse los préstamos que tengo en mora”. Él sabía que los estatutos de la CAM no permitían que los consejeros tuviesen préstamos vencidos. ¿Verdad Eliseo?. Pero Ramón era algo especial, cobraba las dietas en mano, como los “ajustes de masita” de los militares, gracias a las gracias de Gisbert. Nunca pidió nada y lo dio todo. Tenía la ilusión de ver a su hija, algún día, trabajando en la CAM. Gisbert nunca le dio esa satisfacción. Únicamente le arregló parte del teatro Wagner de Aspe.
Cuando salieron del reservado, alguien presentó la nota de la cena y las copas. ¿Adivina, querido lector, quien pagó la factura?.
Ramón Berenguer marchó al Hotel Meliá de Alicante, tomó un café y volvió a encender un cigarrillo Davidoff; durmió poco. A las ocho de la mañana estaba en pie, afeitado, duchado, lavado y peinado. Tomó su desayuno y a las nueve y media llamó por teléfono al presidente de la Caja de Ahorros del Mediterráneo. "¿Está don Román”?, al otro lado del teléfono, el personal de servicio contestó: “Don Román está durmiendo y no se le puede molestar a estas horas; ¿quién llama?”. Berenguer reflexionó un momento: “¡Me encanta!”. Tras esta pequeña reflexión le indicó a su interlocutora telefónica que despertase con urgencia al señor Bono y le informase que iba hacia su casa. “Soy Ramón Berenguer Prieto, secretario del consejo de la CAM”.
En esos momentos, Juan Antonio Gisbert García y Miguel Romá Riera daban un paseo por la Explanada de España de Alicante.
A las once estaba convocado el consejo de administración de la CAM, en primera convocatoria y a las once y media en segunda. Comenzó a las doce del mediodía. Esa reunión del consejo fue la única a la que no asistió ningún directivo. El Presidente Bono pidió que todos los directivos, excepto el director general, se ausentasen del consejo pues éste quería deliberar. Los directivos, que en ocasiones superaban en número a los consejeros, abandonaron la sala de consejos de San Fernando 40. Flanqueado por los cuadros de Gastón Castelló, con motivos murcianos y alicantinos y por los dos retratos del pintor sueco Robert Löfgren, del fundador Antonio Ramos Carratalá y del presidente Román Bono Marín, doctor ingeniero de minas y padre de Román “manchi” Bono Guardiola, Miguel Romá comenzó su intervención: “Yo nací aquí, en el tercer piso de esta casa”, y señaló el techo con el dedo.
Cada noche mi vida es para ti/como un sueño cualquier y nada más/porque a mí me atormenta en el alma/tu frialdad.
Así cantaba Triana en 1976. Jesús de la Rosa su cantante y líder, moriría en un accidente de tráfico pocos años más tarde
Buenas noches, querido lector.