AGUSTÍN HIDALGO
Una de las características sociales de las últimas décadas es el avance y profundización en el individuo, con mucha frecuencia a costra de la colectividad. Es lo que se ha venido en llamar la individuación. No es bueno ni malo sino todo lo contrario. Los problemas surgen cuando los movimientos sociales se llevan a los extremos. Pocas personas discutirán la necesidad de disponer de un individuo fuerte como la mejor, y tal vez la única, forma de constituir una sociedad fuerte, con horizontes claros y movimientos bien encaminados hacia la armonía.
Sin embargo, la individuación no puede crecer de forma indefinida hasta anular la colectividad porque la individuación extrema nos hace perder el sentido de sociedad y se convierte, con desprecio del grupo, en el centro del universo. Grave error porque el hombre, la humanidad, han llegado a tal por el grupo, por su comportamiento como grupo, como sugiere la necesidad de la existencia de una inteligencia colectiva y de una cultura colectiva para que la humanidad pueda continuar su desarrollo.
La individuación, que aboca al individua a segregar al grupo convierte a éste en un terreno de caza tribal que nos permite entender los comportamientos de tanto gobernante estrella (aunque sea de barrio) que ha proliferado en el país. Porque qué so Fabra, Camps, Ortiz, etc., sino depredadores del sector público, del territorio común en el que el sustento y las esperanzas de la colectividad están depositadas. Su comportamiento, similar al de el exPresidente Mata, al yernísimo Urdangarín y otros tantos supone la presunción del triunfo de lo particular sobre lo colectivo, del capricho sobre la razón, del solaz individual sobre el bien común.
El problema es que el número de individuos adictos a estas prácticas es creciente, hasta el punto de que no puede entenderse como una anomalía social, como una imperfección de la comunidad o como una debilidad del gobierno social que nos hemos concedido. Antes bien, amenaza con convertirse en un paradigma de la cultura democrática de nuestro país. No es que antes del año 1975 no hubiera corrupción, que la había, pero no la había de tal magnitud (porque todo era más ruin), ni era practicada por tantos individuos (esto, también, estaba controlado) ni la había tan a la luz de todos. Eso sí, hay un elemento común entre las corrupciones de ayer y las de hoy: están asentadas en el poder político o comparten mesa y mantel con él, de tal forma que hay casos en los que es indiscernible una de otra actividad.
Un problema añadido a esta connivencia de poder y aledaños (por no decir empresa) en la corrupción es que, teniendo los primeros atribuida la potestad legislativa y los segundos la capacidad de ejecución de políticas sociales, no puede descartarse que la asociación se extienda a todo el espectro de actividades públicas y privadas, individuales y colectivas con la instrumentación de las políticas sociales en beneficio propio que no es otra cosa lo que nos las actuaciones de los miembros de la comunidad citados más arriba; el uno en el terreno de los eventos deportivos, otros en el manejo a discreción de la obra pública, de los espectáculos escénicos, de las concesiones de todo tipo con desviación de lo público a lo privado.
Por si fuera poco, dada la “dignidad” que se le supone a las personas y cargos implicados, se corre el riesgo de convertir estos comportamientos en una categoría moral aceptada en sociedad como patrón oro. Por eso el que no defrauda a hacienda, se escucha decir cada vez con menor reparo, es porque no sabe o no puede; el que paga los tributos es tildado de tonto, quien otorga una factura legal por un servicio prestado se esconde de los de su oficio y así sucesivamente. Elevar la corrupción a categoría moral terminará aniquilando a la sociedad que la ampara y será el final del estado de derecho y aún de su propia integridad física y política, como demuestra, por ejemplo, el desmembramiento de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. ¿Resistirá la Comunidad Valenciana la sucesión de envites que está sufriendo?
Cabe por tanto, y es urgente hacerlo, preguntarse por la identidad personal, por el sustrato del que han emergido, por el grupo a que pertenecen. Es decir, cuál es la identidad personal y social de los corruptos. Una mirada frontal nos informa inequívocamente que han crecido en medios conservadores (aunque no exclusivamente, si por una abrumadora mayoría), medrado en la política de derechas, practicado la natación en turbulentas aguas empresariales, han acumulado una tras otra tropelía en progresión geométrica sin que la justicia parezca haberse dado por aludida, y, a mayor abundamiento, han tenido el perdón de sus pecados de manos de los clérigos más siniestros que han habitado el planeta en los últimos lustros.
Sea como fuere, lo que está claro es que si no hay una regeneración social que excluya a estos personajes y los condene a vivir fuera de la comunidad, no tardaremos en dejar de ser lo poco que aún somos como colectividad responsable de sí misma y de los actos de sus miembros.