Vigésimo segundo día: Fort Bragg. Medio camino a San Francisco

Los ríos siempre van al mar

Los ríos siempre van al mar

Una de las situaciones más extrañas que me han ocurrido en este país, ha sido el rápido acomodo a su forma de vida, sobre todo en el despertar. Como he comentado en alguna ocasión, este país madruga. En televisión o el cine, hemos visto que el protagonista está despierto y dispuesto al desayuno en horas cercanas a las seis y media de la madrugada. Pues bien, a las seis, como muy tarde, ya estamos despiertos y comenzamos nuestras diarias sesiones de ducha, afeitado y otras necesidades.

Esta mañana, siguiendo nuestra norma, a las seis ya estábamos en pie. El sol entraba por la ventana, sonriendo al nuevo día; ayer fue un día lluvioso y ha estado lloviendo toda la noche. La temperatura, en esta zona del pacífico, oscila entre los 8º centígrados por la mañana, 15-18 grados durante el mediodía y vuelve a bajar a partir de las ocho de la tarde. Únicamente en el valle de la Muerte tuvimos temperaturas altas, cercanas a los cuarenta grados y en el cañón del Colorado nos acercamos a los 32º Centígrados.

Los colores encantados del bosque

Los colores encantados del bosque

Nos despertamos en Eureka, tras haber visitado ayer los grandes parques de Sequoias. Nada más salir de Eureka, observamos un árbol de gran porte: “Es un cedro japonés”, afirmó Pina. Lo cierto es que imponía el ejemplar. Yo conocía el cedro del Líbano, incluido en la bandera de dicho país como el arce se incluye en la bandera de Canadá, pero jamás había visto un cedro japonés. Es un árbol elegante. Desgraciadamente no hemos podido realizarle ninguna fotografía.

Nuestra idea era dirigirnos directamente a San Francisco, próxima etapa, distante 252 millas, lo cual equivale a unos 380 kilómetros. Pensamos realizarlo en una jornada con el fin de llegar a “Frisco” a las seis de la tarde, acudir al hotel e instalarnos para pasar los próximos días.

Sin embargo, una vez más la realidad nos hizo cambiar. De acuerdo al Tom-Tom, sin cuya ayuda este viaje no hubiese sido posible, la ruta 191 nos llevaba directamente a San Francisco, pero existía una posibilidad de desvío, por una carretera comarcal, paralela a la 191, que nos introducía en el “Valle de los Gigantes”. El nombre era los suficientemente atractivo para obviarlo, por tanto nuestro conductor José Antonio Pina (él conduce siempre por la mañana y los demás nos turnamos) se introdujo por la carretera que nos condujo a dicho valle.

La sequoia como en los libros. Partida en la base

La sequoia como en los libros. Partida en la base

Más sequoias para disfrutar y de unas dimensiones colosales y allí nos detuvimos para seguir contemplando un bosque espectacular de sequoias y otros ejemplares. Durante los cincuenta kilómetros que duró el viaje por el “Valle de los Gigantes”, observamos atónitos toda la belleza salvaje de un bosque. La luz se introducía entre las copas de los árboles dándole al bosque un aspecto fantasmal. Los colores iban variando del verde intenso, cuando la luz golpeaba las hojas y los troncos cubiertos de musgo, al rojo oscuro, ocre, marrón claro, dependiendo de la trayectoria del haz de luz. Ha sido uno de los momentos más emocionantes del viaje. Pensaba en mi niñez cuando los sueños de bosques encantados, casas de chocolate y caramelo, los cuentos de Pulgarcito y aquel de “cada paso que daba, siete leguas caminaba”, nos acompañaban antes de dormir. Cuando íbamos ya a abandonar la carretera mágica nos encontramos con lo que siempre habíamos buscado: la sequoia partida en su base y que figuraba en todos los libros de nuestra niñez, con hombre con sombrero y un coche atravesándola. Aquí la tiene usted aunque la fotografía nunca sustituirá el árbol al natural.

El lecho del río nos lleva al Pacífico

El lecho del río nos lleva al Pacífico

Terminamos el viaje a través de las sequoias, imponentes, impresionantes, robustas, venciendo al tiempo y en ocasiones derruidas por la vejez y tumbadas en el suelo como gigantes durmientes, y llegamos al final del lecho del río que nos acompañaba desde nuestra salida de Eureka. El río buscaba el mar; el Pacífico, el mar del sur que decía Vasco Núñez de Balboa. Y allí lo volvimos a encontrar. Fuerte, bello, levantisco, salpicado de rocas fruto de erosiones producidas desde millones de años atrás. El Pacífico, tan inmenso y con su color característico que sería capaz de diferenciarlo del Atlántico y sobre todo del Mediterráneo, nos esperaba para demostrarnos su poderío. La carretera, a partir de ese momento transcurre paralela a la línea de costa del Pacífico.

El Pacífico hacia el Sur

El Pacífico hacia el Sur

No se puede hablar ante tanta belleza. Sencillamente, querido lector, te dejo con las fotografías que acompañan esta vigésima segunda crónica. El Pacífico hacia el norte, hacia el sur, las dunas y todo lo demás. Como en los buenos fuegos artificiales, este país nos deja para el final lo mejor, aunque es imposible valorar qué es lo mejor si el principio, la mitad o el final. Juzgue el lector.

Llegamos a una ciudad típicamente americana, con su calle principal o “Main Street” que la cruza de norte a sur y con las demás calles perpendiculares nominadas con letras, desde la A hasta la que llegue. Hemos comido en el bosque de las Sequoias pues siempre es posible encontrar un lugar con bancos para comer e incluso hay barbacoas públicas para uso y disfrute de los ciudadanos. El supermercado Coop, imagino que será una cooperativa, si es que por aquí existen esas figuras jurídicas, nos ha suministrado muchas cosas. Jamón ahumado con manzana, roast beef, aceitunas  negras al estilo de San Diego,  lechuga, tomates, pepino, zanahoria rayada, lombarda, cebolla y cuatro deliciosos huevos duros pelados. El vino era español, comprado también en el supermercado: un garnacha de Calatayud que estaba increíble. El riesling californiano ha ido directamente a la basura.

Quién sabe de dónde vienen estos islotes

Quién sabe de dónde vienen estos islotes

Nos ha acompañado la música, como siempre, mucha y agradable. Sería incapaz de seleccionar una de ellas. Comenzamos con “If” del grupo Bread, gran éxito de los años setenta, continuábamos con “Wasted years” dúo de Van Morrison con John Lee Hooker, en su época golfa, seguimos con “By the time I get to Phoenix” de Glen Campbell y posteriormente se nos coló un CD de “Ferrante y Teicher”, con música de películas interpretadas por sus pianos magistrales. Como vamos a Nueva York, me quedo con Moon River, banda sonora de la película “Breakfast in Thifanny’s”, traducida en España como “desayuno con diamantes” por aquello de la publicidad. Interpretada magistralmente  por Audrey Hepburn.

Hoy también ha sido un día especial. Al igual que hicimos en el desierto de la reserva de indios navajos, Eduardo y yo hemos colocado al pie de la sequoia gigante, partida en su base, una piedra que recuerda a dos amigos que ya no están con nosotros. El mío se llamaba Alfonso Salas. La piedra la dejé como recuerdo.

Mañana llegaremos con un día de retraso a San Francisco y tal y como recomendaba la canción de Scott McKenzie, “Be sure to wear some flowers in your hair”.

Buenas noches desde Fort Bragg en California y buenos días ya en Alicante, España.

Un pensamiento en “Vigésimo segundo día: Fort Bragg. Medio camino a San Francisco

  1. Maki

    Hola Jhonny, mañana llevar los papeles de la «fragoneta Flower Power» a mano y sobre todo el papelillo verde de la entrada por el Goldengate. La canción perfecta es White Bird de Its beatiful day. Espero que digerais bien el resto del «trip». Un abrazo a toos esos figuras.

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