DECIMOSÉPTIMO DÍA: Orcas en la bahía de Puget y las islas san Juan

“De repente asomó una aleta dorsal negra; a continuación un chorro de agua muy pulverizada y posteriormente la aleta caudal plana. En el  barco apenas íbamos quince personas. Posteriormente apareció un mamífero de cerca de 7 toneladas de peso, de color negro con motas blancas muy grandes. Majestuosamente se elevó en el aire para caer con estrépito, levantando montañas de espuma. Una orca apareció y enseguida otra y otra, y dos más al sudeste del barco y una más pequeña por la popa. Un espectáculo. Como si una de ellas hubiese dado la orden, se colocaron todas juntas, sumergiéndose para volver a asomar, primero la aleta dorsal, emitir el chorro de agua pulverizada, la aleta caudal plana elevada hacia el cielo para hundirse en un mar oscuro. Segundos más tarde volvían a aparecer de cuerpo entero, y volvía el ritual de elevarse y volver a caer”

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Los primeros avistamientos

Para comenzar bien una actividad es necesario tener una serie de necesidades primarias cubiertas. Por ello, el 19 de julio, aniversario de Gianna y de mi hijo Hugo, antes de embarcarnos en Port Townsend, al norte de Seattle, para visitar la Isla de San Juan y avistar las ballenas, decidimos comer algo. Encontramos un restaurante con cierto estilo antiguo llamado “Public House Grill”. A pesar de estas en zona costera sorprendentemente no había restaurantes marineros donde poder degustar un buen pescado. Carne para mis compañeros y una sopa casera de buey para mí. Estaba todo realmente exquisito. Para beber pedimos cerveza local tostada que me recordó aquella “Saint Charles” que probamos en Denver.

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El local donde se hizo una comida rápida antes de subier al barco en busca de orcas y ballenas

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Un dibujo en el mantel del restaurante, una llamada al respeto por los demás y el grupo a punto de zarpar


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En el agua del embarcadero no ha
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peces. Aquella ausencia nos indujo a pensar que posiblemente no veríamos a los cetáceos en mar abierto. Puntual llegó el barco que nos trasladaba a la zona denominada Isla de San Juan, archipiélago de más de doscientas islas e islotes, llamado así por el explorador español Juan de Eliza que en 1791 anduvo por estas tierras, mientras otros españoles colonizaban California, Nuevo Méjico, Arizona, Tejas y otros estados de la Unión. El archipiélago consta de la propia Isla de San Juan, la más importante y otras como López, Fidalgo y Orcas, todas situadas frente al estado de Washington, en Estados Unidos, y la Columbia Británica, en Canadá.

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El faro de finales del XIX en el extremo de Port Townsend, precioso aunque la luz de este día no lo acompañase.

El mar, o la mar como gusta decir a los marinos, estaba ligeramente movida. Los meteorólogos afirmarían “marejadilla a marejada”. El barco no era muy grande y apenas íbamos en él quince personas. Nos ofrecieron un café con leche y comenzó el viaje. El comentario de “hoy no veremos ballenas”, comenzó a tomar cuerpo entre nosotros pues no se veía ningún cetáceo en lontananza. Cuando llevábamos 45 minutos de travesía, apareció, a lo lejos, algo negro que tímidamente salía del agua para volver a sumergirse. Gaviotas y cormoranes que se mecían al compás de las olas, desaparecieron ante la amenazadora aparición de “algo negro”. De repente, un chorro de agua subió al cielo, pulverizada debido al oxígeno que la impulsaba hacia arriba. Ese “algo negro” era la aleta dorsal de una orca y el chorro de agua correspondía a la respiración del cetáceo.DSCF4845

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A la caza fotográfica de las familias de orcas que llenan la bahía, en total más de 35 grupos familiares que hacen vida permanente aquí.

A continuación apareció, frente al barco, su aleta caudal, que, a diferencia de los demás peces, es plana; característica de los mamíferos. La aleta se elevó en el aire y se hundió con majestuosidad. Segundo más tarde, apareció la orca. Salió del mar, se elevó en el aire y se dejó caer elevando grandes cantidades de espuma. Posteriormente volvió a repetir el espectáculo pero sin aparición de la aleta dorsal pues el cetáceo estaba panza arriba.

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A veces se dejan ver enteras cuando dan esos impresionantes saltos por encima de la línea de agua

Apareció otra orca y otra y varias, prácticamente rodeaban el barco y cada una repetía el mismo espectáculo. Imagina, querido lector, varios cetáceos de siete mil kilos de peso, danzando a tu lado en un ritual fantástico y acompañados de grandes columnas de agua pulverizada que subía hacia el cielo nublado.  De repente, como si alguien lo hubiese ordenado, se colocaron una junto a otra y desfilaron delante de nosotros. El ayudante del capitán del barco apareció con un altavoz y una antena. “Van a escuchar ustedes lo que hablan las orcas entre ellas”. Todos quedamos en silencio y el altavoz comenzó a emitir una serie de ruidos armónicos. Era la prueba evidente del sistema de comunicación que poseen estos animales y que puede ser perturbado y enloquecerlos cuando los ultrasonidos de pesqueros o de barcos militares en maniobras interfieren sus primitivos sistemas de comunicación.

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Buen salto de espaldas, parece que están entrenadas.

Poco a poco fueron desapareciendo en un mar oscuro mientras nos íbamos acercando a la isla de San Juan. Pero en un momento, aparecieron más orcas y volvieron a la danza salvaje alrededor de nuestro barco. Parecía que quisieran agradarnos o llamar nuestra atención. La duración del espectáculo impidió la visita a la Isla de San Juan, pues se hizo tarde aunque la observación de las orcas culminó todas nuestras expectativas. El capitán nos dio un rodeo por la zona y enfiló rumbo a Port Townsend. Antes de volver al embarcadero, avistamos gaviotas y cormoranes, así como leones marinos que sesteaban en determinados salientes emitiendo sus clásicos gruñidos. En una boya solitaria, un león marino departía con varias gaviotas. Naturaleza en estado puro, querido lector.

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Compartiendo espacio con las aves marinas

 

Desgraciadamente, el estado del mar hizo hecho mella en mí. No es baladí que los franceses llamen al mareo “le mal du mér”. En la sentina del barco acabó la deliciosa sopa de buey casera que me había zampado unas horas antes en el restaurante de Port Townsend, pero bien es cierta la sentencia: “Para pescar rodaballo…”

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Leones marinos asoleándose en una barra de grava

Mañana nos vamos a Vancouver, en la Columbia Británica, el estado más occidental de Canadá. Será un nuevo día, el décimo octavo. Queremos agradecer los comentarios que nos dejan nuestros lectores, queremos dejar constancia de ciertas gotas de melancolía y tristeza cuando nos reunimos en la habitación del hotel. Siempre hay comentarios ingeniosos que hoy han corrido a cargo de José Antonio Pina y Eduardo Seva. Estábamos comentando los proyectos científicos y las modas. La moda hoy es el cambio climático y Pina afirmó: “Un proyecto que seguro nos adjudicarían, debería llevar por título: Séneca y su influencia en la literatura de Miguel de Cervantes a la luz del cambio climático”.

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Bromas aparte, comentamos anécdotas, historias, recuerdos y pensamos en la familia. Personalmente siento una gran ausencia, una vez más: mi hermano Paco que hubiese disfrutado no sólo hoy sino todos los días. En el bosque petrificado, en el gran Tetón, en Badlands, en Yellowstone, en Devil’s Tower y en el parque de los glaciares. Ayer fue el cumpleaños de mi hijo Hugo y el próximo veintitrés estaré en Nueva York con Juanito. La vida es un ejercicio de gozo y dolor. Buenas noches queridos, en Seattle, estado de Washington, occidente de Estados Unidos, buenos días en Europa, siete de la mañana en España.

5 pensamientos en “DECIMOSÉPTIMO DÍA: Orcas en la bahía de Puget y las islas san Juan

  1. Juanito

    Guapo! Ya no queda nada para que vengais. Es normal los momentos de anyioranza y melancolia, le pasan al mas fuerte de mente. Lamento que te mareases pero una vez mas, le pasa incluso a los Chirikauas. El espectaculo de las ballenas ha debido ser extraordinario. Algo que probablemente solo se ve una vez en la vida. Llevad siempre paraguas a mano de esos de 4 duros a 4 pesetas el duro porque el tiempo, me dice mi esposa, cambia de forma repentina sin avisar.

    Te quiero mucho papo!

    Te veo en ná, NÁ (Primo, tu ereh peor que un payo…)

  2. Silvita

    Hoy sí que tengo los dientes largos…ballenas! Una semanita y nos vemos, chicos, así que dejaros la melancolía para cuando volvais y echeis de menos las ballenas… Nos acordamos mucho de vosotros…geojubilauta creo que Séneca no estaría interesado en el cambio climático. Besazos alicantinos.

  3. Silvita

    Ah! Papá a José Luís le han dado la comisión en el Radio exterior!!!! 🙂 🙂

  4. Tamara

    Hola Juan!
    Vaya maravilla de viaje!! Me habría encantado ver las ballenas, la foto dando el salto de espalada es espectacular!!
    Disfruta mucho!! Un besito!

    PD: Siento lo de tu mareo, a mí me habría pasado igual! 🙂

  5. Guete

    Me han encantado las ballenas, aunque reconozco que los leones marinos asoleandose en la orilla me hace mucha gracia. Más que leones, deberían llamarse serdos marinos….

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