DECIMOCTAVO Y DECIMONOVENO DÍAS: Vancouver y el parque Stanley

“la memoria de James y Cristina Morris nos acompañará siempre y para nosotros es un orgullo. Esta noche habrá dos vecinos menos aquí en la tierra, pero dos nuevas estrellas brillarán en el cielo”. Esta leyenda está colocada en una placa remachada en un banco del parque Stanley de Vancouver. Cada banco de la ciudad está dedicado a un vecino o a una familia. Esta dediatoria me recordó algo que pude observar hace unos años paseando por el “Village” neoyorquino. Los parterres situados delante de las elegantes casas tenían inscripciones similares. Es una manera ecariñosa de recordar a las personas y no perder esa sensación de proximidad del barrio que, desgraciadamente, en las ciudades de nuestro país se ha perdido.

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El día 20 de julio, cogimos nuestra Chevrolet Trasverse y enfilamos la Interestatal 5 Norte con destino a Vancouver. Arrancar cuatro personas es tremendamente complicado, cuando uno está en el servicio, el otro ha hecho la colada, el tercero termina un café a base de agua sucia de radiador de coche con “leche venenosa” y el cuarto sigue impertérrito leyendo “la Republica” en Internet. Pero curiosamente, a las doce de la mañana ya estábamos en movimiento. La distancia Seattle – Vancouver no es excesiva pero no existe circunvalación en Seattle y hay que recorrer todo el centro para salir de la ciudad. El tráfico es muy denso y nos llevó una hora salir del centro.  Cuando ya creíamos haber dejado atrás el caótico tráfico y tras varios kilómetros, apareció una luminosa señal en la autopista: “Canada Border 40′”. Otro atasco para poder cruzar la frontera occidental con Canadá.

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No hay más posibilidad que acudir a la paciencia y preparar el pasaporte. Pero no sólo ciudadanos de otros países; los propios estadounidense tienen que pasar a Canadá mostrando su pasaporte, bien es cierto que el país no exige visado a ciudadanos de USA ni a los de la UE.

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“Si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos”, y eso sucedió. Apenas unos metros cruzada la frontera, que nos llevó otra hora, nuestro sistema de posicionamiento global o navegador GPS, dejó de funcionar. No habíamos cargado Canadá y por tanto quedaba mudo y ciego. Pero en la adversidad hay que ser fuertes y conseguimos con una sola pregunta a un conductor de taxis, llegar en pocos minutos a nuestro hotel en la Calle “Burrard”, en pleno centro de la zona comercial de Vancouver.

En nuestro anterior viaje, hablamos de la impresión que nos causó la ciudad de San Francisco, al norte de California; hablamos del barrio de Castro; barrio homosexual por excelencia y donde el respeto es la tendencia habitual de residentes y visitantes; de la calle Lombard y de las maravillas franciscanas. Pues bien, querido lector, sin querer  comparar ni establecer qué ciudad es mejor, peor, intermedia o similar, he de reconocer el gran impacto que nos ha causado Vancouver, en la Columbia Británica Canadiense. Pero si Vancouver es una ciudad cosmopolita, abierta al Pacífico, con mucha gente caminando por la calle, algo inaudito es Estados Unidos donde las calles siempre están vacías y el personal se traslada a comprar tabaco en su gran todoterreno, su urbanismo y sobre todo su forma de vida es algo que nos ha atrapado. José Sandoval Gabarrón, catedrático de Paleontología de la Universidad de Granada, gran amigo de Seva y Pina, afirmó antes del viaje: “Vancouver es la ciudad más bonita de la América del Norte”. No se equivocó pues sabía de lo que hablaba ya que residió dos años en la citada ciudad.

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Un circuito urbano por la zona comercial y de negocio, nos mostró, como dije antes, una ciudad animada, con los bares y restaurantes abiertos, la gente hablando por las calles y sentada en las terrazas, a pesar de ser las nueve de la noche de un domingo. A mediodía habíamos comido en un bar de un pueblo pequeño situado entre Seattle y Vancouver, y como siempre la dieta fue a base de hamburguesa o ensalada. La Hamburguesa “John Wayme”, bacon, huevo y carne. “Big Cheese hamburguer”, con queso azul y brie, y por ahí, nos dejaron el estómago en una situación que cenar hubiese sido gula. Así que tras el paseo, nos fuimos a dormir. Visitamos muy brevemente el parque Stanley y observamos lo que es habitual en Vancouver, la dedicatoria de los bancos públicos a la memoria de los vecinos.

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El día 21 nos levantamos pronto y salimos a descubrir el parque mencionado, del que nos habían hablado tan bien. Las expectativas quedaron superadas. Llegamos al parque y dejamos el vehículo en uno de los múltiples aparcamientos y comenzamos a caminar sin rumbo fijo. Apenas un mapa cogido en el hotel. Llegamos al perímetro del parque y el espectáculo fue formidable: La entrada por mar a Vancouver y el puente colgante que atraviesa las dos zonas de la ciudad. Caminamos por el anillo perimetral y descubrimos unas playas pequeñas pero de arena dorada y finísima compartiendo espacio con miles y miles de cáscaras de mejillones que en tiempo pasado habían albergado la carne del bivalvo pero que no estaba allí por residuo de restaurante especialista en moluscos sino por efecto de la corriente y marea que eliminaba las conchas de los bivalvos muertos. La marea estaba subiendo y era perceptible la corriente que empujaba el agua hacía el confín de la costa a un velocidad sorprendente.

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Cuando abandonamos el anillo externo, nos adentramos en el bosque que constituye el parque público Stanley, orgullo de la ciudad y nos encontramos con algo que ya vimos al llegar a California: La sequoia. Ahí tienes las fotos, querido lector, y ahí tienes las especies que pueblan esta costa desde la época de las primeras dinastías egipcias. Como el subsuelo del parque está formado por granito y la capa fértil de suelo apenas tendrá dos metros, las sequoyas y demás especies, buscan el desarrollo radicular horizontal y no vertical y por ello no es extraño ver especies tumbadas en el suelo por efecto de algún viento o el excesivo peso que las raíces son incapaces de sostener. El arce también estaba presente como árbol representativo del Canadá En el centro del parque se encuentra el lago perdido “Lost Lake”, cubierto en parte de nenúfares, patos, culebras acuáticas, ranas y sapos y demás fauna y flora lacustre. Hubo momentos en que el follaje impedía la entrada del sol y apenas unos débiles rayos se colaban hasta donde estábamos. En otros momentos el sol arrancaba mil y un reflejos de las diferentes especies. El parque culminó todas nuestras expectativas.

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Anduvimos doce kilómetros, aproximadamente, y cuando llegamos al coche, descansamos un rato. Quisimos conocer el puerto y nos marchamos a la calle Bute y apenas unos metros del aparcamiento, encontramos el restaurante “Mill”, (Molino), en la marina deportiva. Por fin José Antonio Pina pudo degustar un salmón a la plancha. Yo me conformé con la sempiterna ensalada.

Cuando volvíamos, de regreso al hotel, el monte Olympus, con su nieve en la cima, se nos presentó en toda su amplitud como gran vigilante de la incesante actividad de la zona. Mañana quizá vayamos a visitarlo, pero ya tenemos bastante con las maravillas naturales observadas y que hemos cumplidamente relatado en estos escritos.

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Esta noche no toca cenar pues la comida ha estado bien y mañana es el último en esta zona previo al viaje a Nueva York, fin de nuestra etapa. Ahora, a las once de la noche, querido lector, en la tranquilidad de la habitación, y contabilizando 8.200 millas que ya traduciremos a kilómetros, todas en el haber de Eduardo Seva, así como los excelentes reportajes fotográficos, estoy tomándome una copa de Cabernet Sauvignon, “Castle Rock”, vino del estado de Washington, que si no te cura, al menos te reconforta.

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Buenas noches queridos, en Seattle, buenos días, ocho de la mañana en España.

3 pensamientos en “DECIMOCTAVO Y DECIMONOVENO DÍAS: Vancouver y el parque Stanley

  1. rafa el buso

    Españoles e italianos por el mundo:
    Habéis visto algún mountie(policia montada),¿son cómo nosotros imaginamo?s,rojo,caballo y sombrero…..Jose,me hago una idea de la hemorragia de placer que te recorrió el cuerpo,ante la presencia de un salmón en un plato.Dicen que en Vancouver está el segundo barrio chino más grande de America,animaros y tomaros un licor de lagartija.Si os esperáis a final de mes,es el Día del orgullo gay,creo que es una pasada,Esperanza va todos los años.Edu la foto del pajarico preciosa,
    Os quiero

  2. Tete

    ¡Hombre Rafa! me alegro que vuelvas; yo también espero una foto de “policía montado del Canadá” que veíamos en los tebeos y sobre todo en el cine con su uniforme rojo, y creo recordar que la pistola iba en una funda que pendía de un cordón desde la hombrera, y no sé porqué estos policías tenían todos caras de buenos. Aquí, esta noche hemos compartido con Lola un pequeño refrigerio junto a la playa de San Juan en la Ponderosa con un buen blanco Sovignon a vuestra salute. Un abrazo a los cuatro y disfrutad lo que os queda.

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